miércoles, 18 de julio de 2012

Divagando


 Alzheimer


 Cruel destino el que me lleva por el camino de la soledad, vagando sin rumbo, ni lugar en el que parar a descansar.
Si tengo familia…no lo puedo recordar, pues mi memoria me abandonó ayer, o tal vez antes de poder ver.
Si el reflejo de mi espejo no me engaña, no resulto ser vieja, pero ya pasé por la adolescencia y hace tiempo que debí haberla abandonado. No hay arrugas que muestren tristeza, así que mi vida debió ser placentera, porque solo tengo las que deja la felicidad, junto a mis sonrosados labios, en los que ya no hay sonrisa alguna, ni intención de mostrarla.
Curioso me resulta el camino que el destino me ha elegido, lleno de baches en los que tropiezo sin poder evitarlo. Me producen grandes y pequeñas heridas, que sangran y escandalizan. Pero todas ellas cicatrizan. La marca que dejan en mi piel, me recuerdan el error que cometí y me hacen más fuerte.
Continúo caminando y encuentro hoyos profundos en los que caigo sin remediarlo. Lloro, me desanimo e incluso llego a ver  una cortina de humo negro ante mis ojos. Pero no me rindo y vuelvo a levantarme, porque las heridas que sufrí, fueron las que me prepararon para soportar los abismos a los que me enfrento. Y si no puedo sostenerme en pie, llamaré a quienes me rodean, que aunque no les recuerde, sé que estarán allí.
Camino sin saber lo que busco y sin encontrar mi sitio, continúo en esta vida, viéndola pasar día a día, sintiendo la desesperación de no ser nadie para el mundo. Todo es nuevo para mí y a la vez es tan viejo que me aburro. Deseo conocer mi pasado, saber si participé en alguna aventura, si  fui importante para alguien.
¿Madre? No recuerdo haberla tenido, pero sé que la tuve, porque soy consciente de que todo el mundo la tiene y en eso no puedo ser tan diferente.
¿Padre? También tuve, porque sin él no hubiera sido posible mi existencia. Si fue bueno o malo, lo ignoro. Si me abandonó, siendo un descarrilado hombre, guiado tan solo por los placeres de las frescas mujeres…prefiero no conocerlo.
¿Hermanos? He olvidado mi pasado y pido disculpas por adelantado, por si tuviera alguno y el ignorarlo le resulta violento, ha de saber que en mi interior lo lamento, sin tener más palabras de consuelo, que las que apoyan a mi aletargada memoria.
En realidad miro a mi alrededor y creo saberlo todo, pero no conozco ni las luces que me alumbran desde un oscuro y alto techo.
Soledad, dime soledad ¿siempre me has acompañado en mi camino? ¿Eres la única que no me ha abandonado? ¿Por qué mi mente recuerda el dolor que produce tu presencia y ha olvidado lo demás? ¿A caso no hay nada que recordar? ¿No he tenido una vida a la que ahora debería añorar?
Y  tras varias preguntas, que me llenan de tantas dudas sin resolver. Abro los ojos y veo que estoy sentada en un cómodo sillón. Frente a mí se encuentra mi familia y no comprendo cómo han llegado hasta allí, sin que yo me hubiera dado cuenta.  Siento una gran felicidad que me invade el pecho, llenándolo de más amor del que creo poder soportar.  Es una extraña sensación, como si no les hubiera visto en muchos años, toda una eternidad sin que vinieran a visitarme, cuando creo que fue ayer cuando nos reunimos todos para comer. Mientras  ellos sonríen al escucharme hablar con claridad y confiesan que se alegran de que haya vuelto a la realidad. Desean disfrutar del tiempo que me dejen estar, hasta que de pronto, mi memoria vuelve a fallar.  No entiendo por qué siento un vacío en mi pecho y una niebla gris aparece en mis pensamientos.
¿Quiénes son todas esas personas que me rodean? ¿Por qué me miran y me hablan, como si me conocieran de toda la vida? Y entonces veo sus rostros entristecer, al escuchar mis preguntas, como si les hubiera ofendido o estropeado la fiesta. No soy capaz de saber ¿por qué hay niños sentados sobre mis rodillas? ¿Por qué me abrazan con sus finos bracitos, tratan de besar mis viejas mejillas y me dicen que me quieren? ¿Por qué se dirigen a mí, como a su abuela, si ni siquiera les conozco?

miércoles, 11 de julio de 2012


R
Todo super héroe tiene una doble vida: Superman, es un joven periodista que lleva unas enormes gafas, para ocultar su rostro. En realidad, es un muchacho venido de otro planeta, con poderes especiales. Los utiliza para salvar vidas humanas, usando un disfraz ajustado a su cuerpo, con la S marcada en el pecho. Y por supuesto, tiene una chica, Lois.
Batman, resulta ser un importante y famoso hombre, que posee una gran fortuna. Vive en una increíble mansión y tiene una batcueva, un batcoche y un mayordomo que le ayuda. Más adelante, incluso se une a él un joven ayudante, Robin. También tiene una chica, aunque de esta nadie se acuerda. Sin embargo, este hombre no es de otro planeta, ni tampoco tiene poderes especiales. Simplemente se entrenó muy duro para saber luchar y ser muy hábil. Al igual que Robin, que solo es un chico de circo.
Spiderman, un joven fotógrafo que es picado por una super araña, la cual se escapa de su terrario en un laboratorio, donde las estaban modificando genéticamente. De ahí que el bicho tuviera una gran habilidad, la cual se la transmite al joven Peter Parker. El chico es fotógrafo y, da algo de lástima decirlo, pero solo se abre paso en su carrera, por la supuesta gran amistad con el super héroe, que es él mismo.
En nuestro mundo real, fuera de los comics, los dibujos y las películas, no podía faltar un héroe de verdad. Un joven muchacho, llamado Rubén, que trabaja en la mafia Española. Se creé que las mafias más peligrosas son la china, o la italiana. Pero en realidad es la española, porque nadie la conoce todavía y eso es, porque son demasiado sigilosos y pasan desapercibidos. Sus crueles asesinatos nunca son descubiertos. La gente desaparece, pero nadie sabe lo que les sucede. Sus cuerpos nunca aparecen y sus presencias quedan en el olvido… Nadie conoce al DON, ni a ninguno de los miembros de la mafia, hasta que Rubén decidió salvar vidas, mientras sacaba a la luz las verdaderas identidades de los hombres que formaban dicha mafia.

