martes, 10 de julio de 2012

La última carta


La última carta.
Cuando el primer rayo de sol asoma por la ventana y el gallo del vecino canta, anunciando el nuevo día, los amantes se levantan. La joven muchacha, completamente enamorada y como una niña a la que le rompen su juguete preferido, llora al tener que despedirse del amor de su vida. El muchacho, joven y atractivo, debe partir, teniendo que demostrar su valentía y su hombría, sirviendo a su país. Sin embargo, es algo obligado, porque no es su país lo que a él le importa, tan solo quiere estar con su preciosa chica de ojos marrones y pelo castaño.
Con un gran suspiro, directo desde su corazón, le recuerda en un susurro, lo mucho que la ama y en su pecho se guarda su foto preferida, aquella en la que ella sonreía, demostrando lo feliz que era en aquel momento. Sus marrones ojos brillaban y su gran sonrisa iluminaba su hermoso rostro. Promete que regresará a su lado, porque nada ni nadie podrían hacer que la olvidara. Le asegura que su amor es eterno y que ni siquiera la muerte, podía quemar la ardiente llama de su verdadero amor. Ella llora desconsolada, por las palabras tan hermosas. Pero el miedo está en su interior, apretando su estómago con un fuerte nudo. No es capaz de decir ni una sola palabra, la tristeza y las lágrimas no la dejan hablar. Hay tanto amor en su corazón, que siente que va a explotar.
El muchacho recoge la bolsa en la que apenas hay ropa, besa los finos y húmedos labios de su novia, oculta las lágrimas en sus verdes ojos, presionando la mano en un puño. Le pide que deje de llorar y que le dedique una sonrisa, pues ese es el recuerdo que quiere tener de ella. Pero la joven, incapaz de cumplir su deseo, cierra los ojos y le abraza con fuerza, rodeándole el cuello con sus brazos. No quiere que se marche a la guerra y se niega a soltarle, mientras continúa llorando, por la frustración que siente al ver que su país le aparta de su lado.
Quería esperar a su vuelta, pero algo en su interior le hace darse cuenta de que podría morir. Así que mete la mano derecha en el bolsillo de su pantalón, consigue apartarla de su cuerpo y le extiende la mano cerrada. Ella mira fijamente el puño de su amado, con las lágrimas silenciosas secándose en sus mejillas. Al abrirla, ve un precioso anillo de oro blanco. Ahora sus lágrimas son de felicidad, porque él le pide matrimonio y le promete que volverá para casarse con ella. Parece que esas palabras tienen más peso que todas las demás, porque cree en ellas.
El muchacho se marcha de la casa, dejándola sentada sobre la cama, contemplando el precioso anillo que luce en su dedo. Muestra una gran sonrisa, pensando en que pronto se va a casar. Olvidando, por unos segundos, que su prometido se ha marchado y que podría no regresar. Pero no quiere pensar en eso, porque quiere creer que él volverá y se casarán.
Pasan los días, en los que ella llora al acostarse y llora al levantarse. Mirar el anillo ya no la consuela, pues no tiene noticias de su amado y teme por su vida. Ya no sabe si regresará y la soledad la ha hundido hasta el más profundo de los abismos. Sus marrones ojos, enrojecidos por las lágrimas que han derramado, han empequeñecido y su rostro, envejecido por las penas de la soledad, por el silencio de la casa y por esa enorme cama vacía, ya no muestra ninguna sonrisa. La debilidad llega a su cuerpo y las oscuras ojeras aparecen dibujadas bajo sus apagados ojos marrones. Ya no hay más lágrimas que derramar, pero su corazón sigue llorando por él. Acude al médico y después de varias pruebas, llegan los resultados. Está embarazada y se siente culpable por esa felicidad que la embarga, sin tener a su amado al lado. Quisiera gritar al viento que van a ser una familia, pero teme que él nunca vuelva.
