¡Hola a todos! ¿Qué tal?
Bueno, la entrada de hoy va a ser un pequeño relato que escribí para un concurso, en el que el tema eran los zombies. Luego no lo envié, así que lo comparto con todos vosotros. Espero que os guste.
Condenados
Ya no recuerdo cuando fue el día
más feliz de mi vida, ni el último beso que les di a mis padres. Pienso que no
fueron suficientes, creyendo que tenía mucho tiempo por delante. Pero el mundo
ha cambiado y la muerte se los ha llevado. Aquellos que antes eran mis amigos,
mis conocidos…ahora solo son enemigos de los que ocultarme.
Voy de un sitio a otro, desesperada
por encontrar supervivientes, en medio de esta locura, pues el caos se ha hecho
con el control de la ciudad. No sé si habrá más suerte en otros lugares, si aún
existirá la paz y la tranquilidad. Pero debo mantener la esperanza, si quiero
sobrevivir a este infierno.
Cuando cierro los ojos, recuerdo
aquella noche en la que empezó todo. Entraron por los ventanales, rompiéndolos
con sus propios cuerpos y sin mostrar dolor alguno. Primero se abalanzaron
sobre mi padre, que intentó protegernos, mientras mi madre y yo subíamos por
las escaleras. Desesperadas buscábamos un refugio donde no lo había. La única
salida era la ventana de mi habitación, que daba acceso al tejado. Sin embargo,
mi madre se rindió, llorando por la muerte de mi padre y negándose a continuar
en el mundo sin él. Traté de
convencerla, pero llegaron tan rápido, que no pude ni cogerla. Se abalanzaron
tantos sobre ella, que ni siquiera podía verla. Pero oía sus dolorosos gritos,
mientras se la comían. Sentía que alguien me desgarraba el corazón, escuchando
el sufrimiento de mi madre.
Las lágrimas se deslizaban por
mis mejillas, angustiosas por la pérdida de mis padres. Pero no podía quedarme
allí, viendo cómo sus cuerpos se convertían en el alimento de esas criaturas. Bien
agarrada a las tejas, fui apartándome de la ventana, esperando que no me
hubieran visto y deseando que no me siguieran. Bajé por la enredadera del otro
lado de la casa, despejado de aquellos humanos infectados por un extraño virus.
Al bajar al suelo, miré a mí
alrededor y al ver que estaba despejado, salí corriendo hacia el bosque.
Pensaba que si aquellas criaturas solo se alimentaban de personas vivas, lo más
seguro era el monte, porque allí no
había nadie. Así que corrí y corrí, hasta que sentí que me faltaba el aire. Me
detuve en medio de una explanada y trate de recuperar el aliento. Tenía ganas
de llorar y de gritar. Pero si lo hacía, me derrumbaría y sería incapaz de
continuar.
De pronto escuché el crujido de
una rama y al darme la vuelta, frente a mí, se encontraba una de esas
criaturas. Con sus huesudas manos, trataba de agarrarme y con sus destrozados
dientes, trataba de morderme. Caí al suelo del susto, pues su desfigurado
rostro, con carencia de piel, la cual le colgaba como a un perro le cuelga la
baba, me había impresionado, sin darme tiempo a reaccionar. La torpeza llegaba
en el mejor de los momentos, poniendo mi vida en peligro. Aquel ser de ojos
saltones y ensangrentados, se abalanzó sobre mí. Creía que todo estaba perdido,
incluso vi mi vida pasar por delante de mis ojos. Sabía que no valía de nada
gritar y resistirme solo serviría, hasta que mis fuerzas me abandonasen. Pero
mi destino no era morir allí, a manos de aquel monstruo.
Ni si quiera sé como fui capaz de
hacerlo y siempre se lo agradezco a la suerte. Extendiendo el brazo derecho,
sin saber lo que buscaba entre las hojas caídas, encontré una rama y
desconociendo mi frialdad, se la clavé en la cabeza. Enseguida su cuerpo cayó
sobre el mío, sin ninguna otra forma de vida que pudiera hacer que reviviera. Su
piel era blanda y descompuesta, olía fatal y su sangre era viscosa, además de
pegajosa como un moco.
Me lo quité de encima y me puse
en pie. Volví a mirar a mí alrededor, cerciorándome de que no había ninguno más
cerca. No quería llevarme otro buen susto. Después me fijé en el desfigurado
rostro de la criatura y sentí lástima por ella. Parecía que antes de haber sido
convertida, era una muchacha joven y no solo habían acabado con ella,
seguramente, mientras aún estaba con vida, sino que le habían desgarrado la
piel de la cara, le habían arrancado el pelo y arañado el cuerpo. Llevaba una
camiseta blanca, sucia y llena de barro, además de sangre. Sus pantalones eran
muy parecidos a unos que solía llevar a menudo, porque me encantaban. Entonces
sentí angustia y no pude evitar vomitar. Era como verme a mí misma, en aquella
situación.
Escuché extraños sonidos, como
gritos espeluznantes. Parecía un aviso de que se acercaban más y me alejé de
aquel lugar. Continué corriendo hacia el interior del bosque. No tenía agua, ni
comida y nada para defenderme. Solo podía correr y tratar de encontrar un lugar
seguro. Estaba sucia, llena de barro, sudor y sangre de aquella criatura,
además, olía como ella. Tan solo quería darme una ducha caliente y dormir
cómodamente en mi cama.
Al ir adentrándome en el bosque,
todo a mí alrededor se volvía más cerrado, lleno de grandes matorrales, por los
que podía salirme alguna de esas criaturas, sin que fuera capaz de verla. Pero
no podía continuar, estaba cansada y el aire ya no llegaba a mis pulmones.
Sentía que el corazón se me iba a salir del pecho, si no me detenía. Traté de
acompasar mis latidos con la profunda respiración, intentando recuperar el
control de mi cuerpo.
Escuché una voz que pronunciaba a
la perfección, preguntándome si estaba viva. Me di la vuelta y vi a un hombre
acercándose a mí, mientras me apuntaba a la cabeza, con una pistola negra.
