sábado, 24 de noviembre de 2012

Segunda parte del primer capítulo

Continuación.

En un pequeño pueblo de Albacete, una de las siete amigas se encontraba de vacaciones, unas semanitas de descanso con la familia. Estrella Calderón, nacida el 23 de diciembre de 1986. Era la más pequeña del grupo, aunque no se llevaba mucha diferencia con Lola Bueno.
Estrella era una chica simpática, tranquila, pero bajo esa apariencia, no por ello menos cierta, escondía un fuerte carácter, algo que solo le salía si la provocaban. Trabajaba en la televisión, como directora de un canal de muchísima audiencia. Sabía comprar las mejores series y los programas más exitosos, además de buenas películas y eso hacía que a la gente le gustase verlo. No solía tomarse vacaciones, porque tenía muchas responsabilidades. Pero su familia le pidió que se fuera con ellos unos días al pueblo y, a pesar de que presentía que se iba a aburrir, acabó accediendo. Al fin y al cabo, era su familia y podía hacer un esfuerzo por pasar unos días con ellos. No era por el hecho de su compañía, la cual le agradaba, sino por lo enganchada que estaba a su trabajo. Ser directora le entusiasmaba, ella era la que más mandaba y temía que un error hiciera que la despidieran o le quitaran su adorado puesto de trabajo, rebajándola a lo más bajo de su profesión. Sabía lo que eso era, porque ella comenzó como chica de los cafés y se fue ganando su puesto con gran esfuerzo y dedicación, demostrando en todo momento su valor.
Llegaron algo tarde al pueblo y bastante cansados, así que al entrar en el hostal, recogió la llave de su habitación y con la maleta colgada del hombro izquierdo, subió en el ascensor. Segundo piso, puerta siete. Entró en la habitación y la observó. Era pequeña y muy acogedora. Para dormir no necesitaba mucho más que una cama amplia y cómoda. Soltó la maleta y se dejó caer sobre la cama. Ocultó su rostro entre las almohadas y aspiró el fresco aroma que desprendían a limpio. Sin darse cuenta se quedó completamente dormida.
Se despertó al escuchar varios golpes en la puerta de su habitación y enfadada se colocó la almohada por encima de la cabeza. Pero al escuchar la voz de su madre, pronunciando su nombre y pidiéndole que se despertara, retiró la almohada y se levantó de la cama a regañadientes. Frotándose los ojos y bostezando como un león, abrió la puerta y vio a su madre. Su mirada parecía estar echando fuego, tratando de churrascar a su madre, ya que no veía la necesidad de levantarse tan temprano. Sin embargo, su madre le pidió que se vistiera y que bajara a desayunar con los demás. Saber que ese era el motivo por el que había interrumpido su placentero sueño, hizo que quisiera matarla con sus propias manos. Pero aceptó, porque ya estaba despierta y presentía que no se iba a conformar con una negativa, al fin y al cabo, había ido para estar con su familia.
La madre entró en la habitación y la esperó mientras se vestía, seguramente, para asegurarse de que no volvía a acostarse. Cuando ya estaba arreglada, las dos bajaron juntas a la cafetería del hostal. La madre fue directamente a la mesa donde se encontraban los demás, porque ya le habían pedido su desayuno. Pero Estrella tuvo que acercarse a la barra y esperar a que la atendieran. No había mucha faena, así que enseguida se acercó un joven camarero y con una bonita sonrisa la saludó. Después le tomó nota de lo que quería para desayunar y ella, ignorando las señales que el muchacho daba, se dio la vuelta y se sentó en la mesa con su familia. A los pocos minutos se acercó el camarero con la bandeja, se detuvo a su lado y le dejó el desayuno delante de ella. Estrella ni siquiera levantó la mirada, ni se fijó en él cuando le dio las gracias. Sin embargo, su madre sí que le observó y se dio cuenta de las miradas que el muchacho le dedicaba a su hija.
En cuanto se marchó el camarero, algo desanimado porque Estrella le había ignorado, la madre le contó lo de las miradas y fue cuando ella, sin poder remediarlo, giró la cabeza y se fijó en él.
El muchacho estaba al otro lado de la barra, secando vasos y guardándolos, así que se podía permitir el estar mirándolo un buen rato. Era un chico muy mono, tenía un rostro atractivo y unos ojos muy bonitos, aunque fueran marrones. El pelo lo tenía corto y castaño oscuro. Llevaba una camisa blanca y aún así se notaba que tenía un buen cuerpo. No estaba nada mal.
Al terminar el desayuno, los tres se marcharon de la cafetería y fueron a pasear un poco por el pueblo, para verlo, aunque era pequeñito. Pero algo tenían que hacer para pasar el día. Comieron en un pequeño bar muy acogedor, lleno de gente que se conocía y que estaban de cachondeo. Continuaron con el paseo y sus padres entablaron conversación con otro matrimonio. Así que todos se fueron a cenar con ellos. Al terminar, Estrella se despidió dando las buenas noches, asegurando que estaba muy cansada y que se iba a la cama. Al principio le preocupó a su madre, pero su hija ya era mayorcita y se la veía un tanto aburrida. No estaban lejos del hostal y tampoco era tarde, así que podía marcharse sola sin ningún problema.