Parte 1
Rubén era un muchacho normal y corriente. Trabajaba en un nuevo casino, jugaba al fútbol con sus amigos, hacía bici e iba a la universidad, terminando su carrera. Pero un día, uno de sus amigos desaparece sin dar señales de vida. Falta al trabajo, no va por casa, no acude al campus, ni llama, ni manda ningún mensaje. Todos tienen un mal presentimiento y empiezan a llamarle una y otra vez sin ningún éxito, pues su teléfono está en todo momento apagado. Su novia no sabe nada de él y desconsolada llora, pensando en lo peor. Su familia pone la denuncia y la policía empieza a actuar. Investigan su desaparición, empezando por la idea de que sus amigos han tenido algo que ver, sino todos, algunos o uno. Piensan que han podido matarle por alguna causa, así que los interrogan a todos y cada uno de ellos.
Rubén se encontraba en la sala de interrogatorios, con el rostro serio y los brazos cruzados sobre el pecho. Mientras espera a que algún gordo y estúpido policía entre para interrogarle, piensa en que todo aquello no es más que una pérdida  de tiempo, porque está muy seguro de que ninguno de ellos lo ha matado. En su interior tiene la ligera sospecha, de que la policía no conseguirá nada y seguramente lo dejen como desaparecido, como tantos otros casos sin resolver. Aquello hacía que se sintiera  muy frustrado, porque algo muy grave debía de haberle pasado, para desaparecer de la tierra sin dejar ni rastro. En su mente no deja de darle vueltas, pensando en el lugar por el que empezar a investigar, ya que necesita saber la verdad, necesita conocer lo que le pasó a su amigo y a ser posible, encontrarlo. Pero un gordo y estúpido detective entra en la sala de interrogatorios e interrumpe sus pensamientos.
El detective se sienta enfrente de él, deja una libreta sobre la mesa que les separa y saca un bolígrafo del bolsillo superior  de su camisa. Comienza a hacerle preguntas sobre, cuándo había sido la última vez que había visto a su amigo, si sabía si tenía algún enemigo que quisiera verle muerto, si discutió con algún otro amigo de la pandilla, etc, etc…
Rubén mostró una sonrisa torcida y mirando fijamente al detective, le respondió a todas sus preguntas, sabiendo que eso no les llevaba a ninguna parte. Después tuve que dar una cuartada, sobre dónde se encontraba el día en el que su amigo desapareció. El joven volvió a sonreír, al ver la incompetencia de los policías, ya que si le hubieran investigado antes, sabrían que trabajaba en un casino y que justamente el día en el que prevén su desaparición, él se encontraba trabajando.
Su interrogatorio fue rápido, pero al mostrarse más inteligente que el detective, causó que todos sospecharan de él. No tenían todavía el motivo por el que Rubén quisiera matar a su amigo, así que no podían acusarle de nada, ya que tampoco sabían si el muchacho estaba muerto, secuestrado o simplemente se había marchado por alguna discusión. No tenían absolutamente nada y tampoco podían descartar ninguna de las posibilidades.
Cuando Rubén salió de la comisaría, decidió ir a casa de su amigo Enrique, el muchacho que había desaparecido sin dejar ni rastro. Entró en el edificio al engañar a una vecina por el telefonillo. <<Propaganda>> dijo el muchacho y la anciana le dio al botón de abrir, a pesar de que tenían un buzón fuera para ese tipo de cosas. Pero hay ancianas que no lo piensan y simplemente abren. Cogió el ascensor y subió al quinto piso. Cuando las puertas se abrieron, se encontró de cara con una de las vecinas, la cual, iba a sacar a su caniche a pasear. La mujer de madura edad, pelo rubio, recogido en un elegante moño, los labios pintados de rosa y unas enormes gafas de sol cubriendo prácticamente todo su rostro. Iba muy arreglada  para ir solo a pasear a su blanco y  pomposo caniche.
La mujer le saludó por educación, pero apenas se fijó en él. Rubén le devolvió el saludo y salió lo antes posible del ascensor. Sabía que no sería nada bueno, que la mujer declarara haberle visto por allí. Caminó hacia la puerta de la casa de su amigo y con habilidad la consiguió abrir. Solo necesitó una tarjeta de crédito para conseguirlo. Al entrar en el piso, vio que todas las cosas  estaban revueltas y algunas tiradas en el suelo. Alguien había estado allí antes que él y después de la desaparición de su amigo. Sin embargo, la puerta estaba cerrada  y no había ninguna señal de haber sido forzada, así que la persona que estuvo allí o entró cuando su amigo estaba aún en la casa y le  abrió la puerta, o bien, el  que entró lo tenía y le había quitado las llaves de su hogar.
Continuó caminando hacia el salón, no se trataba de ningún robo, ya que la pantalla plana, la mini cadena, la play, el ordenador portátil…todo estaba allí y era lo único que su amigo podía tener de gran valor, ya  que no era un muchacho que  tuviera dinero como para interesarle a alguien. Y entonces le vino la gran idea. Su amigo siempre andaba muy justo de dinero, a veces, incluso no le llegaba a fin de mes. Estuvo un tiempo en el paro, pero el gobierno le retiró la ayuda y pasó unos meses sin cobrar de ningún lado, hasta que consiguió un nuevo trabajo. No hacía mucho de ello. Se mostraba ilusionado por un buen sueldo, pero su forma de ser cambió por completo. Se mostraba siempre muy nervioso, mirando a su alrededor en todo momento, como si alguien le estuviera siguiendo.
Mosqueado al recordar todo aquello, comenzó a buscar entre los cajones abiertos del salón, pero no había nada interesante.  Por supuesto, había sido precavido y se había puesto unos guantes, para que la policía no pudiera  encontrar sus huellas en ninguna parte, porque sabía que le  culparían a él de todo aquel desastre y se centrarían en la única posibilidad de que su amigo tuviera algo que  pudiera delatarle sobre algo y por eso le mató, ocultó su cuerpo y fue a registrar su casa.
Caminó hacia la habitación de su amigo, las puertas de su armario estaban abiertas y toda su ropa estaba fuera, tirada en el suelo. Pero no habían descubierto el cajón secreto que había empotrado en la pared del fondo del armario. Si su amigo ocultaba algo importante, estaba seguro de que estaría allí oculto. Se metió dentro del armario, se agachó y con una pequeña maniobra de fuerza y maña, consiguió que se abriera el invisible cajón. En su interior, encontró la prueba. Se trataba de la primera pista que le llevaría por el buen camino para saber lo que le había ocurrido a su amigo. Metió la mano y lo sacó.
<<  CONTINUARÁ >>

martes, 10 de julio de 2012

La última carta


La última carta.
Cuando el primer rayo de sol asoma por la ventana y el gallo del vecino canta, anunciando el nuevo día, los amantes se levantan. La joven muchacha, completamente enamorada y como una niña a la que le rompen su juguete preferido, llora al tener que despedirse del amor de su vida. El muchacho, joven y atractivo, debe partir, teniendo que demostrar su valentía y su hombría, sirviendo a su país. Sin embargo, es algo obligado, porque no es su país lo que a él le importa, tan solo quiere estar con su preciosa chica de ojos marrones y pelo castaño.
Con un gran suspiro, directo desde su corazón, le recuerda en un susurro, lo mucho que la ama y en su pecho se guarda su foto preferida, aquella en la que ella sonreía, demostrando lo feliz que era en aquel momento. Sus marrones ojos brillaban y su gran sonrisa iluminaba su hermoso rostro. Promete que regresará a su lado, porque nada ni nadie podrían hacer que la olvidara. Le asegura que su amor es eterno y que ni siquiera la muerte, podía quemar la ardiente llama de su verdadero amor. Ella llora desconsolada, por las palabras tan hermosas. Pero el miedo está en su interior, apretando su estómago con un fuerte nudo. No es capaz de decir ni una sola palabra, la tristeza y las lágrimas no la dejan hablar. Hay tanto amor en su corazón, que siente que va a explotar.
El muchacho recoge la bolsa en la que apenas hay ropa, besa los finos y húmedos labios de su novia, oculta las lágrimas en sus verdes ojos, presionando la mano en un puño. Le pide que deje de llorar y que le dedique una sonrisa, pues ese es el recuerdo que quiere tener de ella. Pero la joven, incapaz de cumplir su deseo, cierra los ojos y le abraza con fuerza, rodeándole el cuello con sus brazos. No quiere que se marche a la guerra y se niega a soltarle, mientras continúa llorando, por la frustración que siente al ver que su país le aparta de su lado.
Quería esperar a su vuelta, pero algo en su interior le hace darse cuenta de que podría morir. Así que mete la mano derecha en el bolsillo de su pantalón, consigue apartarla de su cuerpo y le extiende la mano cerrada. Ella mira fijamente el puño de su amado, con las lágrimas silenciosas secándose en sus mejillas. Al abrirla, ve un precioso anillo de oro blanco. Ahora sus lágrimas son de felicidad, porque él le pide matrimonio y le promete que volverá para casarse con ella. Parece que esas palabras tienen más peso que todas las demás, porque cree en ellas.
El muchacho se marcha de la casa, dejándola sentada sobre la cama, contemplando el precioso anillo que luce en su dedo. Muestra una gran sonrisa, pensando en que pronto se va a casar. Olvidando, por unos segundos, que su prometido se ha marchado y que podría no regresar. Pero no quiere pensar en eso, porque quiere creer que él volverá y se casarán.
Pasan los días, en los que ella llora al acostarse y llora al levantarse. Mirar el anillo ya no la consuela, pues no tiene noticias de su amado y teme por su vida. Ya no sabe si regresará y la soledad la ha hundido hasta el más profundo de los abismos. Sus marrones ojos, enrojecidos por las lágrimas que han derramado, han empequeñecido y su rostro, envejecido por las penas de la soledad, por el silencio de la casa y por esa enorme cama vacía, ya no muestra ninguna sonrisa. La debilidad llega a su cuerpo y las oscuras ojeras aparecen dibujadas bajo sus apagados ojos marrones. Ya no hay más lágrimas que derramar, pero su corazón sigue llorando por él. Acude al médico y después de varias pruebas, llegan los resultados. Está embarazada y se siente culpable por esa felicidad que la embarga, sin tener a su amado al lado. Quisiera gritar al viento que van a ser una familia, pero teme que él nunca vuelva.
Ya no puede ocultar esa enorme tripa que se asoma, anunciando la existencia de ese pequeño que lleva dentro y que pronto decidirá salir, impaciente por ver el mundo que le espera fuera. Entonces recibe la primera carta de su amado, las palabras son breves, pues no tienen mucho tiempo para descansar y él lo aprovecha para dedicarle las que posiblemente, serían sus últimas palabras.
<< Mi dulce prometida:
Te escribo desde el infierno, para hacerte saber, que a pesar de todo el horror que estoy viviendo, sigo aquí, sigo vivo y solo pienso en ti, porque tú, mi dulce amor, eres la que me mantiene con vida. No puedo, ni tampoco quiero, hacerte saber lo que se siente al estar aquí, sujetando un arma entre mis manos, matando a gente que no conozco y viendo caer a mis compañeros y amigos. Aquí solo hay odio, sangre y destrucción. Pero estoy bien, porque el recuerdo de tu precioso rostro, de esa hermosa sonrisa y de tus pequeños ojos iluminando tu cara, hace que vaya al cielo. Estoy deseando regresar a tu lado y convertirte en mi esposa, para hacerte la mujer más feliz del mundo. Soy fuerte por ti, por cumplir mi promesa de volver a tu lado.
Ahora debo dejarte, porque apenas nos dejan unos segundos para descansar y ni siquiera sé si esta carta te la podré mandar. Te llegue cuando te llegue, y pase lo que pase, no quiero que olvides que tú eres mi vida, mi mundo y mi razón de existir. Si muero, perdóname por haberte dejado sola. Perdóname por no haberte dicho cada día de mi vida, lo mucho que te quiero, como si fuera la primera vez. Perdóname por no haberte despertado con un dulce beso cada mañana. Te aseguro, que pensando en ti, me he dado cuenta de que podía haberte besado más veces de las que lo hice y ahora me arrepiento de todas las oportunidades que perdí. Me arrepiento de no haberte dicho, mirándote a los ojos, cuanto te necesito, porque tú haces que quiera ser mejor persona y que me sienta bien conmigo mismo. Solo tú consigues que alcance una absoluta paz interior.
Me arrepiento de no ser capaz de ver el momento de estar sujetándote de nuevo entre mis brazos, susurrándote al oído lo mucho que te quiero. Me arrepiento de todas las veces que, por estupideces, discutí contigo y dejé que pasara la noche sin solucionarlo. Me arrepiento de no haber podido evitar todas esas lágrimas que derramaste, cuando me marché. Te aseguro que mientras caminaba hacia el aeropuerto, me sentía culpable de haberte dejado con la promesa de volver a tu lado, solo para calmar tus lágrimas, porque ahora no sé si seré capaz de cumplir esas palabras…
Si muero, mi dulce amor, si me apartan de tu lado, créeme que luché con todas mis fuerzas, para volver junto a ti. Pero, si finalmente no logré hacerlo, quiero que recuerdes la vida que compartimos juntos, porque eso será lo último que veré ante mis ojos, ya que, antes de ti, amor…antes de ti no había nada. Sé que llorarás y que te enfadarás, pero confío en que serás capaz de superarlo y continuarás hacia delante, encontrando un nuevo amor, viviendo una vida llena de felicidad y yo solo quedaré en el recuerdo…en un horrible y triste recuerdo del pasado. No te culpes si sucede así, yo lo entenderé. Y si hay otra vida después de la muerte, te aseguro que te esperaré.
No llores amor, no lo hagas por las palabras que te he escrito, porque sigo vivo y voy a luchar por seguir estándolo, porque tengo un gran motivo para hacerlo y es el de volver a tu lado. Espérame, amor, porque voy a volver…voy a volver…>>