Levanté las manos y le respondí, esperando que las palabras fueran suficientes
para convencerle. Así fue, porque al parecer, esas criaturas eran incapaces de
hablar. Bajó el arma y se acercó a mí, alegrándose de ver a alguien más con
vida. Se presentó como J, sin dar más explicación, que la de haber sido atacado
por esos “descerebrados” cuando estaba a punto de irse a la cama. Su hermano
había sido devorado, mientras él conseguía escapar. Le hubiera preguntado de
dónde había sacado el arma, pero por su aspecto, preferí callar, que temer la
respuesta.
Por lo visto, yo había tenido
bastante suerte, porque a él le habían atacado varios meses antes y yo ni me
había enterado de que el caos había llegado. Eso explicaba su aspecto sucio y
desaliñado, ya que llevaba meses deambulando de un lado a otro. Tenía un corte
en la frente, el cual era reciente, aún le caía la sangre por la cara. Parecía
un arañazo, causado por alguna rama. Sus ojos eran pequeños y los tenía
entrecerrados, apenas se veía el bonito color verde que tenían. Debajo de
ellos, se asomaban grandes ojeras, producto del cansancio. Llevaba el pelo
corto y sudoroso, oscureciendo el rubio de su cabello. Llevaba una corta barba
de varios días, que hacía que su rostro fuera atractivo. Mantenía un buen
físico, aunque sus ropas dejasen mucho que desear. Parecía que hubiera salido
de una granja de algún pueblo. Pero a la vez, parecía un hombre duro.
Tuve la sensación de que se
alegraba de haberme encontrado. Pero cuando vio a la criatura que yo había
matado, en el suelo, tuvo dudas sobre mí. No se fiaba de mi palabra y quiso
comprobar con sus propios ojos, que no estuviera infectada.
Me quité la camiseta de tirantes
y el pantalón vaquero. Me quedé en ropa interior y di una vuelta, para que
viera que no tenía ni un solo arañazo. Sin embargo, él tenía esa herida en la
frente, la cual parecía muy reciente. No podía dejar de mirarla, mientras me
vestía. J se dio cuenta de mi fijación por su herida y me contó que se había
caído en un matorral. No pensé que fuera mentira, ni siquiera lo dudé. Si
estuviera infectado, no se hubiera preocupado en saber si yo lo estaba. Le
habría dado igual.
Escuchamos el ruido de una rama
al partirse y al mirar, vimos a una de esas criaturas, acercándose con rapidez.
J levantó el brazo derecho y le disparó en la cabeza. Enseguida escuchamos los
espeluznantes gritos de las criaturas, acercándose a nosotros.
J me dijo que no conseguiríamos
nada corriendo, ya que ellos nunca se cansaban. Me hizo subir a un árbol,
disculpándose por adelantado, por poner sus manos sobre mi culo, para ayudarme.
Cuando ya me encontraba arriba, me dijo que no hiciera ningún ruido y que no
bajara, hasta que él regresara. Después salió corriendo, hasta que un pude
seguir viéndole.
La idea de volver a estar sola,
en medio de aquel caos, me aterraba. Y fue aún peor, cuando vi a esa oleada de
muertos, caminar hasta donde yo me encontraba y continuar por donde se había
marchado J.
Conseguí no gritar, cuando vi a
una niña que no tendría más de siete años. Tenía el pelo largo y rubio y vestía
un camisón rosa pálido. No pude evitar sentir lástima por ella y llorar en
silencio. Era lo más triste que había visto en la vida y estaba segura de que
aún me quedaban muchas más cosas peores por ver.
No sé qué fue lo que hizo que
aquella niña se detuviera, mientras los demás continuaban con su camino. Pero
fue la única que se quedó bajo mi árbol, mirando a su alrededor. Era como si
estuviera esperando a alguien. Todos habían desaparecido y ella continuaba allí
parada, como si no pudiera continuar caminando, como si estuviera cansada.
Sentí lástima, hasta por el hecho de que se hubiera quedado tan sola, en medio
de aquel bosque, era como si se hubiera perdido.
En cuanto anocheció, empecé a
preocuparme por J, ya que todavía no había vuelto y todas aquellas criaturas
habían seguido su mismo camino. Temía que le hubieran devorado entre todos. Me
dolía hasta imaginarlo, a pesar de que acababa de conocerle.
Me senté sobre el tronco, muy
despacio y sin hacer ningún ruido. No podía ver a la niña, pero sabía que
seguía estando allí, donde se había quedado. Escuchaba su fuerte respiración,
como la de un animal salvaje.
De pronto escuché un extraño
ruido y después la voz de J, susurrando mi nombre. Rápidamente fui bajando por
el tronco, hasta que sentí sus fuertes manos sobre mi cintura, entonces di un
pequeño salto y él me sujetó, bajándome con cuidado al suelo. Iba a alertarle
de la presencia de la niña, pero su rostro estaba muy cerca del mío, podía
sentir su aliento y mis acelerados latidos. Había olvidado dónde me encontraba
y el peligro que nos acechaba. Tan solo podía pensar en las ganas que tenía de
besar sus perfectos labios. Pero él no parecía estar sintiendo lo mismo que yo
y se apartó de mí, retrocediendo varios pasos, mientras me preguntaba si me
encontraba bien. Asentí con la cabeza, sin poder pronunciar palabra. Me sentía
avergonzada y a la vez, estaba destrozada. Solo trataba de no derrumbarme en
aquel momento. Necesitaba recuperar la compostura y al mirar al suelo, vi el
cuerpo sin vida de la niña. Aquello provocó que mis lágrimas se deslizaran por
mis mejillas.
J me vio con la mirada fija en
ella y me recordó que no era una niña, aunque lo pareciera. Se merecía
descansar en paz y no vagar por el mundo, como un monstruo. Supe que esas
palabras tan frías, eran las que le ayudaban a matar a todas esas criaturas.