Entró en el hostal y llamó al ascensor. Cuando las puertas se abrieron, vio al joven camarero. Él levantó la mirada y se sorprendió al verla. Ambos se quedaron en silencio, mirándose durante unos segundos, hasta que alguien llamó al ascensor y las puertas se cerraron.
- Perdona. – Se disculpó el muchacho, ya que le habían quitado el ascensor, por no haberse apartado de delante de las puertas.
- No pasa nada, no te preocupes. No tengo ninguna prisa por llegar a mi habitación. – Sonrió.
Volvieron a quedarse en silencio y cuando se abrieron las puertas del ascensor, el muchacho se apartó y dejó salir a otro camarero. Este era algo más mayor y maduro. Tenía el pelo corto y algo canoso. Los ojos pequeños y marrones. El hombre se detuvo junto a su compañero y apoyó una mano sobre su hombro. Después se fijó en Estrella y sonrió.
-Tú eres la nieta del señor Calderón ¿verdad?
Estrella asintió con la cabeza, mientras trataba de evitar desviar la mirada hacia el joven camarero.
- ¿Haces algo esta noche? – Preguntó el hombre, provocando que su compañero le mirara con sorpresa.
- No, en realidad me iba ya a la cama. – Respondió con sinceridad.
- ¿Tan pronto? – Se sorprendió. – No, no, de eso nada, tú te vienes con nosotros de marcha ¿te parece? – El hombre sonrió.
Estrella aceptó, ya que no iba a quedarse encerrada en su habitación sin hacer nada. Quedó con ellos después de que terminaran de trabajar. Apenas les quedaba una hora de servicio y otra de recogida. Así que ella subió a su habitación y aprovechó aquellas dos horas para arreglarse. El hombre le parecía muy simpático y más abierto. Pero a ella le atraía el joven, aunque parecía algo tímido.
A la hora a la que había quedado con ellos, Estrella bajó a la recepción y se encontró con el hombre. Arreglado no estaba nada mal, pero lo veía algo mayor para ella. Además, creía haberle visto el anillo de casado en el dedo. Miró, disimuladamente, el resto de la recepción, esperando encontrar al camarero joven, pero no estaba por ninguna parte.
- Aaron vendrá más tarde. – Le informó, mostrando una sonrisa traviesa, demostrando que se había dado cuenta de sus miradas.
Estrella sintió calentura en sus mejillas y rezaba para que  no se le hubieran puesto rojas, ya que con el maquillaje era más que suficiente.
El hombre abrió la puerta del hostal y dejó que saliera ella primero, como buen caballero. Después caminaron juntos hacia un pub que no estaba demasiado lejos de allí. Al entrar, Estrella vio que era un sitio muy acogedor. Buena música que hacía que hubiera gente bailando. Mesas redondas con sillas y algunas con sofás. Y había hasta un futbolín al fondo, pero ya estaba ocupado por dos parejas.
Se detuvieron frente a la barra, el hombre saludó a la camarera, que sonreía y le preguntaba cómo le había ido, mientras hacía miradas furtivas hacia Estrella. Imaginaba que si se conocían tan bien, también conocería a la mujer y se estaría preguntando quién diablos era ella. Le daba un poco de apuro que pudiera pensar que era alguna con la que había ligado y aún así no dijo nada. Espero a que hablaran todo lo que tenían que hablar y después el hombre la presentó como amiga de Aaron. Aquello le pareció que le hizo aún menos gracia a la camarera. Pero pasó de su mala cara, le mostró una sonrisa y le pidió un cubata. El hombre se despidió de la camarera y se fueron a una mesa, donde ella se sentó en uno de esos sofás y él en una silla que había enfrente.
Estrella se quedó mirando hacia la barra, viendo a la camarera preparando lo que habían pedido y pensando en lo incómodo que era aquel silencio que había entre los dos, ya que no sabía de lo que podía hablar con él. Se sentía como la querida de un hombre casada y en cuanto veía miradas en su dirección, creía que todos estaban pensando igual que ella y eso la ponía muy nerviosa. Entonces vio aparecer a Aaron, más guapo aún que con la ropa de camarero. Se había vestido con un pantalón vaquero y una camiseta de manga corta y de color azul. Era muy sencillo, pero le quedaba tan bien. Se quedó observándolo fijamente, sin poder apartar la mirada de él. El muchacho se detuvo frente a la barra y con una gran sonrisa saludó a la camarera. Ella le correspondió y además se inclinó hacia él para rodearle el cuello con el brazo derecho y darle dos besos en las mejillas. Aquello hizo que Estrella sintiera celos en su interior. Se dio cuenta de que lo quería todo para ella y sintió cierta tristeza al pensar que la camarera era bastante mona. Así que bajó la mirada y dejó de observar.