La joven derramó lágrimas, junto a varias sonrisas que se escapaban fugaces de entre sus labios, mientras acariciaba su enorme tripa y le aseguraba a su pequeño, que papá volvería. Pero solo trataba de convencerse a sí misma, de que él lo conseguiría. Si había logrado sobrevivir tantos meses, un poco más no sería nada.

Una mañana gris, llamaron a su puerta, haciendo que se despertara asustada y sobresaltada. Se colocó su fina bata rosa y caminó, sujetándose la enorme tripa, como si el pequeño se le fuera a caer. Al abrir la puerta comenzó a llorar en silencio, porque su corazón ya sabía lo que había perdido. Un hombre, vestido con el uniforme del ejército, se encontraba al otro lado. Con la mano realizó el saludo militar y con una pequeña reverencia le mostró sus respetos. Le entregó una carta en la que le informaban de la trágica muerte de su prometido. Aquel sobre, completamente impecable y cerrado, lo recogió en su mano y lo dejó, cerrado, sobre el mueble del recibidor. Pensaba que si no la abría, sino la leía, no sería real. Después, el hombre vestido de militar, se quitó la gorra y sacó, del bolsillo interior de su chaqueta, una segunda carta. Esta solo era una hoja doblada y manchada de barro y de sangre. Se la entregó y conteniendo la voz en un hilo que parecía quebrarse en la tristeza, le informó de que aquella hoja, la encontraron entre las manos del muchacho. A pesar de que la muerte le había llegado, fue capaz de conservarla, para que cuando encontraran su cuerpo sin vida, pudieran entregársela.
El hombre, preocupado por el estado de la muchacha, se ofreció para acompañarla, mientras leía aquella última carta de su prometido, temiendo que le pasara algo, cuando consiguiera reaccionar ante semejante noticia. Ella accedió y le dejó pasar. Ambos, sentados en el sofá, él contemplándola en silencio, mientras ella desplegaba aquella hoja, teniendo mucho cuidado para no romperla, ya que en ella estaban escritas las últimas palabras del amor de su vida.

<< Mi dulce amor:
Me encuentro solo y perdido, en medio de un bosque que no conozco. Todos mis compañeros y amigos han caído y me encuentro escondido entre sus cuerpos. Los enemigos caminan a mí alrededor, ignorando mi presencia, pero sé que es cuestión de tiempo, que alguno me descubra con vida.
Perdóname mi vida, perdóname  por no poder volver. No hay nada en el mundo que deseara más, que encontrarme en casa, a tu lado, abrazándote contra mi pecho. Pero mi último aliento lo dedico a escribirte esta última carta, porque hasta mi último pensamiento es para ti. No importa cómo acaben conmigo, porque nada me hará tanto daño, como el saber que no te volveré a ver. Llevo tu fotografía en mi corazón, la he contemplado tantas veces, que está algo arrugada. Pero tu rostro me sigue pareciendo el de un verdadero ángel, enviado a la tierra para salvarme de la vida que tenía.
Quiero que sepas que te quiero, te quiero desde el primer instante en el que te vi pasar y supe que te querría siempre, toda mi vida. Si pudiera pedir un deseo, pediría verte una vez más, aunque no sería suficiente para mí, me conformaría con volver a ver tus dulces ojos marrones, tu hermosa sonrisa y tu perfecto rostro. Y si cierro los ojos, puedo ver tu recuerdo, parece tan real, que hasta levanto el brazo y trato de acariciarlo.
Si la muerte me llega, no te preocupes por mí, porque estaré soñando toda mi vida contigo, en un lugar en el que no sentiré el dolor de mis heridas, ni la tristeza…tan solo continuaré amándote eternamente, aunque tú no estés allí, en el lugar al que me voy…
Perdóname por marcharme sin besar tus labios una última vez, pero más lo lamento yo, que allá donde voy, no podré volver a probar la miel de tus labios, ni sentir el suave tacto de tu piel.
Perdóname por no decirte que te quiero, mirándote a los ojos y por no poder recordarte todos los días, lo maravillosa que eres, porque tú, haces que el mundo sea especial.
Sé que tienes que perdóname por tantas cosas, que no soy capaz de enumerarlas, porque la tristeza me invade, al recordar que esta es mi despedida y que no sé cómo expresarte todo lo que siento por ti, porque no me salen las letras, los dedos me tiemblan y temo que la hoja se rompa…
No habrá nadie en el mundo, que pueda amarte tanto como yo te amo, pero encontrarás a quien te alivie el dolor de perderme y te haga  olvidar… No temas, amor…recuerda que te esperaré toda la eternidad…
Gracias por compartir tu vida conmigo y por hacer de mí un hombre bueno y feliz.
Ya viene  la muerte a por mí, amor…les oigo gritar…ya saben que estoy aquí… Será rápido y no sufriré, lo sé, lo siento aquí, en mi corazón, donde te llevo conmigo…>>

10 - Julio - 2012

viernes, 6 de julio de 2012

Condenados

¡Hola a todos! ¿Qué tal? 
Bueno, la entrada de hoy va a ser un pequeño relato que escribí para un concurso, en el que el tema eran los zombies. Luego no lo envié, así que lo comparto con todos vosotros. Espero que os guste.