Tal vez él ya había vivido demasiado tiempo con aquella situación, que había
perdido cualquier ápice de humanidad y eso era lo que hacía que no dudara ni
por un instante, en golpearles o dispararles a la cabeza, sin sentir ni un
poquito de lástima por ellos. Seguramente eso era lo que le mantenía con vida.
Tal vez, esa era la mejor forma de salir de aquel infierno. Pero aquella
pesadilla acababa de llegar a mi vida y todavía no era capaz de dejar de sentir
lástima por ellos, porque nadie se merecía acabar de esa forma. Mientras que J
se mostraba frío y sin sentimientos, yo todavía no podía evitar vomitar, cuando
veía sus rostros desfigurados, con la piel colgando o mostrando los huesos.
Todavía era muy sensible a esos aspectos devorados por cualquier parte.
Se quitó la chaqueta y me la dio
para que me la pusiera, ya que empezaba a refrescar y yo solo llevaba una camiseta de tirantes.
Después de subirme la cremallera hasta el cuello, acarició mis mejillas,
limpiando las lágrimas que había derramado por aquella niña. Me cogió de la
mano y comenzamos a caminar hacia la carretera. Decía que allí tenía una moto
esperando, en la que llevaba algo de ropa y un poco de comida.
Mientras caminábamos con mucho
cuidado, temiendo encontrarnos algún otro descerebrado, J quiso saber más cosas
sobre mí. No me parecía muy justo, ya que él no quería hablar de sí mismo. Pero
inconscientemente, me vi respondiendo a todas sus preguntas.
Al llegar a la moto, me di cuenta
de que solo me había hecho hablar, para mantenerme entretenida y que no pudiera
pensar en lo que estaba pasando, para no tener tanto miedo. Me quedé mirándole
fijamente, mientras él sacaba una chaqueta, de una de las mochilas que iban
enganchadas en los laterales de la moto. A pesar de su apariencia de tío duro y
solitario, de su comportamiento frío y sin sentimientos, era un buen chico que
se preocupaba por mí. No tenía por qué haber cuidado de mí, me podría haber
dejado en aquel árbol y haberse marchado para salvar su vida. Pero se había
quedado, había distraído a esas criaturas y había regresado a por mí.
Se subió a la moto y la puso en
marcha. Después se dio la vuelta y con una sonrisa torcida, me invitó a que
subiera. No iba a abandonarme, no después de todo lo que había hecho por mí,
sin tener el por qué. Le devolví la sonrisa y apoyando la mano sobre su hombro,
subí a su moto. Estando allí sentada, abrazada a su cuerpo y con la mejilla
apoyada sobre su espalda, sintiendo el frío aire que acariciaba mi rostro,
sentí que estaba a salvo y cerré los ojos para disfrutar de aquel momento.
De repente caímos al suelo y
sentí el peso de la moto sobre mi pierna derecha. Grité al sentir que me
desgarraban la piel y me quedé tendida en el suelo. Al abrir los ojos, vi a J
apartando la moto y dejándola de pie. Después le oí decir algo como, “ese
jodido cabrón ha salido de la nada.” Le vi caminar hacia el otro lado, mientras
desenfundaba el machete que colgaba de su pantalón y se lo clavó en la cabeza a
una de esas criaturas.
Regresó a mi lado, se acuclilló
delante de mí y cogió mi pierna con mucho cuidado. Con el machete rompió el
pantalón y se fijó en la herida. Yo levanté la cabeza y solo vi sangre. Le
devolví la mirada y con una pequeña sonrisa, me aseguró que solo eran rasguños
producidos por el asfalto, nada grave.
Se puso en pie y se dirigió hacia
la moto. De una de las bolsas laterales, sacó una camiseta blanca y una botella
de alcohol. Me pidió que no gritara y me desinfectó la herida. Rompió la
camiseta y envolvió mi pierna. Me ayudó a ponerme en pie y aunque me dolía la
pierna, podía caminar. Se disculpó por la caída, como si hubiera sido culpa
suya. Me explicó que aquel descerebrado, había salido corriendo de entre los
matorrales y no tuvo tiempo de esquivarlo, así que la moto derrapó y cayó al
suelo. Se mostraba muy enfadado con aquella criatura. La rabia le hacía decir
muchas palabrotas, mientras caminaba de un lado a otro, sin dejar de mirar la
moto. Tan solo tenía rasguños, nada que nos impidiera continuar. Pero parecía
que fuera muy especial para él. No quise preguntar, aunque me moría de ganas
por saber, sin embargo, preferí dejar que se calmara.
De pronto vi dos hombres
acercándose a nosotros. Eran dos descerebrados, sus desencajadas dentaduras, su
falta de piel en la cara y su forma de caminar, les delataba. J volvió a sacar
el machete de la funda, se acercó a ellos con toda tranquilidad, muy seguro de
sí mismo y golpeó a uno de ellos, haciéndole caer al suelo. Al otro le clavó el
machete en la cabeza y rápidamente se lo clavó al otro. Cuando el cuerpo cayó
al suelo, comenzó a darle patadas, desahogando su rabia, mientras maldecía a
todos los que eran como él.
Me asusté al escuchar que nos
gritaban y al mirar hacia delante, vi a dos hombres que caminaban hacia
nosotros, hablando y con las manos en alto, para demostrar que eran humanos. J
dejó de golpear el cuerpo, se apartó y fue hacia ellos, impidiendo que
continuaran caminando hacia mí. Colocó los brazos en jarra y les preguntó qué
se les había perdido por allí. Uno de ellos, el que parecía más mayor por su
barba alrededor de la boca, le ordenó que se relajara, ya que éramos del mismo
bando. Pero J no parecía pensar de la misma forma. Después le preguntó si la
moto era nuestra y también quiso saber lo que teníamos y si estábamos con algún
grupo de gente. Yo no sabía si sentirme aliviada por ser más personas o tener
miedo por la presencia de esos dos.
