La última carta.
Cuando el primer rayo
de sol asoma por la ventana y el gallo del vecino canta, anunciando el nuevo
día, los amantes se levantan. La joven muchacha, completamente enamorada y como
una niña a la que le rompen su juguete preferido, llora al tener que despedirse
del amor de su vida. El muchacho, joven y atractivo, debe partir, teniendo que
demostrar su valentía y su hombría, sirviendo a su país. Sin embargo, es algo
obligado, porque no es su país lo que a él le importa, tan solo quiere estar con
su preciosa chica de ojos marrones y pelo castaño.
Con un gran suspiro,
directo desde su corazón, le recuerda en un susurro, lo mucho que la ama y en
su pecho se guarda su foto preferida, aquella en la que ella sonreía,
demostrando lo feliz que era en aquel momento. Sus marrones ojos brillaban y su
gran sonrisa iluminaba su hermoso rostro. Promete que regresará a su lado,
porque nada ni nadie podrían hacer que la olvidara. Le asegura que su amor es
eterno y que ni siquiera la muerte, podía quemar la ardiente llama de su
verdadero amor. Ella llora desconsolada, por las palabras tan hermosas. Pero el
miedo está en su interior, apretando su estómago con un fuerte nudo. No es
capaz de decir ni una sola palabra, la tristeza y las lágrimas no la dejan
hablar. Hay tanto amor en su corazón, que siente que va a explotar.
El muchacho recoge la
bolsa en la que apenas hay ropa, besa los finos y húmedos labios de su novia,
oculta las lágrimas en sus verdes ojos, presionando la mano en un puño. Le pide
que deje de llorar y que le dedique una sonrisa, pues ese es el recuerdo que
quiere tener de ella. Pero la joven, incapaz de cumplir su deseo, cierra los
ojos y le abraza con fuerza, rodeándole el cuello con sus brazos. No quiere que
se marche a la guerra y se niega a soltarle, mientras continúa llorando, por la
frustración que siente al ver que su país le aparta de su lado.
Quería esperar a su
vuelta, pero algo en su interior le hace darse cuenta de que podría morir. Así
que mete la mano derecha en el bolsillo de su pantalón, consigue apartarla de
su cuerpo y le extiende la mano cerrada. Ella mira fijamente el puño de su
amado, con las lágrimas silenciosas secándose en sus mejillas. Al abrirla, ve
un precioso anillo de oro blanco. Ahora sus lágrimas son de felicidad, porque
él le pide matrimonio y le promete que volverá para casarse con ella. Parece
que esas palabras tienen más peso que todas las demás, porque cree en ellas.
El muchacho se marcha
de la casa, dejándola sentada sobre la cama, contemplando el precioso anillo que
luce en su dedo. Muestra una gran sonrisa, pensando en que pronto se va a
casar. Olvidando, por unos segundos, que su prometido se ha marchado y que
podría no regresar. Pero no quiere pensar en eso, porque quiere creer que él
volverá y se casarán.
Pasan los días, en los
que ella llora al acostarse y llora al levantarse. Mirar el anillo ya no la
consuela, pues no tiene noticias de su amado y teme por su vida. Ya no sabe si
regresará y la soledad la ha hundido hasta el más profundo de los abismos. Sus
marrones ojos, enrojecidos por las lágrimas que han derramado, han
empequeñecido y su rostro, envejecido por las penas de la soledad, por el
silencio de la casa y por esa enorme cama vacía, ya no muestra ninguna sonrisa.
La debilidad llega a su cuerpo y las oscuras ojeras aparecen dibujadas bajo sus
apagados ojos marrones. Ya no hay más lágrimas que derramar, pero su corazón
sigue llorando por él. Acude al médico y después de varias pruebas, llegan los
resultados. Está embarazada y se siente culpable por esa felicidad que la
embarga, sin tener a su amado al lado. Quisiera gritar al viento que van a ser
una familia, pero teme que él nunca vuelva.
Ya no puede ocultar esa
enorme tripa que se asoma, anunciando la existencia de ese pequeño que lleva
dentro y que pronto decidirá salir, impaciente por ver el mundo que le espera
fuera. Entonces recibe la primera carta de su amado, las palabras son breves,
pues no tienen mucho tiempo para descansar y él lo aprovecha para dedicarle las
que posiblemente, serían sus últimas palabras.