Ya no puede ocultar esa enorme tripa que se asoma, anunciando la existencia de ese pequeño que lleva dentro y que pronto decidirá salir, impaciente por ver el mundo que le espera fuera. Entonces recibe la primera carta de su amado, las palabras son breves, pues no tienen mucho tiempo para descansar y él lo aprovecha para dedicarle las que posiblemente, serían sus últimas palabras.
<< Mi dulce prometida:
Te escribo desde el infierno, para hacerte saber, que a pesar de todo el horror que estoy viviendo, sigo aquí, sigo vivo y solo pienso en ti, porque tú, mi dulce amor, eres la que me mantiene con vida. No puedo, ni tampoco quiero, hacerte saber lo que se siente al estar aquí, sujetando un arma entre mis manos, matando a gente que no conozco y viendo caer a mis compañeros y amigos. Aquí solo hay odio, sangre y destrucción. Pero estoy bien, porque el recuerdo de tu precioso rostro, de esa hermosa sonrisa y de tus pequeños ojos iluminando tu cara, hace que vaya al cielo. Estoy deseando regresar a tu lado y convertirte en mi esposa, para hacerte la mujer más feliz del mundo. Soy fuerte por ti, por cumplir mi promesa de volver a tu lado.
Ahora debo dejarte, porque apenas nos dejan unos segundos para descansar y ni siquiera sé si esta carta te la podré mandar. Te llegue cuando te llegue, y pase lo que pase, no quiero que olvides que tú eres mi vida, mi mundo y mi razón de existir. Si muero, perdóname por haberte dejado sola. Perdóname por no haberte dicho cada día de mi vida, lo mucho que te quiero, como si fuera la primera vez. Perdóname por no haberte despertado con un dulce beso cada mañana. Te aseguro, que pensando en ti, me he dado cuenta de que podía haberte besado más veces de las que lo hice y ahora me arrepiento de todas las oportunidades que perdí. Me arrepiento de no haberte dicho, mirándote a los ojos, cuanto te necesito, porque tú haces que quiera ser mejor persona y que me sienta bien conmigo mismo. Solo tú consigues que alcance una absoluta paz interior.
Me arrepiento de no ser capaz de ver el momento de estar sujetándote de nuevo entre mis brazos, susurrándote al oído lo mucho que te quiero. Me arrepiento de todas las veces que, por estupideces, discutí contigo y dejé que pasara la noche sin solucionarlo. Me arrepiento de no haber podido evitar todas esas lágrimas que derramaste, cuando me marché. Te aseguro que mientras caminaba hacia el aeropuerto, me sentía culpable de haberte dejado con la promesa de volver a tu lado, solo para calmar tus lágrimas, porque ahora no sé si seré capaz de cumplir esas palabras…
Si muero, mi dulce amor, si me apartan de tu lado, créeme que luché con todas mis fuerzas, para volver junto a ti. Pero, si finalmente no logré hacerlo, quiero que recuerdes la vida que compartimos juntos, porque eso será lo último que veré ante mis ojos, ya que, antes de ti, amor…antes de ti no había nada. Sé que llorarás y que te enfadarás, pero confío en que serás capaz de superarlo y continuarás hacia delante, encontrando un nuevo amor, viviendo una vida llena de felicidad y yo solo quedaré en el recuerdo…en un horrible y triste recuerdo del pasado. No te culpes si sucede así, yo lo entenderé. Y si hay otra vida después de la muerte, te aseguro que te esperaré.
No llores amor, no lo hagas por las palabras que te he escrito, porque sigo vivo y voy a luchar por seguir estándolo, porque tengo un gran motivo para hacerlo y es el de volver a tu lado. Espérame, amor, porque voy a volver…voy a volver…>>