El que parecía más joven, no
dejaba de mirarme de una forma muy desagradable, era como si me estuviera
desnudando con la mirada, mientras que el mayor entretenía a J, hablándole de
ellos. Sin embargo, J no perdía de vista al joven y no le dejaba avanzar ni un
paso. Cuando el mayor de ellos le agarró del brazo, como si quisiera sujetarle,
J le dio un fuerte puñetazo en la cara y lo tiró al suelo. Enseguida recibió él
un puñetazo, por el más joven y como consiguió no caer al suelo, el muchacho le
dio otro puñetazo en el estómago, haciéndole caer al suelo, junto a su
compañero. Después de darle varias patadas, se dirigió hacia mí, lamiéndose los
labios como un animal hambriento. Me cogió de los brazos, apretándolos con
fuerza y colocándomelos por detrás de la espalda. Con una sola mano sujetó mis
muñecas, como si estuviera esposada y con la otra comenzó a retirarme el pelo
de la cara, mientras me decía lo bien que lo íbamos a pasar juntos. Lamió mi
rostro, mientras yo lloraba y trataba de apartarlo de mí. Oímos un disparo y al
girar la cabeza, recibió un buen golpe en la cara, que le hizo caer al suelo.
Enseguida me aparté de él, sentándome en el suelo de la carretera, sin poder
dejar de llorar, mientras veía a J golpeándole en el estómago y en la cara,
recordándole lo bien que lo iban a pasar. “No volverás a tocar a una mujer,
cabrón.” Esas fueron las últimas palabras que le dijo y después le disparó en
la cabeza, dando por hecho que aquel muchacho había hecho semejante barbaridad.
Corrió hacia mí, se arrodilló
delante y me estrechó entre sus brazos, dejando que me desahogara, mientras me
repetía que todo había pasado y que nunca dejaría que me pasara nada malo.
Aquello era como una promesa que me hacía, para que me sintiera segura a su
lado. De todos modos, consiguió que me tranquilizara. Acunó mi rostro entre sus
manos y me confesó que yo era lo mejor que le había pasado en la vida. Al
parecer, las cosas nunca le habían ido bien, parecía que siempre estuviera
cayendo en un profundo hoyo, el cual no tenía fondo. Pero encontrarme a mí, era
como si alguien le hubiera lanzado una cuerda y le hubiera dejado subir al
cielo.
Sus palabras no podían hacerme
más feliz, consiguiendo que olvidara lo que acababa de suceder y calmando mi
desesperación. Acarició mis mejillas con los pulgares y besó mis labios, de la
forma más dulce que jamás nadie lo había hecho. Era como si lo hubiera estado
deseando, tanto como yo.
Tras aquel increíble momento, nos
miramos a los ojos y sonreímos, diciéndonos lo mucho que nos gustábamos, sin
tener que pronunciar ni una sola palabra. Me cogió entre sus brazos,
levantándome del suelo y me llevó hasta la moto, donde me dejó sentada sobre el
asiento. Me prometió que siempre cuidaría de mí y que nunca me dejaría,
mientras acariciaba mi rostro, secando las lágrimas que se me caían de los
ojos. Me colocó el pelo por detrás de las orejas, apoyó sus labios sobre mi
frente, presionándolos con dulzura y susurró que debíamos continuar, ya que
allí no estábamos a salvo. Aquellos tipos podían estar con más gente y podrían
ir a buscarlos. Además, el ruido de los disparos y el olor a sangre, podía
atraer a más criaturas. Asentí con la cabeza y sonreí. Ya no me preocupaba
nada, porque estando a su lado sabía que estaría bien.
Se subió en la moto, delante de
mí, esperó a que le rodeara el cuerpo con los brazos y la puso en marcha,
alejándonos de allí a toda velocidad. Mientras iba abrazada a él, cerré los
ojos y reviví lo que había sucedido. Habíamos estado a punto de morir a manos
de dos seres humanos, personas que también habían sobrevivido a la pesadilla de
la epidemia. Y uno de ellos había intentado forzarme y seguramente después me
hubiera matado. Entonces comprendí que seguía habiendo cosas peores que los
descerebrados y sentí aún más miedo del que ya tenía. Me abracé con más fuerza
al cuerpo de J y enseguida sentí su mano sobre las mías. Al abrir los ojos, vi
que me miraba de reojo y me mostraba una pequeña sonrisa, era como si me
estuviera diciendo que estuviera tranquila, que él estaba allí conmigo.
Nunca hubiera creído, que el
mundo tuviera que llegar a su fin, para que yo pudiera conocer al amor de mi
vida. Pero así fue. Bajo su aspecto de tío duro, resultó ser un maravilloso
hombre, dulce y atento. Él conseguía que el mundo no pareciera tan horrible y
me daba esperanzas. Hablaba de un futuro, en el que viviríamos en una bonita
casa con jardín, donde jugaríamos con nuestros hijos. Hacía que fuera tan fácil
imaginarlo, que olvidaba todo lo que estaba pasando de verdad.
Estábamos cansados de ir sentados
en su moto, sintiendo el abrasador sol sobre nosotros y decidimos parar a un
lado de la carretera. Ambos nos bajamos del vehículo y estiramos las piernas,
mientras mirábamos a nuestro alrededor. A los dos lados de la carretera, no
había más que bosque, con frondosos árboles que proporcionaban grandes sombras.
Todo parecía estar muy tranquilo y nos adentramos poco a poco.
Completamente agotados y
acalorados, nos tumbamos sobre la hierba y bajo una enorme sombra. Cometimos el
gran error de quedarnos dormidos los dos. Me desperté sobresaltada, por el
ruido de un disparo y al mirar a J, le vi con la pistola en la mano. Me
devolvió la mirada, mientras cambiaba el cargador, era como si supiera que me
había despertado. Mostró una pequeña sonrisa y me susurró que corriera. Pero me
negaba a dejarle allí solo, sabiendo que se acercaban muchas más de esas
criaturas. Aún no podía verlas, pero escuchaba sus espeluznantes gritos, eran
como una manada de leones hambrientos.