A los pocos segundos se acercó Aaron a la mesa, dejó las copas y se sentó junto a Estrella, en aquel pequeño y cómodo sofá. Mientras se tomaban lo que habían pedido, el hombre y Aaron no dejaron de hablar, contando anécdotas divertidas. Estrella fingía estar en la conversación y se reía cuando veía que se reían ellos. Pero solo pensaba en las ganas que tenía de marcharse de allí y meterse en la cama. Tras pensarlo mucho, se armó de valor y dijo que se tenía que marchar ya a la habitación, ya que quería madrugar para hacer unas cosas. Los dos se quedaron mirándola con sorpresa y el hombre enseguida se puso en pie y le dio dos besos para despedirla. Aaron salió del sofá, dejando que pasara ella y cuando se iba a despedir de él, el chico se apartó y le dijo que la iba a acompañar. Estrella le dijo que no hacía falta, ya que sabía el camino de vuelta y no estaba muy lejos. Pero él insistió tanto, que al final tuvo que aceptar que la acompañara.
Estrella comenzó a caminar hacia la puerta, con la mano derecha del muchacho sobre su hombro, como si la estuviera dirigiendo. Se despidió de la camarera levantando la otra mano y continuó sin apartarse de Estrella. Eso hizo que se sintiera mucho mejor.
Al salir del pub, caminaron uno al lado del otro y en silencio, como si ninguno de los dos supiera que decir. Hasta que llegaron a la puerta de la habitación de Estrella, donde se detuvieron mientras ella buscaba la llave en el bolso. El muchacho apoyó el hombro derecho sobre la pared y se quedó mirándola fijamente. Ella sentía su mirada, mientras rebuscaba en el interior del bolso y se ponía más nerviosa al no encontrar la maldita llave.
- Me gustas. – Soltó el muchacho, haciendo que Estrella se fijara en su rostro, completamente sorprendida. – Me gustas desde el primer instante en el que te vi entrar por la puerta. – Confesó, mirándola con dulzura, como si estuviera completamente hipnotizado por ella.
El muchacho se inclinó hacia ella, le acarició la cara, retirándole el pelo y sin dejar de mirarle a los ojos. Ella se quedó completamente paralizada, temiendo que sus piernas le fueran a fallar. Entonces sintió el beso más dulce y tierno que jamás antes había sentido.
Cuando el muchacho se apartó de ella, le mostró una pequeña sonrisa, volvió a acariciarle el rostro con suavidad y le dio las buenas noches. Esperó a que ella abriera la puerta y después se marchó.
Estrella sentía mil cosas en su interior, un nudo que le presionaba el estómago y un millón de mariposas revoloteando en su interior. No se podía creer lo que había pasado y sentía que no iba a poder dormir. Se sentó sobre la cama, mostrando una gran sonrisa de oreja a oreja y se le ocurrió encender el televisor. Fue haciendo zapping hasta que encontró algo que llamó su atención.

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Liliana Fontana, una joven de 26 años, nacida el 23 de abril de 1986, comenzaba a ser la comidilla de todos los programas del corazón y de las revistas de adolescentes. La preciosa actriz, ignorada durante mucho tiempo en absurdos anuncios de televisión, había sido descubierta recientemente, por un famoso y conocido director de cine. El hombre declaró que en su casting hizo una actuación impecable, pese a no haber actuado nunca para ninguna serie ni película. Además, su alegre y divertido carácter fue lo que le ayudó a decidirse definitivamente por ella, para que fuera la protagonista de su nueva película, la cual, aseguraban que sería todo un éxito de taquilla. Por supuesto, su actuación tendría mucho que ver en su triunfo o en su fracaso.
En su primer día de rodaje, le mostraron el que sería su camerino. Mucho más grande y amplio de lo que se había imaginado. Era como una habitación, tenía un armario, un comodísimo sofá de dos plazas, una mesita de madera y un tocador con un bonito asiento. Aquello solo podía significar, lo que tanto había estado esperando conseguir y al fin valoraban su trabajo y su esfuerzo. Pero, aunque el director le parecía un hombre muy agradable, que no dudaba en ayudarla en lo que necesitaba, todos no se lo iban a poner igual de fácil.
Después de haberse vestido con la ropa que le habían pedido, una peluquera profesional entró en su camerino, para hacerle el peinado que le correspondía a la escena que iban a rodar. La acompañó hasta donde se encontraba el director, con la única intención de que valorara el peinado. Pero el hombre tan solo valoró su aspecto en general, diciendo que estaba perfecta para la escena. La peluquera se retiró algo enfadada.
La película era romántica, donde un actor muy famoso y deseado por todas las mujeres del mundo (cuyo nombre no revelaremos, puesto que pidió que se mantuviera en el anonimato, ya que ahora está casado y es muy feliz) era el protagonista. Liliana iba a tener la gran oportunidad de trabajar con él, incluso de besar sus labios. Estaba muy nerviosa, era su primer papel importante, para una película de cine y con el increíble actor del que era una fan. (Debido a que su nombre debe aparecer en muchas ocasiones, le denominaré  “X”)
El director la llevó junto a “X” y los presentó. Liliana se quedó pasmada, mirando su atractivo rostro, sus brillantes ojos azules, su increíble sonrisa y su oscuro pelo revuelto. El actor sonrió y le dio dos besos.
- Encantado preciosa. – Le dijo, con ciertos aires de superioridad.