Condenados

Ya no recuerdo cuando fue el día más feliz de mi vida, ni el último beso que les di a mis padres. Pienso que no fueron suficientes, creyendo que tenía mucho tiempo por delante. Pero el mundo ha cambiado y la muerte se los ha llevado. Aquellos que antes eran mis amigos, mis conocidos…ahora solo son enemigos de los que ocultarme.
Voy de un sitio a otro, desesperada por encontrar supervivientes, en medio de esta locura, pues el caos se ha hecho con el control de la ciudad. No sé si habrá más suerte en otros lugares, si aún existirá la paz y la tranquilidad. Pero debo mantener la esperanza, si quiero sobrevivir a este infierno.
Cuando cierro los ojos, recuerdo aquella noche en la que empezó todo. Entraron por los ventanales, rompiéndolos con sus propios cuerpos y sin mostrar dolor alguno. Primero se abalanzaron sobre mi padre, que intentó protegernos, mientras mi madre y yo subíamos por las escaleras. Desesperadas buscábamos un refugio donde no lo había. La única salida era la ventana de mi habitación, que daba acceso al tejado. Sin embargo, mi madre se rindió, llorando por la muerte de mi padre y negándose a continuar en el mundo sin él.  Traté de convencerla, pero llegaron tan rápido, que no pude ni cogerla. Se abalanzaron tantos sobre ella, que ni siquiera podía verla. Pero oía sus dolorosos gritos, mientras se la comían. Sentía que alguien me desgarraba el corazón, escuchando el sufrimiento de mi madre.
Las lágrimas se deslizaban por mis mejillas, angustiosas por la pérdida de mis padres. Pero no podía quedarme allí, viendo cómo sus cuerpos se convertían en el alimento de esas criaturas. Bien agarrada a las tejas, fui apartándome de la ventana, esperando que no me hubieran visto y deseando que no me siguieran. Bajé por la enredadera del otro lado de la casa, despejado de aquellos humanos infectados por un extraño virus.
Al bajar al suelo, miré a mí alrededor y al ver que estaba despejado, salí corriendo hacia el bosque. Pensaba que si aquellas criaturas solo se alimentaban de personas vivas, lo más seguro era el  monte, porque allí no había nadie. Así que corrí y corrí, hasta que sentí que me faltaba el aire. Me detuve en medio de una explanada y trate de recuperar el aliento. Tenía ganas de llorar y de gritar. Pero si lo hacía, me derrumbaría y sería incapaz de continuar.
De pronto escuché el crujido de una rama y al darme la vuelta, frente a mí, se encontraba una de esas criaturas. Con sus huesudas manos, trataba de agarrarme y con sus destrozados dientes, trataba de morderme. Caí al suelo del susto, pues su desfigurado rostro, con carencia de piel, la cual le colgaba como a un perro le cuelga la baba, me había impresionado, sin darme tiempo a reaccionar. La torpeza llegaba en el mejor de los momentos, poniendo mi vida en peligro. Aquel ser de ojos saltones y ensangrentados, se abalanzó sobre mí. Creía que todo estaba perdido, incluso vi mi vida pasar por delante de mis ojos. Sabía que no valía de nada gritar y resistirme solo serviría, hasta que mis fuerzas me abandonasen. Pero mi destino no era morir allí, a manos de aquel monstruo.
Ni si quiera sé como fui capaz de hacerlo y siempre se lo agradezco a la suerte. Extendiendo el brazo derecho, sin saber lo que buscaba entre las hojas caídas, encontré una rama y desconociendo mi frialdad, se la clavé en la cabeza. Enseguida su cuerpo cayó sobre el mío, sin ninguna otra forma de vida que pudiera hacer que reviviera. Su piel era blanda y descompuesta, olía fatal y su sangre era viscosa, además de pegajosa como un moco.
Me lo quité de encima y me puse en pie. Volví a mirar a mí alrededor, cerciorándome de que no había ninguno más cerca. No quería llevarme otro buen susto. Después me fijé en el desfigurado rostro de la criatura y sentí lástima por ella. Parecía que antes de haber sido convertida, era una muchacha joven y no solo habían acabado con ella, seguramente, mientras aún estaba con vida, sino que le habían desgarrado la piel de la cara, le habían arrancado el pelo y arañado el cuerpo. Llevaba una camiseta blanca, sucia y llena de barro, además de sangre. Sus pantalones eran muy parecidos a unos que solía llevar a menudo, porque me encantaban. Entonces sentí angustia y no pude evitar vomitar. Era como verme a mí misma, en aquella situación.
Escuché extraños sonidos, como gritos espeluznantes. Parecía un aviso de que se acercaban más y me alejé de aquel lugar. Continué corriendo hacia el interior del bosque. No tenía agua, ni comida y nada para defenderme. Solo podía correr y tratar de encontrar un lugar seguro. Estaba sucia, llena de barro, sudor y sangre de aquella criatura, además, olía como ella. Tan solo quería darme una ducha caliente y dormir cómodamente en mi cama.
Al ir adentrándome en el bosque, todo a mí alrededor se volvía más cerrado, lleno de grandes matorrales, por los que podía salirme alguna de esas criaturas, sin que fuera capaz de verla. Pero no podía continuar, estaba cansada y el aire ya no llegaba a mis pulmones. Sentía que el corazón se me iba a salir del pecho, si no me detenía. Traté de acompasar mis latidos con la profunda respiración, intentando recuperar el control de mi cuerpo.
Escuché una voz que pronunciaba a la perfección, preguntándome si estaba viva. Me di la vuelta y vi a un hombre acercándose a mí, mientras me apuntaba a la cabeza, con una pistola negra. Levanté las manos y le respondí, esperando que las palabras fueran suficientes para convencerle. Así fue, porque al parecer, esas criaturas eran incapaces de hablar. Bajó el arma y se acercó a mí, alegrándose de ver a alguien más con vida. Se presentó como J, sin dar más explicación, que la de haber sido atacado por esos “descerebrados” cuando estaba a punto de irse a la cama. Su hermano había sido devorado, mientras él conseguía escapar. Le hubiera preguntado de dónde había sacado el arma, pero por su aspecto, preferí callar, que temer la respuesta.
Por lo visto, yo había tenido bastante suerte, porque a él le habían atacado varios meses antes y yo ni me había enterado de que el caos había llegado. Eso explicaba su aspecto sucio y desaliñado, ya que llevaba meses deambulando de un lado a otro. Tenía un corte en la frente, el cual era reciente, aún le caía la sangre por la cara. Parecía un arañazo, causado por alguna rama. Sus ojos eran pequeños y los tenía entrecerrados, apenas se veía el bonito color verde que tenían. Debajo de ellos, se asomaban grandes ojeras, producto del cansancio. Llevaba el pelo corto y sudoroso, oscureciendo el rubio de su cabello. Llevaba una corta barba de varios días, que hacía que su rostro fuera atractivo. Mantenía un buen físico, aunque sus ropas dejasen mucho que desear. Parecía que hubiera salido de una granja de algún pueblo. Pero a la vez, parecía un hombre duro.
Tuve la sensación de que se alegraba de haberme encontrado. Pero cuando vio a la criatura que yo había matado, en el suelo, tuvo dudas sobre mí. No se fiaba de mi palabra y quiso comprobar con sus propios ojos, que no estuviera infectada.
Me quité la camiseta de tirantes y el pantalón vaquero. Me quedé en ropa interior y di una vuelta, para que viera que no tenía ni un solo arañazo. Sin embargo, él tenía esa herida en la frente, la cual parecía muy reciente. No podía dejar de mirarla, mientras me vestía. J se dio cuenta de mi fijación por su herida y me contó que se había caído en un matorral. No pensé que fuera mentira, ni siquiera lo dudé. Si estuviera infectado, no se hubiera preocupado en saber si yo lo estaba. Le habría dado igual.
Escuchamos el ruido de una rama al partirse y al mirar, vimos a una de esas criaturas, acercándose con rapidez. J levantó el brazo derecho y le disparó en la cabeza. Enseguida escuchamos los espeluznantes gritos de las criaturas, acercándose a nosotros.
J me dijo que no conseguiríamos nada corriendo, ya que ellos nunca se cansaban. Me hizo subir a un árbol, disculpándose por adelantado, por poner sus manos sobre mi culo, para ayudarme. Cuando ya me encontraba arriba, me dijo que no hiciera ningún ruido y que no bajara, hasta que él regresara. Después salió corriendo, hasta que un pude seguir viéndole.
La idea de volver a estar sola, en medio de aquel caos, me aterraba. Y fue aún peor, cuando vi a esa oleada de muertos, caminar hasta donde yo me encontraba y continuar por donde se había marchado J.
Conseguí no gritar, cuando vi a una niña que no tendría más de siete años. Tenía el pelo largo y rubio y vestía un camisón rosa pálido. No pude evitar sentir lástima por ella y llorar en silencio. Era lo más triste que había visto en la vida y estaba segura de que aún me quedaban muchas más cosas peores por ver.