En un intento para convencerme de
que me fuera sin él, me mostró su pierna derecha y vi que le habían mordido.
Era grave, porque le había arrancado un buen trozo de carne y además, le había
condenado a ser uno de ellos. No me podía creer que estuviera infectado, que
todo se hubiera acabado para él y aún así, no podía dejarlo allí. Simplemente,
no podía abandonarle…
Sabía que él nunca me hubiera
dejado sola, ni aun estando infectada, sabía que me sacaría de allí y estaría
conmigo hasta el último de mis días, que cuidaría de mí y que evitaría mi
sufrimiento. Me haría muy feliz y se quedaría a mi lado, para no dejarme morir
sola. Impediría que me convirtiera en una de esas criaturas y haría lo más
doloroso de su vida, solo por proteger mi alma y dejar que descansara en paz.
Me puse en pie, cogí su brazo y
me lo coloqué alrededor del cuello. Caminamos lo más rápido posible hacia la
moto. La puse en marcha y nos alejamos de allí. Volví un instante la mirada
hacia atrás y pude ver a todas esas criaturas, saliendo de entre los
matorrales. Respiré hondo, como si de verdad me hubiera librado y volví la
mirada hacia delante. Solo quería alejarme lo más posible de allí.
Me desvié por un estrecho camino
de cabras, subiendo a una montaña y en un amplio prado, detuve la moto. J se
tumbó en el suelo, sobre un montón de flores silvestres, descansando mientras
yo le vendaba la herida de la pierna. Tenía muy mal aspecto, en tan poco tiempo,
su piel ya se había gangrenado. La infección actuaba con rapidez.
Tan solo dijo una palabra,
“zombies” y al mirarle sonrió. Entonces recordé todas esas historias que hemos
leído sobre ellos, a lo largo de nuestra vida. Pensando que jamás podría pasar
algo así y sin embargo, estaba pasando en aquel momento. Humanos que habían
muerto y que extrañamente, volvían a la vida. Pero eran muy diferentes y su
aspecto vomitivo. Su piel estaba completamente podrida y el olor era repulsivo.
Algunos eran aún peor, porque les faltaban trozos de piel, dejando ver sus
órganos e incluso sus huesos.
Al mirar a J, pensé que sería el
zombie más atractivo y sonreí con tristeza. No quería que llegara ese momento,
pero sabía que no tardaría. Él también lo sabía y por eso me entregó su arma y
toda la munición que le quedaba. Después me hizo prometerle, que llegado el
momento, acabaría con su vida. No quería convertirse en uno de ellos, porque no
quería tener, ni por un segundo, el deseo de comerme.
Aquella noche, volví a cometer el
error de quedarme dormida. El cansancio y el inmenso silencio que había, eran
más fuertes que mi voluntad por seguir con los ojos bien abiertos y vigilando
en la oscuridad.
Al despertar con la intensa luz
del sol, miré a mi lado y no encontré a J. El miedo anudó mi estómago, porque
temía que él mismo se hubiera quitado la vida. Me levanté corriendo y enseguida
escuché su voz, diciendo que me calmara. Al darme la vuelta, lo vi con una pala
en la mano, cavando un gran hoyo en el suelo. Levantó la vista, mirando al gran
árbol que le daba sombra y confesó que era un buen lugar para descansar en la
eternidad.
Sus palabras causaron lágrimas en
mis ojos. Respiré hondo y fingí ser más fuerte de lo que en realidad era. Me
acerqué a él, le toqué la frente y descubrí que estaba ardiendo. La fiebre era
el primer síntoma de que se acercaba su final.
Bromeaba sobre la muerte,
diciendo que iba a decorar su tumba, con una foto mía. Porque mientras que yo
había estado durmiendo, él se había marchado al pueblo más cercano. No solo
había cogido una pala, con la idea ya muy clara, también una antigua cámara de
fotos, de esas que te saca la imagen al instante. Además, había llenado el
depósito de la moto y había enganchado a un lado, una garrafa llena, para que
no tuviera problemas en muchos kilómetros. Lo había preparado todo, para que yo
pudiera continuar sin él.
Nos hicimos varias fotos juntos y
él tan solo se guardó una, en el bolsillo de su camisa sin mangas, junto al
corazón, Las demás, me las quedé yo, como recuerdo. Aunque sabía que jamás
podría olvidarle. Temía que algún día, con el paso del tiempo y si conseguía
sobrevivir, su rostro se volviese borroso en mi mente y los recuerdos se fueran
convirtiendo en humo.
Al terminar de hacer su hoyo en
la tierra, me mostró un pequeño estuche de herramientas, las justas para poder
salir de un apuro, si la moto me daba algún tipo de problema, aún sabiendo que
yo era negada para la mecánica. Pero insistió en darme un pequeño cursillo
avanzado, para que pudiera arreglar cualquier fallo. Se estaba muriendo y solo
se preocupaba en dejármelo todo preparado, para que pudiera continuar mi
camino, pudiendo arreglármelas sola con cualquier cosa. También me enseñó a
apuntar con la pistola, sin disparar ni una sola bala, por miedo a que
escucharan el ruido y fueran atraídos.
Aquel era un buen lugar para
descansar y hasta que hubiera escasez de alimento, también era un lugar seguro,
porque los zombies no subirían a lo alto de una montaña. Aún así, no podíamos
dejar de vigilar a nuestro alrededor, porque tarde o temprano aparecerían, de
eso no había duda alguna.
Aquella noche no pude dormir,
porque J había empeorado y no dejaba de vomitar. Decía que veía extrañas
imágenes, de zombies alimentándose de tripas humanas y aquello le causaba náuseas.
Traté de hacer que le bajara la fiebre, colocándole un trapo mojado sobre la
frente. De algún modo, sabía que no iba a conseguir ayudarle en nada, porque no
había cura para lo que él tenía. Solo podía estar a su lado, dejando que me
agarrara la mano con fuerza y sujetándole la cabeza mientras vomitaba. Por más
que me doliera en el alma, lo único que podía hacer, era estar a su lado, hasta
que el terrible momento llegara.