Liliana no le dio importancia, porque era fan de él desde que vio su primera película. Para ser más exactos, fue desde que se hizo muy famoso y revolucionó el corazón de todas las mujeres con su atractivo rostro y la actitud de los personajes que interpretaba en las películas. Siempre hacía de chico bueno, dulce, romántico y a la vez con un toque de chulería por defender a la mujer que quería. Liliana estaba a punto de descubrir el gran actor que era.
-Tú eres actriz porno ¿verdad? – Preguntó, mostrando una estúpida sonrisa.
Liliana se sorprendió al escucharlo.
- No ¿y tú? – Fingió no conocerle.
- Tengo mi dignidad, preciosa. – Respondió, mirándola como si la estuviera desnudando con los ojos. – No te lo tomes a mal, guapa. Respeto tu profesión, sin vosotras, los solitarios no podrían entrar en calor. Tú ya me entiendes. – Le guiñó un ojo.
Liliana se llevó una gran decepción, al ver que el actor al que tanto había admirado, era un cerdo y un capullo engreído y maleducado.
- Si, te entiendo muy bien. – Respondió muy seria y con un tono de voz enfadado. – Sin esas películas no serías capaz de calentarte. – Le dio un buen corte y se alejó de él, dejándolo completamente pasmado.
Se dirigió hacia el director, con la intención de contarle lo ocurrido. Pero el hombre no la dejó ni hablar y la envió hacia el lugar de la escena, donde se encontraba el cerdo de “X” esperándola para rodar.
Colocándose en sus respectivos sitios, el director gritó < ¡acción! > Y el actor comenzó con su diálogo. Tenía que acercarse a ella, acariciarle el pelo, las mejillas, mirarla a los ojos como un loco enamorado y besar sus labios con mucha dulzura. Pero cuando sus labios estaban a punto de tocar los de Liliana, ella se apartaba instintivamente. A pesar de que solo era teatro, que aquello era falso, no podía besar a ese impresentable.
Después de veinte gritos de < ¡corten! >  El director mandó a Liliana a que descansara y decidió rodar otra escena en la que ella no saliera. No tenían tiempo que perder y no podían desaprovechar ni un solo día de rodaje.
Liliana sabía que el director estaba muy frustrado con ella y temía que se hubiera arrepentido de haberla elegido para el papel de protagonista de su película. Muy triste se fue a su camerino, cerró la puerta y se echó sobre el cómodo sofá. No sabía si llorar o salir corriendo de allí. Era un cúmulo de emociones lo que la hacía estar tan decaída. Decepción por haber descubierto cómo era su actor preferido en realidad. Rabia por no haberle dado un bofetón y triste por no haber sido capaz de rodar la escena, a pesar de no soportar la actitud de “X”
De repente golpearon varias veces la puerta y pensando que sería el director para hablar de lo ocurrido, se incorporó en el sofá y dio permiso para entrar. Se llevó una gran sorpresa al ver a un chico joven, con una cara muy dulce, unos ojitos pequeños muy tiernos y el pelo negro. Vestía unos vaqueros y un polo azul que le quedaba muy bien, dejaba ver sus fuertes brazos.
El muchacho llevaba unos cascos grandes y negros, alrededor del cuello, lo que le hizo saber que trabajaba en la película. Cerró la puerta al entrar y se quedó de pie delante de ella, mirándola fijamente.
- ¿Estás bien? – Le preguntó, con una voz muy dulce.
Liliana le miró con sorpresa, ya que no se había ni presentado y no recordaba haberle visto por el plató, aunque con tanta gente, seguramente no se había fijado. Negó con la cabeza y bajó la mirada con tristeza.
- No debes dejar que los absurdos comentarios de “X” te afecten…
- ¡Me confundió con una actriz porno! – Le interrumpió, mostrando su frustración.
El muchacho sonrió y ella enseguida le miró, tirando fuego por los ojos.
- Venga, no te enfades. – Le mostró las palmas de las manos, en señal de que se tranquilizara. – “X” es un capullo y te aseguro que no eres a la única a la que trata de esa forma. – Se cruzó de brazos sobre el pecho. – Lo hace con todas aquellas actrices que no le gustan.
- ¿Qué? – Se sorprendió al escuchar el motivo por el que la trataba así. – ¿Por qué no le gusto?
- Porque está loco. – Respondió en un susurro.
Aquella respuesta furtiva hizo que Liliana sonriera y el muchacho no pudo evitar quedarse maravillado observándola, sin poder apartar la mirada de ella.
- ¿Quién eres? – Preguntó al fin, ya que no dejaba de darle vueltas en su cabeza.
- ¡Oh! Perdona. – Extendió el brazo derecho y le ofreció la mano abierta. – Soy Dani, uno de los cámaras.
Liliana le dio la mano, ya entendía el por qué no se había fijado antes en un chico tan guapo y era porque se ocultaba tras una de las grandes cámaras. El tacto de su mano era suave y ninguno parecía tener la intención de soltarse, mirándose fijamente a los ojos, hasta que golpearon varias veces a la puerta. Ambos retiraron las manos y el muchacho se alejó, apoyando la espalda sobre la pared y cruzando los brazos. Entonces se abrió la puerta y entró el director. Era un hombre barrigudo, el pelo corto y canoso. La cara redonda y la piel sonrosada. Vestía un traje gris con una camisa blanca y zapatos negros. La chaqueta la llevaba desabrochada, dejando libertad a su barriga que sobresalía.