No sé qué fue lo que hizo que aquella niña se detuviera, mientras los demás continuaban con su camino. Pero fue la única que se quedó bajo mi árbol, mirando a su alrededor. Era como si estuviera esperando a alguien. Todos habían desaparecido y ella continuaba allí parada, como si no pudiera continuar caminando, como si estuviera cansada. Sentí lástima, hasta por el hecho de que se hubiera quedado tan sola, en medio de aquel bosque, era como si se hubiera perdido.
En cuanto anocheció, empecé a preocuparme por J, ya que todavía no había vuelto y todas aquellas criaturas habían seguido su mismo camino. Temía que le hubieran devorado entre todos. Me dolía hasta imaginarlo, a pesar de que acababa de conocerle.
Me senté sobre el tronco, muy despacio y sin hacer ningún ruido. No podía ver a la niña, pero sabía que seguía estando allí, donde se había quedado. Escuchaba su fuerte respiración, como la de un animal salvaje.
De pronto escuché un extraño ruido y después la voz de J, susurrando mi nombre. Rápidamente fui bajando por el tronco, hasta que sentí sus fuertes manos sobre mi cintura, entonces di un pequeño salto y él me sujetó, bajándome con cuidado al suelo. Iba a alertarle de la presencia de la niña, pero su rostro estaba muy cerca del mío, podía sentir su aliento y mis acelerados latidos. Había olvidado dónde me encontraba y el peligro que nos acechaba. Tan solo podía pensar en las ganas que tenía de besar sus perfectos labios. Pero él no parecía estar sintiendo lo mismo que yo y se apartó de mí, retrocediendo varios pasos, mientras me preguntaba si me encontraba bien. Asentí con la cabeza, sin poder pronunciar palabra. Me sentía avergonzada y a la vez, estaba destrozada. Solo trataba de no derrumbarme en aquel momento. Necesitaba recuperar la compostura y al mirar al suelo, vi el cuerpo sin vida de la niña. Aquello provocó que mis lágrimas se deslizaran por mis mejillas.
J me vio con la mirada fija en ella y me recordó que no era una niña, aunque lo pareciera. Se merecía descansar en paz y no vagar por el mundo, como un monstruo. Supe que esas palabras tan frías, eran las que le ayudaban a matar a todas esas criaturas. Tal vez él ya había vivido demasiado tiempo con aquella situación, que había perdido cualquier ápice de humanidad y eso era lo que hacía que no dudara ni por un instante, en golpearles o dispararles a la cabeza, sin sentir ni un poquito de lástima por ellos. Seguramente eso era lo que le mantenía con vida. Tal vez, esa era la mejor forma de salir de aquel infierno. Pero aquella pesadilla acababa de llegar a mi vida y todavía no era capaz de dejar de sentir lástima por ellos, porque nadie se merecía acabar de esa forma. Mientras que J se mostraba frío y sin sentimientos, yo todavía no podía evitar vomitar, cuando veía sus rostros desfigurados, con la piel colgando o mostrando los huesos. Todavía era muy sensible a esos aspectos devorados por cualquier parte.
Se quitó la chaqueta y me la dio para que me la pusiera, ya que empezaba a refrescar  y yo solo llevaba una camiseta de tirantes. Después de subirme la cremallera hasta el cuello, acarició mis mejillas, limpiando las lágrimas que había derramado por aquella niña. Me cogió de la mano y comenzamos a caminar hacia la carretera. Decía que allí tenía una moto esperando, en la que llevaba algo de ropa y un poco de comida.
Mientras caminábamos con mucho cuidado, temiendo encontrarnos algún otro descerebrado, J quiso saber más cosas sobre mí. No me parecía muy justo, ya que él no quería hablar de sí mismo. Pero inconscientemente, me vi respondiendo a todas sus preguntas.
Al llegar a la moto, me di cuenta de que solo me había hecho hablar, para mantenerme entretenida y que no pudiera pensar en lo que estaba pasando, para no tener tanto miedo. Me quedé mirándole fijamente, mientras él sacaba una chaqueta, de una de las mochilas que iban enganchadas en los laterales de la moto. A pesar de su apariencia de tío duro y solitario, de su comportamiento frío y sin sentimientos, era un buen chico que se preocupaba por mí. No tenía por qué haber cuidado de mí, me podría haber dejado en aquel árbol y haberse marchado para salvar su vida. Pero se había quedado, había distraído a esas criaturas y había regresado a por mí.
Se subió a la moto y la puso en marcha. Después se dio la vuelta y con una sonrisa torcida, me invitó a que subiera. No iba a abandonarme, no después de todo lo que había hecho por mí, sin tener el por qué. Le devolví la sonrisa y apoyando la mano sobre su hombro, subí a su moto. Estando allí sentada, abrazada a su cuerpo y con la mejilla apoyada sobre su espalda, sintiendo el frío aire que acariciaba mi rostro, sentí que estaba a salvo y cerré los ojos para disfrutar de aquel momento.
De repente caímos al suelo y sentí el peso de la moto sobre mi pierna derecha. Grité al sentir que me desgarraban la piel y me quedé tendida en el suelo. Al abrir los ojos, vi a J apartando la moto y dejándola de pie. Después le oí decir algo como, “ese jodido cabrón ha salido de la nada.” Le vi caminar hacia el otro lado, mientras desenfundaba el machete que colgaba de su pantalón y se lo clavó en la cabeza a una de esas criaturas.
Regresó a mi lado, se acuclilló delante de mí y cogió mi pierna con mucho cuidado. Con el machete rompió el pantalón y se fijó en la herida. Yo levanté la cabeza y solo vi sangre. Le devolví la mirada y con una pequeña sonrisa, me aseguró que solo eran rasguños producidos por el asfalto, nada grave.
Se puso en pie y se dirigió hacia la moto. De una de las bolsas laterales, sacó una camiseta blanca y una botella de alcohol. Me pidió que no gritara y me desinfectó la herida. Rompió la camiseta y envolvió mi pierna. Me ayudó a ponerme en pie y aunque me dolía la pierna, podía caminar. Se disculpó por la caída, como si hubiera sido culpa suya. Me explicó que aquel descerebrado, había salido corriendo de entre los matorrales y no tuvo tiempo de esquivarlo, así que la moto derrapó y cayó al suelo. Se mostraba muy enfadado con aquella criatura. La rabia le hacía decir muchas palabrotas, mientras caminaba de un lado a otro, sin dejar de mirar la moto. Tan solo tenía rasguños, nada que nos impidiera continuar. Pero parecía que fuera muy especial para él. No quise preguntar, aunque me moría de ganas por saber, sin embargo, preferí dejar que se calmara.
De pronto vi dos hombres acercándose a nosotros. Eran dos descerebrados, sus desencajadas dentaduras, su falta de piel en la cara y su forma de caminar, les delataba. J volvió a sacar el machete de la funda, se acercó a ellos con toda tranquilidad, muy seguro de sí mismo y golpeó a uno de ellos, haciéndole caer al suelo. Al otro le clavó el machete en la cabeza y rápidamente se lo clavó al otro. Cuando el cuerpo cayó al suelo, comenzó a darle patadas, desahogando su rabia, mientras maldecía a todos los que eran como él.
Me asusté al escuchar que nos gritaban y al mirar hacia delante, vi a dos hombres que caminaban hacia nosotros, hablando y con las manos en alto, para demostrar que eran humanos. J dejó de golpear el cuerpo, se apartó y fue hacia ellos, impidiendo que continuaran caminando hacia mí. Colocó los brazos en jarra y les preguntó qué se les había perdido por allí. Uno de ellos, el que parecía más mayor por su barba alrededor de la boca, le ordenó que se relajara, ya que éramos del mismo bando. Pero J no parecía pensar de la misma forma. Después le preguntó si la moto era nuestra y también quiso saber lo que teníamos y si estábamos con algún grupo de gente. Yo no sabía si sentirme aliviada por ser más personas o tener miedo por la presencia de esos dos.
El que parecía más joven, no dejaba de mirarme de una forma muy desagradable, era como si me estuviera desnudando con la mirada, mientras que el mayor entretenía a J, hablándole de ellos. Sin embargo, J no perdía de vista al joven y no le dejaba avanzar ni un paso. Cuando el mayor de ellos le agarró del brazo, como si quisiera sujetarle, J le dio un fuerte puñetazo en la cara y lo tiró al suelo. Enseguida recibió él un puñetazo, por el más joven y como consiguió no caer al suelo, el muchacho le dio otro puñetazo en el estómago, haciéndole caer al suelo, junto a su compañero. Después de darle varias patadas, se dirigió hacia mí, lamiéndose los labios como un animal hambriento. Me cogió de los brazos, apretándolos con fuerza y colocándomelos por detrás de la espalda. Con una sola mano sujetó mis muñecas, como si estuviera esposada y con la otra comenzó a retirarme el pelo de la cara, mientras me decía lo bien que lo íbamos a pasar juntos. Lamió mi rostro, mientras yo lloraba y trataba de apartarlo de mí. Oímos un disparo y al girar la cabeza, recibió un buen golpe en la cara, que le hizo caer al suelo. Enseguida me aparté de él, sentándome en el suelo de la carretera, sin poder dejar de llorar, mientras veía a J golpeándole en el estómago y en la cara, recordándole lo bien que lo iban a pasar. “No volverás a tocar a una mujer, cabrón.” Esas fueron las últimas palabras que le dijo y después le disparó en la cabeza, dando por hecho que aquel muchacho había hecho semejante barbaridad.