<< Mi dulce prometida:
Te escribo desde el infierno, para
hacerte saber, que a pesar de todo el horror que estoy viviendo, sigo aquí,
sigo vivo y solo pienso en ti, porque tú, mi dulce amor, eres la que me
mantiene con vida. No puedo, ni tampoco quiero, hacerte saber lo que se siente
al estar aquí, sujetando un arma entre mis manos, matando a gente que no
conozco y viendo caer a mis compañeros y amigos. Aquí solo hay odio, sangre y
destrucción. Pero estoy bien, porque el recuerdo de tu precioso rostro, de esa
hermosa sonrisa y de tus pequeños ojos iluminando tu cara, hace que vaya al
cielo. Estoy deseando regresar a tu lado y convertirte en mi esposa, para
hacerte la mujer más feliz del mundo. Soy fuerte por ti, por cumplir mi promesa
de volver a tu lado.
Ahora debo dejarte, porque apenas nos
dejan unos segundos para descansar y ni siquiera sé si esta carta te la podré
mandar. Te llegue cuando te llegue, y pase lo que pase, no quiero que olvides
que tú eres mi vida, mi mundo y mi razón de existir. Si muero, perdóname por
haberte dejado sola. Perdóname por no haberte dicho cada día de mi vida, lo
mucho que te quiero, como si fuera la primera vez. Perdóname por no haberte
despertado con un dulce beso cada mañana. Te aseguro, que pensando en ti, me he
dado cuenta de que podía haberte besado más veces de las que lo hice y ahora me
arrepiento de todas las oportunidades que perdí. Me arrepiento de no haberte
dicho, mirándote a los ojos, cuanto te necesito, porque tú haces que quiera ser
mejor persona y que me sienta bien conmigo mismo. Solo tú consigues que alcance
una absoluta paz interior.
Me arrepiento de no ser capaz de ver el
momento de estar sujetándote de nuevo entre mis brazos, susurrándote al oído lo
mucho que te quiero. Me arrepiento de todas las veces que, por estupideces,
discutí contigo y dejé que pasara la noche sin solucionarlo. Me arrepiento de
no haber podido evitar todas esas lágrimas que derramaste, cuando me marché. Te
aseguro que mientras caminaba hacia el aeropuerto, me sentía culpable de
haberte dejado con la promesa de volver a tu lado, solo para calmar tus
lágrimas, porque ahora no sé si seré capaz de cumplir esas palabras…
Si muero, mi dulce amor, si me apartan
de tu lado, créeme que luché con todas mis fuerzas, para volver junto a ti.
Pero, si finalmente no logré hacerlo, quiero que recuerdes la vida que
compartimos juntos, porque eso será lo último que veré ante mis ojos, ya que,
antes de ti, amor…antes de ti no había nada. Sé que llorarás y que te
enfadarás, pero confío en que serás capaz de superarlo y continuarás hacia
delante, encontrando un nuevo amor, viviendo una vida llena de felicidad y yo
solo quedaré en el recuerdo…en un horrible y triste recuerdo del pasado. No te
culpes si sucede así, yo lo entenderé. Y si hay otra vida después de la muerte,
te aseguro que te esperaré.
No llores amor, no lo hagas por las
palabras que te he escrito, porque sigo vivo y voy a luchar por seguir
estándolo, porque tengo un gran motivo para hacerlo y es el de volver a tu
lado. Espérame, amor, porque voy a volver…voy a volver…>>
La
joven derramó lágrimas, junto a varias sonrisas que se escapaban fugaces de
entre sus labios, mientras acariciaba su enorme tripa y le aseguraba a su
pequeño, que papá volvería. Pero solo trataba de convencerse a sí misma, de que
él lo conseguiría. Si había logrado sobrevivir tantos meses, un poco más no
sería nada.
Una
mañana gris, llamaron a su puerta, haciendo que se despertara asustada y
sobresaltada. Se colocó su fina bata rosa y caminó, sujetándose la enorme tripa,
como si el pequeño se le fuera a caer. Al abrir la puerta comenzó a llorar en
silencio, porque su corazón ya sabía lo que había perdido. Un hombre, vestido
con el uniforme del ejército, se encontraba al otro lado. Con la mano realizó
el saludo militar y con una pequeña reverencia le mostró sus respetos. Le
entregó una carta en la que le informaban de la trágica muerte de su prometido.