El director entró en el camerino, sin percatarse de la presencia del muchacho. Se detuvo delante de Liliana y le pidió explicaciones por lo que había ocurrido. Estaba muy enfadado por haber perdido un día de rodaje y esperaba una buena respuesta por su parte. Sin embargo, Liliana no era capaz de pronunciar palabra, temía que si hablaba mal del famoso y adorado actor, la echarían a ella de la película. Así que no sabía que excusa darle, para que perdonara sus errores en el rodaje. Sentía que le temblaba el cuerpo, mientras intentaba pensar en algo, sintiendo su fija y enfadada mirada encima.
- Han sido los nervios del primer día. – Intervino Dani.
El director giró la cabeza y sorprendido se fijó en él.
- ¿Qué diablos estás haciendo tú aquí?  - Preguntó con cierto tono de enfado. – Deberías estar recogiendo el equipo y no dejar  que lo hagan los demás. – Se volvió hacia Liliana. – Espero que mañana cumplas, no quiero más errores. – Se dirigió hacia la puerta, la abrió y antes de salir miró de reojo a Dani. – Holgazán. – Susurró.
Cuando el director salió del camerino, Liliana se puso en pie y fue hacia el muchacho. Primero le dio las gracias por haberla librado de una buena bronca y después se disculpó por la que le había caído a él. Se sentía muy mal por cómo le había tratado el director, asombrándose al descubrir que el hombre tampoco era como aparentaba ser. Sin embargo, Dani no parecía estar afectado y no le daba ninguna importancia a lo que ella había ocasionado. Por más que él le repetía que no pasaba nada, ella insistía en hacer algo para compensarle. Ninguno parecía que fuera a dar su brazo a torcer, hasta que finalmente se dejó convencer.
- Está bien. – Dijo al fin. – Cena conmigo esta noche y estamos en paz. – Propuso, mostrando una encantadora sonrisa.
Liliana accedió por compromiso, aunque una parte de ella, la irracional, lo hizo porque sentía cierto cosquilleo estando a su lado. En su cabeza se convencía de que solo era una cena y que no significaba que tuviera que pasar nada más, mientras que su cuerpo decía todo lo contrario.
El muchacho le dijo que la recogería a las diez y después salió del camerino. Todavía tenía trabajo que hacer.
Liliana se cambió de ropa, cogió el bolso y se marchó a su casa.
Vivía en un chalet precioso que tenía tres pisos, un garaje con capacidad de dos coches y un terreno enorme con piscina y zona de barbacoa. Al principio de obtener aquel maravilloso hogar, vivía sola. Pero después, su familia le regaló un precioso cachorro de labrador amarillo, al que llamó Sugus. Todavía tenía seis meses y ya estaba muy bien educado, era muy cariñoso y protector.
Cuando ella se marchaba, lo dejaba dentro de la casa, porque no quería que le pasara nada malo en su ausencia, y cuando llegaba a casa, la saludaba con mucha alegría. Después solía llevárselo de paseo y jugaba con él para que llegara cansado a casa. Pero aquella noche solo lo paseó, lo justo para que hiciera sus cosas y enseguida regresó a casa. Tenía que arreglarse y había pensado en preparar ella la cena, así tendrían más intimidad y daba pie a que ocurriera algo más, tan deseado por su cuerpo y rechazado por su mente. Una parte de ella le decía que no sabía nada acerca del muchacho y que, además, trabajaba con ella. A la otra parte de ella no le importaba una mierda todo eso y solo quería que pasara.
Preparó unos maravillosos espaguetis a la carbonara y después subió a su habitación para arreglarse. Con su físico, cualquier cosa le sentaba bien. Pero tenía que ponerse la ropa y sentirse bien en ese momento, verse estupenda y guapa. Se probó cinco vestidos y dejó de sacar más del armario, al encontrar el adecuado para la ocasión. Era azul, corto, de tirantes y con un bonito escote que realzaba sus pechos. Además se ajustaba a su cuerpo, mostrando su bonita figura. Se puso los zapatos de tacón a juego y bajó al salón. Su largo y liso pelo rubio lo dejó suelto. Encendió el televisor y puso las noticias, mientras esperaba la llegada de Dani. Entonces vio algo que le impactó, quedándose completamente paralizada y enseguida sonó su móvil.
                              ……………………

El hospital más prestigiado de toda Valencia, cuyo nombre no diré por respeto a los demás, se vio muy saturado aquel 23 de julio del 2012, ya que hubo un terrible accidente de un autobús escolar  y un coche. El conductor de este último vehículo iba completamente borracho a esas horas de la mañana y metiéndose en el carril contrario, hizo que el autobús saliera de la carretera y volcara.
Samanta Bianca, doctora de pediatría, trataba de organizar a las enfermeras de su área, para que fueran atendiendo a los niños que iban trayendo las ambulancias.