Corrió hacia mí, se arrodilló delante y me estrechó entre sus brazos, dejando que me desahogara, mientras me repetía que todo había pasado y que nunca dejaría que me pasara nada malo. Aquello era como una promesa que me hacía, para que me sintiera segura a su lado. De todos modos, consiguió que me tranquilizara. Acunó mi rostro entre sus manos y me confesó que yo era lo mejor que le había pasado en la vida. Al parecer, las cosas nunca le habían ido bien, parecía que siempre estuviera cayendo en un profundo hoyo, el cual no tenía fondo. Pero encontrarme a mí, era como si alguien le hubiera lanzado una cuerda y le hubiera dejado subir al cielo.
Sus palabras no podían hacerme más feliz, consiguiendo que olvidara lo que acababa de suceder y calmando mi desesperación. Acarició mis mejillas con los pulgares y besó mis labios, de la forma más dulce que jamás nadie lo había hecho. Era como si lo hubiera estado deseando, tanto como yo.
Tras aquel increíble momento, nos miramos a los ojos y sonreímos, diciéndonos lo mucho que nos gustábamos, sin tener que pronunciar ni una sola palabra. Me cogió entre sus brazos, levantándome del suelo y me llevó hasta la moto, donde me dejó sentada sobre el asiento. Me prometió que siempre cuidaría de mí y que nunca me dejaría, mientras acariciaba mi rostro, secando las lágrimas que se me caían de los ojos. Me colocó el pelo por detrás de las orejas, apoyó sus labios sobre mi frente, presionándolos con dulzura y susurró que debíamos continuar, ya que allí no estábamos a salvo. Aquellos tipos podían estar con más gente y podrían ir a buscarlos. Además, el ruido de los disparos y el olor a sangre, podía atraer a más criaturas. Asentí con la cabeza y sonreí. Ya no me preocupaba nada, porque estando a su lado sabía que estaría bien.
Se subió en la moto, delante de mí, esperó a que le rodeara el cuerpo con los brazos y la puso en marcha, alejándonos de allí a toda velocidad. Mientras iba abrazada a él, cerré los ojos y reviví lo que había sucedido. Habíamos estado a punto de morir a manos de dos seres humanos, personas que también habían sobrevivido a la pesadilla de la epidemia. Y uno de ellos había intentado forzarme y seguramente después me hubiera matado. Entonces comprendí que seguía habiendo cosas peores que los descerebrados y sentí aún más miedo del que ya tenía. Me abracé con más fuerza al cuerpo de J y enseguida sentí su mano sobre las mías. Al abrir los ojos, vi que me miraba de reojo y me mostraba una pequeña sonrisa, era como si me estuviera diciendo que estuviera tranquila, que él estaba allí conmigo.
Nunca hubiera creído, que el mundo tuviera que llegar a su fin, para que yo pudiera conocer al amor de mi vida. Pero así fue. Bajo su aspecto de tío duro, resultó ser un maravilloso hombre, dulce y atento. Él conseguía que el mundo no pareciera tan horrible y me daba esperanzas. Hablaba de un futuro, en el que viviríamos en una bonita casa con jardín, donde jugaríamos con nuestros hijos. Hacía que fuera tan fácil imaginarlo, que olvidaba todo lo que estaba pasando de verdad.
Estábamos cansados de ir sentados en su moto, sintiendo el abrasador sol sobre nosotros y decidimos parar a un lado de la carretera. Ambos nos bajamos del vehículo y estiramos las piernas, mientras mirábamos a nuestro alrededor. A los dos lados de la carretera, no había más que bosque, con frondosos árboles que proporcionaban grandes sombras. Todo parecía estar muy tranquilo y nos adentramos poco a poco.
Completamente agotados y acalorados, nos tumbamos sobre la hierba y bajo una enorme sombra. Cometimos el gran error de quedarnos dormidos los dos. Me desperté sobresaltada, por el ruido de un disparo y al mirar a J, le vi con la pistola en la mano. Me devolvió la mirada, mientras cambiaba el cargador, era como si supiera que me había despertado. Mostró una pequeña sonrisa y me susurró que corriera. Pero me negaba a dejarle allí solo, sabiendo que se acercaban muchas más de esas criaturas. Aún no podía verlas, pero escuchaba sus espeluznantes gritos, eran como una manada de leones hambrientos.
En un intento para convencerme de que me fuera sin él, me mostró su pierna derecha y vi que le habían mordido. Era grave, porque le había arrancado un buen trozo de carne y además, le había condenado a ser uno de ellos. No me podía creer que estuviera infectado, que todo se hubiera acabado para él y aún así, no podía dejarlo allí. Simplemente, no podía abandonarle…
Sabía que él nunca me hubiera dejado sola, ni aun estando infectada, sabía que me sacaría de allí y estaría conmigo hasta el último de mis días, que cuidaría de mí y que evitaría mi sufrimiento. Me haría muy feliz y se quedaría a mi lado, para no dejarme morir sola. Impediría que me convirtiera en una de esas criaturas y haría lo más doloroso de su vida, solo por proteger mi alma y dejar que descansara en paz.
Me puse en pie, cogí su brazo y me lo coloqué alrededor del cuello. Caminamos lo más rápido posible hacia la moto. La puse en marcha y nos alejamos de allí. Volví un instante la mirada hacia atrás y pude ver a todas esas criaturas, saliendo de entre los matorrales. Respiré hondo, como si de verdad me hubiera librado y volví la mirada hacia delante. Solo quería alejarme lo más posible de allí.
Me desvié por un estrecho camino de cabras, subiendo a una montaña y en un amplio prado, detuve la moto. J se tumbó en el suelo, sobre un montón de flores silvestres, descansando mientras yo le vendaba la herida de la pierna. Tenía muy mal aspecto, en tan poco tiempo, su piel ya se había gangrenado. La infección actuaba con rapidez.
Tan solo dijo una palabra, “zombies” y al mirarle sonrió. Entonces recordé todas esas historias que hemos leído sobre ellos, a lo largo de nuestra vida. Pensando que jamás podría pasar algo así y sin embargo, estaba pasando en aquel momento. Humanos que habían muerto y que extrañamente, volvían a la vida. Pero eran muy diferentes y su aspecto vomitivo. Su piel estaba completamente podrida y el olor era repulsivo. Algunos eran aún peor, porque les faltaban trozos de piel, dejando ver sus órganos e incluso sus huesos.
Al mirar a J, pensé que sería el zombie más atractivo y sonreí con tristeza. No quería que llegara ese momento, pero sabía que no tardaría. Él también lo sabía y por eso me entregó su arma y toda la munición que le quedaba. Después me hizo prometerle, que llegado el momento, acabaría con su vida. No quería convertirse en uno de ellos, porque no quería tener, ni por un segundo, el deseo de comerme.
Aquella noche, volví a cometer el error de quedarme dormida. El cansancio y el inmenso silencio que había, eran más fuertes que mi voluntad por seguir con los ojos bien abiertos y vigilando en la oscuridad.
Al despertar con la intensa luz del sol, miré a mi lado y no encontré a J. El miedo anudó mi estómago, porque temía que él mismo se hubiera quitado la vida. Me levanté corriendo y enseguida escuché su voz, diciendo que me calmara. Al darme la vuelta, lo vi con una pala en la mano, cavando un gran hoyo en el suelo. Levantó la vista, mirando al gran árbol que le daba sombra y confesó que era un buen lugar para descansar en la eternidad.
Sus palabras causaron lágrimas en mis ojos. Respiré hondo y fingí ser más fuerte de lo que en realidad era. Me acerqué a él, le toqué la frente y descubrí que estaba ardiendo. La fiebre era el primer síntoma de que se acercaba su final.
Bromeaba sobre la muerte, diciendo que iba a decorar su tumba, con una foto mía. Porque mientras que yo había estado durmiendo, él se había marchado al pueblo más cercano. No solo había cogido una pala, con la idea ya muy clara, también una antigua cámara de fotos, de esas que te saca la imagen al instante. Además, había llenado el depósito de la moto y había enganchado a un lado, una garrafa llena, para que no tuviera problemas en muchos kilómetros. Lo había preparado todo, para que yo pudiera continuar sin él.
Nos hicimos varias fotos juntos y él tan solo se guardó una, en el bolsillo de su camisa sin mangas, junto al corazón, Las demás, me las quedé yo, como recuerdo. Aunque sabía que jamás podría olvidarle. Temía que algún día, con el paso del tiempo y si conseguía sobrevivir, su rostro se volviese borroso en mi mente y los recuerdos se fueran convirtiendo en humo.
Al terminar de hacer su hoyo en la tierra, me mostró un pequeño estuche de herramientas, las justas para poder salir de un apuro, si la moto me daba algún tipo de problema, aún sabiendo que yo era negada para la mecánica. Pero insistió en darme un pequeño cursillo avanzado, para que pudiera arreglar cualquier fallo. Se estaba muriendo y solo se preocupaba en dejármelo todo preparado, para que pudiera continuar mi camino, pudiendo arreglármelas sola con cualquier cosa. También me enseñó a apuntar con la pistola, sin disparar ni una sola bala, por miedo a que escucharan el ruido y fueran atraídos.