La joven derramó lágrimas, junto a varias sonrisas que se escapaban fugaces de entre sus labios, mientras acariciaba su enorme tripa y le aseguraba a su pequeño, que papá volvería. Pero solo trataba de convencerse a sí misma, de que él lo conseguiría. Si había logrado sobrevivir tantos meses, un poco más no sería nada.

Una mañana gris, llamaron a su puerta, haciendo que se despertara asustada y sobresaltada. Se colocó su fina bata rosa y caminó, sujetándose la enorme tripa, como si el pequeño se le fuera a caer. Al abrir la puerta comenzó a llorar en silencio, porque su corazón ya sabía lo que había perdido. Un hombre, vestido con el uniforme del ejército, se encontraba al otro lado. Con la mano realizó el saludo militar y con una pequeña reverencia le mostró sus respetos. Le entregó una carta en la que le informaban de la trágica muerte de su prometido. Aquel sobre, completamente impecable y cerrado, lo recogió en su mano y lo dejó, cerrado, sobre el mueble del recibidor. Pensaba que si no la abría, sino la leía, no sería real. Después, el hombre vestido de militar, se quitó la gorra y sacó, del bolsillo interior de su chaqueta, una segunda carta. Esta solo era una hoja doblada y manchada de barro y de sangre. Se la entregó y conteniendo la voz en un hilo que parecía quebrarse en la tristeza, le informó de que aquella hoja, la encontraron entre las manos del muchacho. A pesar de que la muerte le había llegado, fue capaz de conservarla, para que cuando encontraran su cuerpo sin vida, pudieran entregársela.
El hombre, preocupado por el estado de la muchacha, se ofreció para acompañarla, mientras leía aquella última carta de su prometido, temiendo que le pasara algo, cuando consiguiera reaccionar ante semejante noticia. Ella accedió y le dejó pasar. Ambos, sentados en el sofá, él contemplándola en silencio, mientras ella desplegaba aquella hoja, teniendo mucho cuidado para no romperla, ya que en ella estaban escritas las últimas palabras del amor de su vida.

<< Mi dulce amor:
Me encuentro solo y perdido, en medio de un bosque que no conozco. Todos mis compañeros y amigos han caído y me encuentro escondido entre sus cuerpos. Los enemigos caminan a mí alrededor, ignorando mi presencia, pero sé que es cuestión de tiempo, que alguno me descubra con vida.
Perdóname mi vida, perdóname  por no poder volver. No hay nada en el mundo que deseara más, que encontrarme en casa, a tu lado, abrazándote contra mi pecho. Pero mi último aliento lo dedico a escribirte esta última carta, porque hasta mi último pensamiento es para ti. No importa cómo acaben conmigo, porque nada me hará tanto daño, como el saber que no te volveré a ver. Llevo tu fotografía en mi corazón, la he contemplado tantas veces, que está algo arrugada. Pero tu rostro me sigue pareciendo el de un verdadero ángel, enviado a la tierra para salvarme de la vida que tenía.
Quiero que sepas que te quiero, te quiero desde el primer instante en el que te vi pasar y supe que te querría siempre, toda mi vida. Si pudiera pedir un deseo, pediría verte una vez más, aunque no sería suficiente para mí, me conformaría con volver a ver tus dulces ojos marrones, tu hermosa sonrisa y tu perfecto rostro. Y si cierro los ojos, puedo ver tu recuerdo, parece tan real, que hasta levanto el brazo y trato de acariciarlo.
Si la muerte me llega, no te preocupes por mí, porque estaré soñando toda mi vida contigo, en un lugar en el que no sentiré el dolor de mis heridas, ni la tristeza…tan solo continuaré amándote eternamente, aunque tú no estés allí, en el lugar al que me voy…
Perdóname por marcharme sin besar tus labios una última vez, pero más lo lamento yo, que allá donde voy, no podré volver a probar la miel de tus labios, ni sentir el suave tacto de tu piel.
Perdóname por no decirte que te quiero, mirándote a los ojos y por no poder recordarte todos los días, lo maravillosa que eres, porque tú, haces que el mundo sea especial.
Sé que tienes que perdóname por tantas cosas, que no soy capaz de enumerarlas, porque la tristeza me invade, al recordar que esta es mi despedida y que no sé cómo expresarte todo lo que siento por ti, porque no me salen las letras, los dedos me tiemblan y temo que la hoja se rompa…
No habrá nadie en el mundo, que pueda amarte tanto como yo te amo, pero encontrarás a quien te alivie el dolor de perderme y te haga  olvidar… No temas, amor…recuerda que te esperaré toda la eternidad…
Gracias por compartir tu vida conmigo y por hacer de mí un hombre bueno y feliz.
Ya viene  la muerte a por mí, amor…les oigo gritar…ya saben que estoy aquí… Será rápido y no sufriré, lo sé, lo siento aquí, en mi corazón, donde te llevo conmigo…>>

10 - Julio - 2012

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