Quienes estaban bajo sus órdenes, decían que era una mujer dura, fría y sin sentimientos, ya que parecía que nada le horrorizaba. Pero eso solo era, porque a sus 26 años de edad, ya estaba acostumbrada a todos los desastres que acompañaban a su trabajo. A veces se implicaba demasiado y cuando veía morir a un niño, lo sufría en silencio, llorando en su casa, con la compañía de su precioso gato atigrado, llamado Mino. Había comprendido que para salvar vidas, debía estar completamente concentrada y que no se podía derrumbar en ningún momento. Se preocupaba por cada vida y por eso exigía tanto a quienes trabajaban para ella. No era cuestión de ser una persona fría y sin sentimientos, sino de salvar vidas.
Cumplía con su horario a rajatabla e incluso hacía horas extras. Pero únicamente cuando el paciente lo requería. Además, no solo los visitaba como doctora, también les tranquilizaba y les divertía, porque en el fondo, Samanta era una buena chica, alegre y muy alocada. Lo que no sabía nadie, era que en su tiempo libre, casi siempre las noches, estudiaba para convertirse en cirujana de la unidad rosa, es decir, de niños. Aquella decisión la tomó un año atrás, cuando uno de sus pequeños pacientes, al que le había cogido mucho cariño, falleció en la operación de trasplante de corazón, según ella, por la incompetencia del cirujano. Sabía que aquello supondría un riesgo muy grande, porque podría pasarle lo mismo a ella. Sin embargo, estaba muy decidida a ser la mejor.
Habían muchos niños que solo tenían heridas leves, como rasguños o cortes sin mucha importancia.  Esos casos se los dejaba a sus enfermeras/os. Pero no sin antes echarles un vistazo ella misma, para asegurarse de la importancia de sus heridas y dar instrucciones de lo que debían hacer. Después atendía a los que peor estaban.
Caminaba por el pasillo, mirando a cada niño que estaba siendo atendido por una de las enfermeras y sentía ganas de llorar al ver aquel caos en su unidad. Los padres iban llegando al hospital y todos querían hablar con ella. Lloraban y asustados deseaban ver a sus hijos. Samanta era la responsable de poner orden, de tranquilizar a los padres y de informarles sobre los daños que habían sufrido sus hijos.
Les fue dando el alta a todos aquellos que solo habían sufrido heridas superficiales sin ninguna importancia. Reunía a los padres con sus hijos y tranquilizándoles, dejaba que se marcharan a casa. Así fue reduciendo el número de pacientes del hospital, hasta que sonó un código de emergencia de una de las habitaciones. Samanta salió corriendo, esquivando a la gente que había en el pasillo y llegó a la habitación casi sin respiración. El pequeño sufría una parada cardíaca y las enfermeras lo estaban preparando todo para reanimarlo. Le dieron las palas a la doctora, colocaron el gel y dieron la primera descarga. Nada cambió. Siguiente descarga. Nada. Lo estaba perdiendo y ella lo estaba sufriendo por dentro.
Entonces apareció el cirujano, le metió una inyección en la vía y el pequeño volvió a la vida. Después pidió que se lo llevaran inmediatamente al quirófano. Mientras las enfermeras lo sacaban de la habitación, acompañadas por el cirujano, Samanta se quedó completamente paralizada observando. Odiaba a ese cirujano que iba de superior, cuando a ella nunca se le había muerto un paciente, en sus pocos años de profesión. Le había quitado un paciente sin su autorización y sin darle ni una explicación. No podía estar más cabreada en esos momentos.
Continuó haciendo su trabajo, algunos niños necesitaban escayolas en brazos, piernas, tobillos, muñecas…Otros algunas suturas. Tenía mucho trabajo y todos necesitaban de su inmediata atención. Se encontraba escayolando el pie de un niño, con la presencia de la madre que lo tranquilizaba, cuando apareció Luís, un joven enfermero muy guapo y sexy, que estudiaba medicina.
- El jefe quiere verte en su despacho. – Le informó.
- Ahora estoy muy liada. – Respondió con autoridad.
- Puedo terminar yo de…
- ¡No! – Le interrumpió con enfado. – Dile que iré a su despacho en cuanto haya atendido a todos los niños. – Le ordenó.
Luís asintió con la cabeza y se marchó.
Samanta cumplió con su palabra y en cuanto terminó de atenderlos a todos, fue a ver al director del hospital. Llamó a la puerta y al tener permiso, entró en el despacho. Vio al jefe de espaldas a ella, mirando por la ventana que daba a la entrada de emergencias. Ella se quedó esperando de pie, en silencio, deseando marcharse a casa para coger la cama.
- ¿Querías hablar conmigo? – Preguntó al fin, ya que parecía que el hombre no se acordaba de su presencia.
- Samanta Bianca. – Se dio la vuelta  y la miró con sus pequeños ojos marrones. – Eres una increíble doctora, pero debes dejar de intervenir en los pacientes de Rafa (el cirujano) – Le advirtió.
- Lo haría si fuera más competente. – Respondió.