Aquel era un buen lugar para descansar y hasta que hubiera escasez de alimento, también era un lugar seguro, porque los zombies no subirían a lo alto de una montaña. Aún así, no podíamos dejar de vigilar a nuestro alrededor, porque tarde o temprano aparecerían, de eso no había duda alguna.
Aquella noche no pude dormir, porque J había empeorado y no dejaba de vomitar. Decía que veía extrañas imágenes, de zombies alimentándose de tripas humanas y aquello le causaba náuseas. Traté de hacer que le bajara la fiebre, colocándole un trapo mojado sobre la frente. De algún modo, sabía que no iba a conseguir ayudarle en nada, porque no había cura para lo que él tenía. Solo podía estar a su lado, dejando que me agarrara la mano con fuerza y sujetándole la cabeza mientras vomitaba. Por más que me doliera en el alma, lo único que podía hacer, era estar a su lado, hasta que el terrible momento llegara.
Cuando consiguió dormirse, me aparté de su lado muy despacio, me puse en pie y me alejé de él. Me oculté detrás del grueso tronco en el que había cavado su propia tumba y me eché a llorar. Me desahogué todo lo que pude, sin que me viera, ni me escuchara. Quería que pensara que estaba bien, que a pesar de todo lo que iba a suceder, yo era fuerte y podía superarlo, aunque todo fuera una mentira. Pero tenía que fingir, para que pudiera marcharse en paz del mundo.
Se despertó por la luz del sol y enseguida pronunció mi nombre, preocupado porque no podía verme. Me sequé las lágrimas y froté mis ojos, respiré hondo para ser capaz de aguantar el tipo y salí de detrás del árbol. Me arrodillé a su lado y le dije que había estado vigilando. Después le ayudé a ponerse en pie, ya que necesitaba caminar, aunque todo su cuerpo temblaba y las piernas no le aguantaban. Coloqué su brazo alrededor de mi cuello y le rodeé la cintura para poder sujetarle. Apenas caminó varios pasos, cuando me pidió que le dejara descansar. Su cara estaba empapada en sudor frío, mientras que su frente parecía estallar en un volcán de lava ardiente. Le ayudé a sentarse en el suelo, rodeado de todas aquellas flores silvestres de todos los colores y le quité la camiseta. Estaba llena de sudor y la utilicé para secar su rostro y el resto de su cuerpo. Él sonreía mientras le acariciaba y bromeaba sobre querer aprovecharme de él. Sabía que J también estaba fingiendo, solo para que yo no sufriera al verle mal, por eso aparentaba estar bien, como si no le importara lo que le estaba pasando.
Regresé junto a la moto y cogí una de sus camisetas sin mangas, que estaba en una de  las mochilas. Al darme la vuelta, vi que un zombie se acercaba a él. Parecía estar muy hambriento, ya que tenía la piel pegada al cuerpo y se le notaban todas las costillas. Tenía medio rostro desfigurado y sin piel alguna, dejando al descubierto su ojo al completo. La lengua la tenía colgando hacia un lado y no dejaba de babear. Arrastraba un pie, con el que caminaba por el tobillo, como si lo tuviera roto. Apenas tenía pelo, como si se lo hubieran arrancado a estirones. Sus ropas estaban rotas y sucias.
Cogí la pala que estaba junto a la moto y di un pequeño rodeo, para poder quedarme detrás de él. Sabía que su fijación era J, porque estaba herido y olía su sangre. Además, él ni siquiera iba a levantarse, porque todavía no se había dado cuenta, de que estaba a punto de ser atacado. Aunque eso nunca iba a suceder.
Me encontraba detrás de aquel horrible y apestoso zombie, cuando le di un buen golpe con la pala. Enseguida cayó al suelo, detrás de J, que se dio la vuelta al escuchar el ruido y me advirtió de que aún estaba con vida. Comencé a golpearle la cabeza, una y otra vez, salpicando mi rostro con su cerebro machacado. Era consciente de que lo había matado con el segundo golpe, los demás solo eran para desahogarme. Tenía tanta rabia acumulada, por lo que le había pasado a J, que necesitaba sacarla de mí. Pero no importaba cuanto le golpeaba, porque no conseguía sentirme mejor y sabía que aquello no iba a hacer que las cosas cambiaran. No había vuelta atrás. Había sido infectado y lo único que le esperaba era la muerte.
J trató de hacer que me tranquilizara, asegurándome  que ya nada le haría volver a levantarse del suelo. Después sonrió y me confesó que estaba orgulloso de ver que era una chica fuerte. Estaba seguro de que sería capaz de sobrevivir sin él y que viviría para ver cómo volvían las cosas a la normalidad, extinguiéndose todos los zombies. Sabía que encontraría a más personas como yo y que volvería a ser feliz. Hablaba como si pudiera ver mi futuro, mostrándose muy seguro de todo lo que decía, porque realmente creía que todavía había esperanza. Me prometió que todo iba a salir bien y para contentarle, yo asentía con la cabeza, como si creyera en su palabra.
Volví a ayudarle a ponerse en pie y lo llevé hasta la sombra en la que había cavado su tumba, alejándolo del cuerpo de aquel zombie. Se sentó en el suelo, con las piernas estiradas y al quitarse la camiseta que le puse por venda, vimos que la gangrena había avanzado demasiado. Se arrancó el camal del pantalón, para poder ver hasta dónde había llegado y ya casi había alcanzado la ingle. Suspiró y se frotó el pelo, revolviéndoselo, como si estuviera pensando en alguna solución. Después me dijo que era inútil continuar así y que había llegado el momento de que acabara con su vida.
Negué con la cabeza, una y otra vez, mientras las lágrimas descontroladas salían de mis ojos y se deslizaban por mis mejillas. No estaba preparada para ese momento y además, estaba convencida de que todavía teníamos tiempo para estar juntos, antes de que perdiera su humanidad. Consiguió cogerme de la mano y me estiró hacia él, haciendo que me sentara sobre sus piernas. Trató de convencerme para que lo hiciera, pero tratando de evitar que continuara insistiendo una y otra vez en que lo matara, comencé a besarle los labios.
Ambos nos dejamos llevar por la pasión y el deseo, sabiendo que sería nuestro último momento de estar juntos de aquella forma. Le desabroché la camisa y acaricie su cuerpo sudoroso, mientras me besaba el cuello. Hicimos el amor una y otra vez, hasta que caímos rendidos por el cansancio. J enseguida se quedó dormido, con una gran sonrisa en sus labios.
Aproveché para apartarme de su lado y ponerme en pie. Volví a ponerme la ropa y me acerqué a la moto. Cogí la camisa que había utilizado para secar su sudor y al doblarla, encontré la foto en el interior del bolsillo. La saqué y al mirarla, no pude evitar echarme a llorar, abrazando su camisa contra mi cuerpo y oliendo su aroma. No quería que se marchara, porque no me imaginaba seguir viviendo sin él.
Le escuché toser y al mirarle, vi que trataba de levantarse. Fui corriendo a su lado y le ayudé a moverse hacia un lado para vomitar. Después me miró con sus bonitos ojos entrecerrados y mostró una pequeña sonrisa torcida. Sequé el sudor de su frente y acaricié su rostro, tratando de hacer que volviera a dormirse.  Pero me dijo que ya tendría tiempo de dormir, cuando se detuviera su corazón. En esos momentos, solo quería observarme fijamente y estrecharme entre sus brazos.
Había empezado a refrescar y le ayudé a vestirse. Cuando se abrochó la camisa, le devolví la fotografía. La cogió y al mirarla sonrió, como si le hubiera devuelto lo más valioso de su vida. Besó mi imagen y la guardó en el bolsillo del pecho, junto a su corazón. Después me senté entre sus piernas y me rodeó con sus brazos. Mientras contemplábamos las estrellas, me confesó que se había cumplido su mayor deseo y que ya podía morir en paz. Se me ocurrió preguntarle de qué se trataba, me respondió que había sido la mejor noche de toda su vida, porque siempre había soñado con hacer el amor con una chica a la que amase más que a su propia vida y por fin lo había hecho. Nunca había estado enamorado, hasta que me conoció.
Sus palabras hicieron que las lágrimas volvieran a salir de mis ojos, sin que pudiera hacer nada para contenerlas. Caían solas y descontroladas por mis mejillas y aunque trataba de disimularlas, J se había dado cuenta. Me abrazó con más fuerza y me susurró que no me preocupara por nada.
Deseaba que el tiempo se detuviera en aquel momento y que nos quedáramos congelados de aquella forma. No importaba si no volvía a la vida, si me quedaba abrazada a su cuerpo. Pero cuando salió el sol, J empeoró demasiado. Comenzó a vomitar sin parar y desesperado lloraba de dolor. Le pedí que fuera fuerte y resistiera un poco más, mientras le sujetaba de la frente y el estómago. Ya no había nada que pudiera hacer por él, nada aliviaría su dolor y solo una cosa evitaría su transformación. Pero me negaba a pensar en ello.