Cuando consiguió dormirse, me
aparté de su lado muy despacio, me puse en pie y me alejé de él. Me oculté
detrás del grueso tronco en el que había cavado su propia tumba y me eché a
llorar. Me desahogué todo lo que pude, sin que me viera, ni me escuchara.
Quería que pensara que estaba bien, que a pesar de todo lo que iba a suceder, yo
era fuerte y podía superarlo, aunque todo fuera una mentira. Pero tenía que
fingir, para que pudiera marcharse en paz del mundo.
Se despertó por la luz del sol y
enseguida pronunció mi nombre, preocupado porque no podía verme. Me sequé las
lágrimas y froté mis ojos, respiré hondo para ser capaz de aguantar el tipo y
salí de detrás del árbol. Me arrodillé a su lado y le dije que había estado
vigilando. Después le ayudé a ponerse en pie, ya que necesitaba caminar, aunque
todo su cuerpo temblaba y las piernas no le aguantaban. Coloqué su brazo
alrededor de mi cuello y le rodeé la cintura para poder sujetarle. Apenas
caminó varios pasos, cuando me pidió que le dejara descansar. Su cara estaba
empapada en sudor frío, mientras que su frente parecía estallar en un volcán de
lava ardiente. Le ayudé a sentarse en el suelo, rodeado de todas aquellas
flores silvestres de todos los colores y le quité la camiseta. Estaba llena de
sudor y la utilicé para secar su rostro y el resto de su cuerpo. Él sonreía
mientras le acariciaba y bromeaba sobre querer aprovecharme de él. Sabía que J
también estaba fingiendo, solo para que yo no sufriera al verle mal, por eso
aparentaba estar bien, como si no le importara lo que le estaba pasando.
Regresé junto a la moto y cogí
una de sus camisetas sin mangas, que estaba en una de las mochilas. Al darme la vuelta, vi que un
zombie se acercaba a él. Parecía estar muy hambriento, ya que tenía la piel
pegada al cuerpo y se le notaban todas las costillas. Tenía medio rostro
desfigurado y sin piel alguna, dejando al descubierto su ojo al completo. La
lengua la tenía colgando hacia un lado y no dejaba de babear. Arrastraba un
pie, con el que caminaba por el tobillo, como si lo tuviera roto. Apenas tenía
pelo, como si se lo hubieran arrancado a estirones. Sus ropas estaban rotas y
sucias.
Cogí la pala que estaba junto a
la moto y di un pequeño rodeo, para poder quedarme detrás de él. Sabía que su
fijación era J, porque estaba herido y olía su sangre. Además, él ni siquiera
iba a levantarse, porque todavía no se había dado cuenta, de que estaba a punto
de ser atacado. Aunque eso nunca iba a suceder.
Me encontraba detrás de aquel
horrible y apestoso zombie, cuando le di un buen golpe con la pala. Enseguida
cayó al suelo, detrás de J, que se dio la vuelta al escuchar el ruido y me
advirtió de que aún estaba con vida. Comencé a golpearle la cabeza, una y otra
vez, salpicando mi rostro con su cerebro machacado. Era consciente de que lo
había matado con el segundo golpe, los demás solo eran para desahogarme. Tenía
tanta rabia acumulada, por lo que le había pasado a J, que necesitaba sacarla
de mí. Pero no importaba cuanto le golpeaba, porque no conseguía sentirme mejor
y sabía que aquello no iba a hacer que las cosas cambiaran. No había vuelta
atrás. Había sido infectado y lo único que le esperaba era la muerte.
J trató de hacer que me
tranquilizara, asegurándome que ya nada
le haría volver a levantarse del suelo. Después sonrió y me confesó que estaba
orgulloso de ver que era una chica fuerte. Estaba seguro de que sería capaz de
sobrevivir sin él y que viviría para ver cómo volvían las cosas a la
normalidad, extinguiéndose todos los zombies. Sabía que encontraría a más
personas como yo y que volvería a ser feliz. Hablaba como si pudiera ver mi
futuro, mostrándose muy seguro de todo lo que decía, porque realmente creía que
todavía había esperanza. Me prometió que todo iba a salir bien y para
contentarle, yo asentía con la cabeza, como si creyera en su palabra.
Volví a ayudarle a ponerse en pie
y lo llevé hasta la sombra en la que había cavado su tumba, alejándolo del
cuerpo de aquel zombie. Se sentó en el suelo, con las piernas estiradas y al
quitarse la camiseta que le puse por venda, vimos que la gangrena había
avanzado demasiado. Se arrancó el camal del pantalón, para poder ver hasta
dónde había llegado y ya casi había alcanzado la ingle. Suspiró y se frotó el
pelo, revolviéndoselo, como si estuviera pensando en alguna solución. Después
me dijo que era inútil continuar así y que había llegado el momento de que
acabara con su vida.
Negué con la cabeza, una y otra
vez, mientras las lágrimas descontroladas salían de mis ojos y se deslizaban
por mis mejillas. No estaba preparada para ese momento y además, estaba
convencida de que todavía teníamos tiempo para estar juntos, antes de que
perdiera su humanidad. Consiguió cogerme de la mano y me estiró hacia él,
haciendo que me sentara sobre sus piernas. Trató de convencerme para que lo
hiciera, pero tratando de evitar que continuara insistiendo una y otra vez en
que lo matara, comencé a besarle los labios.
Ambos nos dejamos llevar por la
pasión y el deseo, sabiendo que sería nuestro último momento de estar juntos de
aquella forma. Le desabroché la camisa y acaricie su cuerpo sudoroso, mientras
me besaba el cuello. Hicimos el amor una y otra vez, hasta que caímos rendidos
por el cansancio. J enseguida se quedó dormido, con una gran sonrisa en sus
labios.