Aquel sobre, completamente impecable y cerrado, lo recogió en su mano y lo
dejó, cerrado, sobre el mueble del recibidor. Pensaba que si no la abría, sino
la leía, no sería real. Después, el hombre vestido de militar, se quitó la
gorra y sacó, del bolsillo interior de su chaqueta, una segunda carta. Esta
solo era una hoja doblada y manchada de barro y de sangre. Se la entregó y
conteniendo la voz en un hilo que parecía quebrarse en la tristeza, le informó
de que aquella hoja, la encontraron entre las manos del muchacho. A pesar de
que la muerte le había llegado, fue capaz de conservarla, para que cuando
encontraran su cuerpo sin vida, pudieran entregársela.
El
hombre, preocupado por el estado de la muchacha, se ofreció para acompañarla, mientras
leía aquella última carta de su prometido, temiendo que le pasara algo, cuando consiguiera
reaccionar ante semejante noticia. Ella accedió y le dejó pasar. Ambos, sentados
en el sofá, él contemplándola en silencio, mientras ella desplegaba aquella hoja,
teniendo mucho cuidado para no romperla, ya que en ella estaban escritas las últimas
palabras del amor de su vida.
<< Mi dulce amor:
Me encuentro solo y perdido, en medio de
un bosque que no conozco. Todos mis compañeros y amigos han caído y me encuentro
escondido entre sus cuerpos. Los enemigos caminan a mí alrededor, ignorando mi presencia,
pero sé que es cuestión de tiempo, que alguno me descubra con vida.
Perdóname mi vida, perdóname por no poder volver. No hay nada en el mundo que
deseara más, que encontrarme en casa, a tu lado, abrazándote contra mi pecho. Pero
mi último aliento lo dedico a escribirte esta última carta, porque hasta mi último
pensamiento es para ti. No importa cómo acaben conmigo, porque nada me hará tanto
daño, como el saber que no te volveré a ver. Llevo tu fotografía en mi corazón,
la he contemplado tantas veces, que está algo arrugada. Pero tu rostro me sigue
pareciendo el de un verdadero ángel, enviado a la tierra para salvarme de la vida
que tenía.
Quiero que sepas que te quiero, te quiero
desde el primer instante en el que te vi pasar y supe que te querría siempre, toda
mi vida. Si pudiera pedir un deseo, pediría verte una vez más, aunque no sería suficiente
para mí, me conformaría con volver a ver tus dulces ojos marrones, tu hermosa sonrisa
y tu perfecto rostro. Y si cierro los ojos, puedo ver tu recuerdo, parece tan real,
que hasta levanto el brazo y trato de acariciarlo.
Si la muerte me llega, no te preocupes por
mí, porque estaré soñando toda mi vida contigo, en un lugar en el que no sentiré
el dolor de mis heridas, ni la tristeza…tan solo continuaré amándote eternamente,
aunque tú no estés allí, en el lugar al que me voy…
Perdóname por marcharme sin besar tus labios
una última vez, pero más lo lamento yo, que allá donde voy, no podré volver a probar
la miel de tus labios, ni sentir el suave tacto de tu piel.
Perdóname por no decirte que te quiero,
mirándote a los ojos y por no poder recordarte todos los días, lo maravillosa que
eres, porque tú, haces que el mundo sea especial.
Sé que tienes que perdóname por tantas cosas,
que no soy capaz de enumerarlas, porque la tristeza me invade, al recordar que esta
es mi despedida y que no sé cómo expresarte todo lo que siento por ti, porque no
me salen las letras, los dedos me tiemblan y temo que la hoja se rompa…
No habrá nadie en el mundo, que pueda amarte
tanto como yo te amo, pero encontrarás a quien te alivie el dolor de perderme y
te haga olvidar… No temas, amor…recuerda
que te esperaré toda la eternidad…
Gracias por compartir tu vida conmigo y
por hacer de mí un hombre bueno y feliz.
Ya viene la muerte a por mí, amor…les oigo gritar…ya saben
que estoy aquí… Será rápido y no sufriré, lo sé, lo siento aquí, en mi corazón,
donde te llevo conmigo…>>
10 - Julio - 2012
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