- Es un gran cirujano, Sam – Se sentó en su cómodo sillón. – Quieres estar en todo y no le dejas hacer bien su trabajo.
- ¿Qué? – Preguntó sorprendida. – ¿Esa es la excusa que te ha dado? Solo me faltaría oír que ha perdido al niño por mi culpa. – Dijo sarcásticamente y al ver la cara del director, se dio cuenta de que eso era lo que había pasado, el niño había muerto en el quirófano. – No me lo puedo creer.
Se dio la vuelta y se fue hacia la puerta.
- ¿Sabes por qué sigues en este hospital?
Su pregunta hizo que Samanta se detuviera y se diera la vuelta de nuevo, fijándose en él.
- Porque soy la mejor doctora de pediatría. – Fue sincera.
- Si, pese a tu juventud, eres increíble. – Asintió con la cabeza. – Pero me creas muchos problemas con Rafa y tratas con dureza a las enfermeras. Podría tener a cualquier otra doctora, no tan buena como tú, pero con mayor experiencia.
- ¿Y por qué no la tienes? – Preguntó, sabiendo que eso era lo que  él quería que hiciera.
- Porque me gustas. – Respondió.
Samanta se arrepintió de haber ido tan lejos con aquella conversación. No era que le desagradara el hombre, ya que estaba de muy buen ver. Era muy guapo y atractivo. Tenía el pelo corto y negro como el carbón. Los ojos pequeños y marrones. A veces se afeitaba y otras se dejaba una corta barba de varios días. De las dos maneras estaba rompedor. Tenía un buen físico, se notaba que se cuidaba y que hacía ejercicio. Además, se le veía maduro, si es que eso era posible en un hombre. Tampoco era que fuera muy mayor, como mucho le echaba unos treinta y cinco. Pero no más.
Samanta no dijo nada más, ni siquiera se le ocurría cómo podía continuar con aquella conversación, así que se dio la vuelta, abrió la puerta y salió del despacho. Se quedó un instante con la espalda apoyada sobre la puerta y completamente alucinada. Trataba de digerir lo que había sucedido allí dentro. ¿Su jefe se le había declarado? Se preguntaba. Por una parte se alegraba y por otra se sentía extraña. Antes nunca se había parado a verle de esa forma, si siquiera se fijó en si estaba bueno, hasta ese momento. Se dio cuenta de que le estaba dando demasiada importancia al asunto, ya que podía significar que solo le gustaba como doctora, puesto que ese era el tema del que estaban hablando. No tenía por qué significar que quisiera algo más de ella. Todo estaba en su cabeza.
- ¿Cómo ha ido?
Aquella pregunta la hizo regresar, dejando los pensamientos a un lado y viendo a Luís delante de ella.
- ¿El qué? – Preguntó completamente distraída.
- La reunión con el jefe. – Respondió. –  ¿Te ha caído mucha bronca?
- No, no demasiada. – No quería entrar en detalles con él.
- Me alegro. – Mostró una pequeña sonrisa.
- Oye, siento como te hablé antes. – Se disculpó, mostrando su arrepentimiento más sincero.
- No te preocupes, no pasa nada. – Sonrió, quitándole importancia al asunto. – Cenamos esta noche y todo arreglado.
Samanta ni siquiera escuchó la propuesta de Luís, ya que había visto a Rafa pasar y detenerse en medio del pasillo, para hablar con una enfermera. En cuanto esta se alejó, ella se dirigió hacia él, dejando a luís allí plantado. Caminó muy enfadada, se detuvo a su espalda y agarrándole del brazo con fuerza, le hizo darse la vuelta. Ambos se miraron a la cara, ella muy enfadada y él sorprendido. Samanta comenzó a gritarle por haberle dicho al jefe que sus pérdidas eran culpa de ella, cuando estaba muy claro que se debían a su incompetencia. Rafa se dio cuenta de que todo el mundo les estaba mirando, así que echó un vistazo a su alrededor y vio que a su derecha había una puerta. Cogió a Sam del brazo y se metió en aquel cuarto, cerrando la puerta a su espalda. Ella miró a su alrededor, al ver que era un lugar muy estrecho para los dos y vio que se trataba de un pequeño cuarto donde se guardaban los productos de limpieza. Aquello hizo que se enfadara todavía más y continuó gritándole para que la dejara salir de allí. Pero, en lugar de eso, acunó su rostro y besó sus labios. Al apartarse, ella se quedó paralizada, sintiendo como le temblaban hasta las piernas.
- Perdona, era la única forma de hacer que dejaras de gritar de una vez. – Se burló.
Cuando Samanta le vio sonreír, reaccionó y le dio un fuerte bofetón en la cara. Después lo apartó de la puerta con un empujón y salió de allí. Se marchó a la sala común, donde se encontró con Luís, que se estaba preparando un café. No tenía ningunas ganas de hablar con él, pero no podía marcharse, sin demostrar que huía del enfermero. Así que terminó de entrar en la sala y fingió que iba a prepararse un café.
- Ya has acabado el turno ¿verdad? – Le entregó la taza a ella y le sirvió el café que se había preparado para él.
- Si, ya me marcho. – Dejó el vaso sobre la encimera. No le apetecía café a esas horas.