Aproveché para apartarme de su
lado y ponerme en pie. Volví a ponerme la ropa y me acerqué a la moto. Cogí la camisa
que había utilizado para secar su sudor y al doblarla, encontré la foto en el
interior del bolsillo. La saqué y al mirarla, no pude evitar echarme a llorar,
abrazando su camisa contra mi cuerpo y oliendo su aroma. No quería que se
marchara, porque no me imaginaba seguir viviendo sin él.
Le escuché toser y al mirarle, vi
que trataba de levantarse. Fui corriendo a su lado y le ayudé a moverse hacia
un lado para vomitar. Después me miró con sus bonitos ojos entrecerrados y
mostró una pequeña sonrisa torcida. Sequé el sudor de su frente y acaricié su
rostro, tratando de hacer que volviera a dormirse. Pero me dijo que ya tendría tiempo de dormir,
cuando se detuviera su corazón. En esos momentos, solo quería observarme
fijamente y estrecharme entre sus brazos.
Había empezado a refrescar y le
ayudé a vestirse. Cuando se abrochó la camisa, le devolví la fotografía. La
cogió y al mirarla sonrió, como si le hubiera devuelto lo más valioso de su
vida. Besó mi imagen y la guardó en el bolsillo del pecho, junto a su corazón.
Después me senté entre sus piernas y me rodeó con sus brazos. Mientras
contemplábamos las estrellas, me confesó que se había cumplido su mayor deseo y
que ya podía morir en paz. Se me ocurrió preguntarle de qué se trataba, me
respondió que había sido la mejor noche de toda su vida, porque siempre había
soñado con hacer el amor con una chica a la que amase más que a su propia vida
y por fin lo había hecho. Nunca había estado enamorado, hasta que me conoció.
Sus palabras hicieron que las
lágrimas volvieran a salir de mis ojos, sin que pudiera hacer nada para
contenerlas. Caían solas y descontroladas por mis mejillas y aunque trataba de
disimularlas, J se había dado cuenta. Me abrazó con más fuerza y me susurró que
no me preocupara por nada.
Deseaba que el tiempo se
detuviera en aquel momento y que nos quedáramos congelados de aquella forma. No
importaba si no volvía a la vida, si me quedaba abrazada a su cuerpo. Pero
cuando salió el sol, J empeoró demasiado. Comenzó a vomitar sin parar y
desesperado lloraba de dolor. Le pedí que fuera fuerte y resistiera un poco
más, mientras le sujetaba de la frente y el estómago. Ya no había nada que
pudiera hacer por él, nada aliviaría su dolor y solo una cosa evitaría su
transformación. Pero me negaba a pensar en ello.
Me suplicó que acabara de una vez
con su vida, ya que no era capaz de soportar semejante sufrimiento. Empezaba a
sentir el cambio y era demasiado doloroso. Con lágrimas en los ojos, me lo
pidió una y otra vez, hasta que accedí.
Le ayudé a ponerse en pie delante
de mí. Acaricié su rostro sudoroso y besé sus finos labios. Había llegado ese
día, que tanto temíamos los dos. No dejó de mirarme con sus pequeños ojos
verdes, ni un solo instante. Quería que mi cara, fuera lo último que viera en
el mundo. Decía que quería irse con un buen recuerdo, el de no morir solo y el
de estar con la persona que más había amado en su vida.
Coloqué la pistola sobre su
frente y entre lágrimas disparé. Sentí su cálida sangre, al salpicar toda mi
cara, llenándola de trozos de él. Ni siquiera traté de limpiarme sus restos,
porque no me podía separar de él. Enseguida escuché los pasos de un zombie
acercándose. Iba arrastrando un pie y el brazo derecho solo le colgaba de los
tendones. Su rostro estaba amoratado, pero intacto. Sus grandes ojos eran
blanquecinos y le colgaba una especie de baba verde por la boca.
El ruido del disparo le había
atraído y el olor de la sangre fresca, le hacía ir lo más rápido que podía.
Dejé que se acercara lo suficiente, como para acertar un tiro en la cabeza. No
dudé, ni me temblaron las manos al hacerlo. Estaba dispuesta a proteger el
cuerpo sin vida de J. Le miré un instante, tendido en el suelo y aún me parecía
que iba a despertarse. Su rostro, aunque cansado de tanto sufrimiento y oscuras
ojeras bajo sus ojos, aún era atractivo y muy dulce. Parecía que solo estaba
durmiendo. Pero sabía que no era así.
Era consciente de que aquel
segundo disparo, atraería a muchos más descerebrados. Por eso arrastré el
cuerpo de J, hasta su tumba y lo cubrí de arena, lo suficiente para que no
pudieran desenterrarlo. Después golpeé el tronco de aquel árbol con la pala,
para dejarle una buena marca. Porque estaba segura, de que algún día volvería a
llevarle flores a su tumba. Entonces el mundo habría vuelto a cambiar y con
tranquilidad, podría llorar su pérdida.
Escuché el ruido de los
matorrales al moverse, levanté la mirada y vi un montón de zombies, apareciendo
de la nada y corriendo hacia mí. Fui disparando sin ninguna puntería, mientras
corría hacia la moto. Me subí en ella y de los nervios se me cayeron las llaves
al suelo. Enseguida bajé de la moto y me agaché para cogerlas. Al levantar la
mirada, vi que ya tenía uno delante de mí, a punto de atacarme. Un disparo en
la cabeza y al caer su cuerpo al suelo, vi que cerca tenía muchos más. Volví a
subirme en la moto, la puse en marcha y me alejé de allí, con lágrimas en los
ojos.
Llegué a una autopista, cuando el
sol comenzó a ocultarse tras las montañas del horizonte. Tenía que encontrar
algún sitio seguro en el que pasar la noche, pero conducir parecía que mantenía
mi mente distraída y sabía que al parar, el mundo se me vendría encima. Por eso
no podía parar y continué por la autopista, esperando que me llevara hacia un
lugar mejor.