Me suplicó que acabara de una vez con su vida, ya que no era capaz de soportar semejante sufrimiento. Empezaba a sentir el cambio y era demasiado doloroso. Con lágrimas en los ojos, me lo pidió una y otra vez, hasta que accedí.
Le ayudé a ponerse en pie delante de mí. Acaricié su rostro sudoroso y besé sus finos labios. Había llegado ese día, que tanto temíamos los dos. No dejó de mirarme con sus pequeños ojos verdes, ni un solo instante. Quería que mi cara, fuera lo último que viera en el mundo. Decía que quería irse con un buen recuerdo, el de no morir solo y el de estar con la persona que más había amado en su vida.
Coloqué la pistola sobre su frente y entre lágrimas disparé. Sentí su cálida sangre, al salpicar toda mi cara, llenándola de trozos de él. Ni siquiera traté de limpiarme sus restos, porque no me podía separar de él. Enseguida escuché los pasos de un zombie acercándose. Iba arrastrando un pie y el brazo derecho solo le colgaba de los tendones. Su rostro estaba amoratado, pero intacto. Sus grandes ojos eran blanquecinos y le colgaba una especie de baba verde por la boca.
El ruido del disparo le había atraído y el olor de la sangre fresca, le hacía ir lo más rápido que podía. Dejé que se acercara lo suficiente, como para acertar un tiro en la cabeza. No dudé, ni me temblaron las manos al hacerlo. Estaba dispuesta a proteger el cuerpo sin vida de J. Le miré un instante, tendido en el suelo y aún me parecía que iba a despertarse. Su rostro, aunque cansado de tanto sufrimiento y oscuras ojeras bajo sus ojos, aún era atractivo y muy dulce. Parecía que solo estaba durmiendo. Pero sabía que no era así.
Era consciente de que aquel segundo disparo, atraería a muchos más descerebrados. Por eso arrastré el cuerpo de J, hasta su tumba y lo cubrí de arena, lo suficiente para que no pudieran desenterrarlo. Después golpeé el tronco de aquel árbol con la pala, para dejarle una buena marca. Porque estaba segura, de que algún día volvería a llevarle flores a su tumba. Entonces el mundo habría vuelto a cambiar y con tranquilidad, podría llorar su pérdida.
Escuché el ruido de los matorrales al moverse, levanté la mirada y vi un montón de zombies, apareciendo de la nada y corriendo hacia mí. Fui disparando sin ninguna puntería, mientras corría hacia la moto. Me subí en ella y de los nervios se me cayeron las llaves al suelo. Enseguida bajé de la moto y me agaché para cogerlas. Al levantar la mirada, vi que ya tenía uno delante de mí, a punto de atacarme. Un disparo en la cabeza y al caer su cuerpo al suelo, vi que cerca tenía muchos más. Volví a subirme en la moto, la puse en marcha y me alejé de allí, con lágrimas en los ojos.
Llegué a una autopista, cuando el sol comenzó a ocultarse tras las montañas del horizonte. Tenía que encontrar algún sitio seguro en el que pasar la noche, pero conducir parecía que mantenía mi mente distraída y sabía que al parar, el mundo se me vendría encima. Por eso no podía parar y continué por la autopista, esperando que me llevara hacia un lugar mejor.
Con la oscuridad del cielo, volvieron todos los recuerdos a mi mente y aunque seguía conduciendo, solo veía el atractivo rostro de J, la primera vez que nos vimos. Reviviendo aquellos momentos, no pude evitar mostrar una sonrisa, hasta que llegó la imagen de la mordedura en su pierna. Detuve la moto en seco y me bajé de ella. Pegué un fuerte grito al aire, aun sabiendo que eso podía ponerme en peligro y comencé a llorar desesperadamente. Me acuclille y rodeé mis rodillas con los brazos, ocultando mi rostro en su interior. No podía dejar de recordar su imagen y de escuchar sus dulces palabras en mis oídos, como si estuviera allí mismo, diciéndomelas una y otra vez.
No sé cuánto tiempo estuve así, llorando desesperadamente, sin encontrar consuelo alguno y creyendo que ya no merecía la pena seguir viviendo en aquel mundo. Porque realmente parecía que aquello fuera el infierno y la muerte ya no me parecía tan horrible.
De pronto escuché el espeluznante ruido de un zombie y al levantar la cabeza, miré hacia donde enfocaba la luz de la moto y vi a una de esas criaturas, acercándose lentamente hacia mí, parecía que no tuviera ninguna prisa por comerme. Me puse en pie y por unos instantes, me quedé pensando en dejar que me comiera. Pero no quería ser una de esas criaturas, tan solo quería morir. Dejé que el zombie creyera que iba a poder cenar y cuando se encontraba delante de mí, levanté el brazo derecho, con la pistola en la mano y cuando fui a disparar, me sorprendió abalanzándose sobre mí. La pistola cayó al suelo y tuve que forcejear con aquella criatura, tratando de quitármela de encima y de que no me hiriera. Sabía que solo con un simple arañazo, ya me infectaría.
Extendí el brazo y logré recuperar la pistola, le golpeé la cabeza con la culata y lo aparté a un lado. Enseguida me puse en pie y comencé a darle patadas en el cuerpo y en la cara, una y otra vez, sabiendo que eso no le mataba. Cuando creí haberme desahogado y completamente agotada, continué golpeándole la cabeza con la culata de la pistola, hasta destrozarle el cráneo y viendo cómo salía su cerebro. Después de apartarme de él, me puse a cuatro patas en la carretera, tratando de controlar mi respiración y acompasar los latidos de mi corazón, mientras volvía a caer en un mar de lágrimas descontroladas y completamente desesperadas.
Me puse en pie y regresé a la moto. Al subirme y mirar hacia delante, vi que se acercaba otro zombie, este parecía algo más silencioso. En aquella ocasión, no me la jugué tanto y disparé sin dejar que continuara acercándose.  Me pregunté si no iba en la dirección equivocada, ya que aquellos dos zombies, venían de frente. Me quedé un instante pensando en lo que debía hacer, porque no sabía si continuar hacia delante o dar la vuelta y regresar.
Decidí continuar, porque eso es lo que hubiera hecho J, sin dejarse asustar por la apariencia de dos caminantes extraviados, en medio de la carretera. Aquello no tenía por qué significar nada. Pero entonces me encontré con un gigantesco atasco y aunque podía pasar entre los coches, no quería arriesgarme a que estuvieran llenos de zombies, que todavía no habían salido del interior de los coches. Algunos tenían las puertas abiertas y las ventanillas completamente bajadas, así que tenían forma de salir.
Apagué la moto y di la vuelta sin hacer ningún ruido. Después volví a ponerla en marcha y me alejé lo más rápido posible de allí. Estaba segura de que los dos zombies que me había encontrado, provenían de aquel atasco y por eso creía que habría muchos más allí.
Cuando el sol se alzó en el cielo, iluminándolo todo, vi el camino que desviaba hacia la montaña en la que había enterrado a J. Detuve la moto en medio de la carretera y me quedé mirando a la cima. Todavía sabía exactamente, donde se encontraba descansando su cuerpo. Volví la mirada un instante hacia atrás, asegurándome de que no me había seguido ningún caminante y aunque temía que allí arriba estuvieran todos los que me habían atacado la noche en la que me marché, decidí volver a subir.
Salí de la carretera y seguí el estrecho camino de cabras, hasta llegar a la cima de la montaña. Detuve la moto y vi que no había ni un solo zombie, merodeando por la zona, ni siquiera estaban los cuerpos de aquellos a los que había matado y eso me resultaba muy extraño. Miré a mí alrededor antes de bajarme de la moto, asegurándome de que no había nadie cerca. Caminé hacia la tumba de J y arrodillándome sobre ella, comencé a llorar, suplicándole que me perdonara por no ser la chica fuerte y valiente que él se imaginaba. Pero no veía otro camino que seguir, ni siquiera sabía a dónde ir, ni lo que hacer y no podía pasarme la vida de un lado para otro, tratando de no morir a manos de esas criaturas, mientras saqueaba las tiendas vacías, para poder conseguir agua y comida. Le dije que no creía que hubiera nadie más en el mundo, al menos, no que fueran buenas personas. Porque ya sabía que habían más tipos como los que nos encontramos, porque ellos mismos confesaron pertenecer a un grupo de supervivientes, la mayoría hombres. Y más que a las criaturas, les temía a ellos.
Todo eso es lo que recuerdo al tratar de dormir un poco, sin llegar a conseguirlo. Pero al abrir los ojos, veo que me encuentro en medio de la nada, de pie sobre la tumba de la persona a la que más amaba, con la pistola en la mano y apuntando a mi cabeza. Contando los segundos que me quedan para ser capaz de apretar el gatillo y arrebatarme la vida.
De pronto escucho la voz de un niño y al darme la vuelta, veo al niño junto a un grupo de personas, que al igual que yo, han sobrevivido a la epidemia. Sonrío mientras se acercan a mí y pienso que tal vez, sí que haya esperanzas.



Fin.





Jessica Castro Martínez
Fue escrita el 18 / Marzo / 2012

                                                      Besos.