- No me has respondido a la pregunta de cenar esta noche. – Le recordó.
- ¡Ah! – No estaba preparada para una excusa y tuvo que improvisar. – No, creo que no. Estoy muy cansada.
- Un día duro ¿eh?
- Si, si, mucho. – Respondió agobiada. – Otro día ¿vale?
- Claro, no pasa nada. – Fingió. – Además, tengo mucho que estudiar.
- Pues ánimo. – Se dirigió hacia la puerta y se marchó.
El enfermero Luís era su novio desde hacía varios meses. Pero, últimamente, Samanta evitaba estar con él. No quería seguir saliendo con él y en lugar de armarse de valor para sincerarse, solo ponía excusas para no quedar con él. Esperaba que algún día se le acabara la paciencia y harto de la situación, fuera Luís quien la dejara. Si no, sabía que tarde o temprano tendría que afrontarlo ella misma y ser la mala de la relación, algo que no le gustaba nada.
Fue al vestuario, se cambió de ropa y de calzado, cogió su bolso y se marchó del hospital. Realmente estaba muy cansada y solo quería tirarse sobre la cama. Al día siguiente era su día libre y por primera vez en mucho tiempo, pensaba cogérselo de verdad. Su plan, dormir toda aquella noche y todo el día siguiente.
Cuando llegó a su acogedora casa, Mino salió corriendo para saludarla, restregando el cuerpo en sus piernas. Samanta cerró la puerta y se agachó para acariciar al gato. Después de unos cuantos mimos, se fue a su habitación y se puso el pijama. Una camiseta ajustada de tirantes, un pantaloncito muy corto y las zapatillas rosa de estar por casa. Se soltó el pelo y pensó en dejarse caer sobre la cama. Pero recordó que en la cocina le esperaban los deliciosos canelones de su madre para cenar. Le gustaban más que ninguna otra comida en el mundo, así que no los podía dejar pasar. Los calentó en el microondas y los saboreó con gran placer. Después regresó a la cama y se dejó vencer por el sueño.
El teléfono de su casa comenzó a sonar insistentemente una y otra vez, hasta que alargó el brazo hacia la mesita y lo cogió.
- ¿Diga? – Preguntó con la voz adormilada.
- Buenos días, Sam. Soy…
Samanta reconoció la voz de Rafa y colgó inmediatamente. Quiso continuar durmiendo, pero el teléfono volvió a sonar. Pensó que si no lo cogía, al final se cansaría. Pero, mientras pasaba la mañana, el teléfono continuaba sonando. Finalmente volvió a descolgarlo, se lo puso en la oreja y esperó en silencio.
- ¿Sam? – Reconoció la voz del cirujano. – No cuelgues por favor.
- ¿Y por qué no? – Preguntó enfadada.
- Porque quiero disculparme por lo que te hice ayer…
- ¿Por qué debería creerte? – Le interrumpió, manteniendo su tono enfadado.
- Porque es la verdad. – Respondió. – Fui un grosero y un maleducado. De verdad que lo siento mucho. – Su voz sonaba muy dulce, a la vez que triste y apagada. – Aunque no lo creas, me duele perder a mis pacientes. No me hice cirujano por el dinero, sino porque quería salvar vidas.
- Pues parece que eso se te ha olvidado. – Relajó su tono.
- En absoluto. – Suspiró. – No pretendo que me creas, Sam. Solo quería disculparme por hacerte callar con un beso y aunque reconozco que me gustó besar tus labios, se que fue inapropiado.
- Si, así fue. – Mintió, porque a ella también le gustó, más de lo que nunca se hubiera imaginado.
- ¡Ah! Otra cosa. Nunca he ido al jefe para hablarle mal de ti y mucho menos para culparte de la muerte de mis pacientes. – Confesó. – Eso no lo haría jamás. La culpa únicamente es mía y tú no tienes nada que ver en eso. – Su tono de voz cada vez sonaba más triste.
Samanta sintió lástima por él, no podía evitarlo, realmente parecía arrepentido, sincero y hundido. Así que trató de animarlo y le aseguró que ya le había perdonado, incluso que ya lo había olvidado, pese a que era mentira, puesto que no dejaba de recordarlo.
Se pasaron todo el medio día hablando por teléfono, conociéndose bien y descubriendo que tenían muchas cosas en común, más de lo que se habrían podido imaginar. Samanta se dio cuenta de que no era tan mala persona como siempre había creído. Se preocupaba mucho por la vida de sus pacientes y sufría en silencio por cada pérdida. Se podía hablar con él de cualquier cosa con confianza, era como si se conocieran de toda la vida. Era muy dulce y todo un romántico. Pero lo ocultaba bajo esa máscara de chulería y egocentrismo.
Ambos se sentían muy a gusto hablando el uno con el otro y no deseaban dejar de hacerlo. De hecho, realizaban las cosas de casa, sin apartarse el teléfono de la oreja y se decían lo que estaban haciendo, como cocina, comer, abrir el correo, acariciar al gato, ver la tele…todo. Hasta que…
- ¿Puedo verte? – Preguntó Rafa.
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