Con la oscuridad del cielo,
volvieron todos los recuerdos a mi mente y aunque seguía conduciendo, solo veía
el atractivo rostro de J, la primera vez que nos vimos. Reviviendo aquellos
momentos, no pude evitar mostrar una sonrisa, hasta que llegó la imagen de la
mordedura en su pierna. Detuve la moto en seco y me bajé de ella. Pegué un
fuerte grito al aire, aun sabiendo que eso podía ponerme en peligro y comencé a
llorar desesperadamente. Me acuclille y rodeé mis rodillas con los brazos,
ocultando mi rostro en su interior. No podía dejar de recordar su imagen y de
escuchar sus dulces palabras en mis oídos, como si estuviera allí mismo,
diciéndomelas una y otra vez.
No sé cuánto tiempo estuve así,
llorando desesperadamente, sin encontrar consuelo alguno y creyendo que ya no
merecía la pena seguir viviendo en aquel mundo. Porque realmente parecía que
aquello fuera el infierno y la muerte ya no me parecía tan horrible.
De pronto escuché el espeluznante
ruido de un zombie y al levantar la cabeza, miré hacia donde enfocaba la luz de
la moto y vi a una de esas criaturas, acercándose lentamente hacia mí, parecía
que no tuviera ninguna prisa por comerme. Me puse en pie y por unos instantes,
me quedé pensando en dejar que me comiera. Pero no quería ser una de esas
criaturas, tan solo quería morir. Dejé que el zombie creyera que iba a poder
cenar y cuando se encontraba delante de mí, levanté el brazo derecho, con la
pistola en la mano y cuando fui a disparar, me sorprendió abalanzándose sobre
mí. La pistola cayó al suelo y tuve que forcejear con aquella criatura,
tratando de quitármela de encima y de que no me hiriera. Sabía que solo con un
simple arañazo, ya me infectaría.
Extendí el brazo y logré
recuperar la pistola, le golpeé la cabeza con la culata y lo aparté a un lado.
Enseguida me puse en pie y comencé a darle patadas en el cuerpo y en la cara,
una y otra vez, sabiendo que eso no le mataba. Cuando creí haberme desahogado y
completamente agotada, continué golpeándole la cabeza con la culata de la
pistola, hasta destrozarle el cráneo y viendo cómo salía su cerebro. Después de
apartarme de él, me puse a cuatro patas en la carretera, tratando de controlar
mi respiración y acompasar los latidos de mi corazón, mientras volvía a caer en
un mar de lágrimas descontroladas y completamente desesperadas.
Me puse en pie y regresé a la
moto. Al subirme y mirar hacia delante, vi que se acercaba otro zombie, este
parecía algo más silencioso. En aquella ocasión, no me la jugué tanto y disparé
sin dejar que continuara acercándose. Me
pregunté si no iba en la dirección equivocada, ya que aquellos dos zombies,
venían de frente. Me quedé un instante pensando en lo que debía hacer, porque
no sabía si continuar hacia delante o dar la vuelta y regresar.
Decidí continuar, porque eso es
lo que hubiera hecho J, sin dejarse asustar por la apariencia de dos caminantes
extraviados, en medio de la carretera. Aquello no tenía por qué significar
nada. Pero entonces me encontré con un gigantesco atasco y aunque podía pasar
entre los coches, no quería arriesgarme a que estuvieran llenos de zombies, que
todavía no habían salido del interior de los coches. Algunos tenían las puertas
abiertas y las ventanillas completamente bajadas, así que tenían forma de
salir.
Apagué la moto y di la vuelta sin
hacer ningún ruido. Después volví a ponerla en marcha y me alejé lo más rápido
posible de allí. Estaba segura de que los dos zombies que me había encontrado,
provenían de aquel atasco y por eso creía que habría muchos más allí.
Cuando el sol se alzó en el
cielo, iluminándolo todo, vi el camino que desviaba hacia la montaña en la que
había enterrado a J. Detuve la moto en medio de la carretera y me quedé mirando
a la cima. Todavía sabía exactamente, donde se encontraba descansando su
cuerpo. Volví la mirada un instante hacia atrás, asegurándome de que no me
había seguido ningún caminante y aunque temía que allí arriba estuvieran todos
los que me habían atacado la noche en la que me marché, decidí volver a subir.
Salí de la carretera y seguí el
estrecho camino de cabras, hasta llegar a la cima de la montaña. Detuve la moto
y vi que no había ni un solo zombie, merodeando por la zona, ni siquiera
estaban los cuerpos de aquellos a los que había matado y eso me resultaba muy
extraño. Miré a mí alrededor antes de bajarme de la moto, asegurándome de que
no había nadie cerca. Caminé hacia la tumba de J y arrodillándome sobre ella,
comencé a llorar, suplicándole que me perdonara por no ser la chica fuerte y
valiente que él se imaginaba. Pero no veía otro camino que seguir, ni siquiera
sabía a dónde ir, ni lo que hacer y no podía pasarme la vida de un lado para
otro, tratando de no morir a manos de esas criaturas, mientras saqueaba las
tiendas vacías, para poder conseguir agua y comida. Le dije que no creía que
hubiera nadie más en el mundo, al menos, no que fueran buenas personas. Porque
ya sabía que habían más tipos como los que nos encontramos, porque ellos mismos
confesaron pertenecer a un grupo de supervivientes, la mayoría hombres. Y más
que a las criaturas, les temía a ellos.
Todo eso es lo que recuerdo al
tratar de dormir un poco, sin llegar a conseguirlo. Pero al abrir los ojos, veo
que me encuentro en medio de la nada, de pie sobre la tumba de la persona a la
que más amaba, con la pistola en la mano y apuntando a mi cabeza. Contando los
segundos que me quedan para ser capaz de apretar el gatillo y arrebatarme la
vida.
De pronto escucho la voz de un
niño y al darme la vuelta, veo al niño junto a un grupo de personas, que al
igual que yo, han sobrevivido a la epidemia. Sonrío mientras se acercan a mí y
pienso que tal vez, sí que haya esperanzas.
Fin.
Jessica Castro Martínez
Fue escrita el 18 / Marzo / 2012
Besos.