Alzheimer
Cruel destino el que me lleva por el camino de la soledad,
vagando sin rumbo, ni lugar en el que parar a descansar.
Si tengo familia…no lo puedo recordar, pues mi memoria me
abandonó ayer, o tal vez antes de poder ver.
Si el reflejo de mi espejo no me engaña, no resulto ser
vieja, pero ya pasé por la adolescencia y hace tiempo que debí haberla
abandonado. No hay arrugas que muestren tristeza, así que mi vida debió ser
placentera, porque solo tengo las que deja la felicidad, junto a mis sonrosados
labios, en los que ya no hay sonrisa alguna, ni intención de mostrarla.
Curioso me resulta el camino que el destino me ha elegido,
lleno de baches en los que tropiezo sin poder evitarlo. Me producen grandes y
pequeñas heridas, que sangran y escandalizan. Pero todas ellas cicatrizan. La
marca que dejan en mi piel, me recuerdan el error que cometí y me hacen más
fuerte.
Continúo caminando y encuentro hoyos profundos en los que
caigo sin remediarlo. Lloro, me desanimo e incluso llego a ver una cortina de humo negro ante mis ojos. Pero
no me rindo y vuelvo a levantarme, porque las heridas que sufrí, fueron las que
me prepararon para soportar los abismos a los que me enfrento. Y si no puedo
sostenerme en pie, llamaré a quienes me rodean, que aunque no les recuerde, sé
que estarán allí.
Camino sin saber lo que busco y sin encontrar mi sitio,
continúo en esta vida, viéndola pasar día a día, sintiendo la desesperación de
no ser nadie para el mundo. Todo es nuevo para mí y a la vez es tan viejo que
me aburro. Deseo conocer mi pasado, saber si participé en alguna aventura,
si fui importante para alguien.
¿Madre? No recuerdo haberla tenido, pero sé que la tuve,
porque soy consciente de que todo el mundo la tiene y en eso no puedo ser tan
diferente.
¿Padre? También tuve, porque sin él no hubiera sido posible
mi existencia. Si fue bueno o malo, lo ignoro. Si me abandonó, siendo un
descarrilado hombre, guiado tan solo por los placeres de las frescas
mujeres…prefiero no conocerlo.
¿Hermanos? He olvidado mi pasado y pido disculpas por
adelantado, por si tuviera alguno y el ignorarlo le resulta violento, ha de
saber que en mi interior lo lamento, sin tener más palabras de consuelo, que
las que apoyan a mi aletargada memoria.
En realidad miro a mi alrededor y creo saberlo todo, pero no
conozco ni las luces que me alumbran desde un oscuro y alto techo.
Soledad, dime soledad ¿siempre me has acompañado en mi
camino? ¿Eres la única que no me ha abandonado? ¿Por qué mi mente recuerda el
dolor que produce tu presencia y ha olvidado lo demás? ¿A caso no hay nada que
recordar? ¿No he tenido una vida a la que ahora debería añorar?
Y tras varias
preguntas, que me llenan de tantas dudas sin resolver. Abro los ojos y veo que
estoy sentada en un cómodo sillón. Frente a mí se encuentra mi familia y no
comprendo cómo han llegado hasta allí, sin que yo me hubiera dado cuenta. Siento una gran felicidad que me invade el
pecho, llenándolo de más amor del que creo poder soportar. Es una extraña sensación, como si no les
hubiera visto en muchos años, toda una eternidad sin que vinieran a visitarme,
cuando creo que fue ayer cuando nos reunimos todos para comer. Mientras ellos sonríen al escucharme hablar con
claridad y confiesan que se alegran de que haya vuelto a la realidad. Desean
disfrutar del tiempo que me dejen estar, hasta que de pronto, mi memoria vuelve
a fallar. No entiendo por qué siento un
vacío en mi pecho y una niebla gris aparece en mis pensamientos.
¿Quiénes son todas esas personas que me rodean? ¿Por qué me
miran y me hablan, como si me conocieran de toda la vida? Y entonces veo sus
rostros entristecer, al escuchar mis preguntas, como si les hubiera ofendido o
estropeado la fiesta. No soy capaz de saber ¿por qué hay niños sentados sobre
mis rodillas? ¿Por qué me abrazan con sus finos bracitos, tratan de besar mis
viejas mejillas y me dicen que me quieren? ¿Por qué se dirigen a mí, como a su
abuela, si ni siquiera les conozco?
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