Hola gente!!
Aquí voy a dejar una parte de mi nueva novela que estoy intentando construir y que no se si funcionará, pero de momento va arrancando. Es la mitad del primer capítulo, porque no me podía esperar más y como algunas de mis amigas no pueden verlo y lo están deseando. Lo dejo en mi blog para que entren y lo lean. Espero que aquellos que le echeis un vistazo os guste. Un besazo!!
Capítulo 1
Todo
comenzó el 23 de julio del 2012, cuando el móvil de seis chicas sonó a la vez,
en distintos puntos de Valencia. Se ha creado un grupo de whatsapp en el que se
las reúne a todas, junto con la creadora, Mireia Cotino.
Todas
comienzan a saludarse con alegría y sorpresa, algunas desconocen el número de
otras, pero preguntando se van aclarando. Siete chicas, siete antiguas amigas
de la infancia, que por circunstancias de la vida se separaron al terminar el
colegio.
Mireia
Cotino, nacida el 6 de mayo de 1986, veintiséis años de edad. Terminó sus
estudios en Valencia y se marchó a Gilet, donde vive junto con su familia; su
madre, su hermana, su hermano y su abuela. Trabaja en el único colegio que hay,
como profesora de parvulario. Comparte piso con su querida mascota, una pequeña
yorkshire mini, llamada Canela.
Es
una chica alegre, muy sonriente, tímida, fuerte como para cuidar de su hermana
mayor, como si fuera la pequeña. No puede evitar reflexionar sobre todo, aunque
nunca suele llegar a una decisión, lo que la convierte en indecisa. Por eso,
necesita el consejo y la aprobación de sus buenas amigas. Ella misma se
considera una persona inaccesible emocionalmente, pero, hay cosas que empezarán
a cambiar en su vida, tras reencontrarse con sus amigas de la infancia…
Su
vida profesional es todo un éxito, porque ama lo que hace y adora a los niños.
Pero no puede decir lo mismo de su vida amorosa, ya que parecía que su relación
iba muy encarrilada hacia el matrimonio. Pues compartía sentimientos con el
profesor de gimnasia. Isaac, un joven deportista que acabó convirtiéndose en
profesor de gimnasia y va rompiendo corazones entre sus alumnas más mayores. Adolescentes
con las hormonas revolucionadas y difíciles de controlar. Una mala combinación.
Pero sabe cómo controlarlas, sin tener que castigar, ni levantar la voz. Con su
carismática y atractiva sonrisa, las deja a todas hipnotizadas. Con sus
pequeños ojos marrones, que miran con tanta dulzura, que las derrite. Y su
cuerpo, perfectamente esculpido en piedra, hace que todas babeen por cada
centímetro de su morena piel. Además, en sus clases se viste con un pantalón de
chándal, deportivas y una camiseta negra de tirantes. Pero al terminar, el
joven muchacho se convierte en todo un modelo, con sus pantalones vaqueros, su
camiseta blanca de manga corta y su chaqueta, con las mangas remangadas hasta
los codos. El pelo corto y moreno, mojado de haberse dado una buena ducha
después del ejercicio.
El
muchacho sabe que quiere estar con Mireia y a pesar de su juventud, pues él
tiene varios años menos que ella, piensa en un futuro a su lado. Ir más allá de
los encuentros románticos y los momentos más calientes. Vivir juntos,
comprometerse, casarse y formar una familia.
Su relación parece ir bien encaminada hacia lo que, en un principio,
desean conseguir los dos. Pero, Mireia no se esperaba lo que iba a suceder.
Una
mañana de trabajo, estuvo observando a uno de sus pequeños alumnos y se dio
cuenta de que algo le pasaba. El niño estaba triste y muy apagado. No quería
jugar a nada, ni con nadie y no se movía del rincón de la clase. Ella se acercó
al pequeño, se acuclilló delante de él y trató de saber lo que le sucedía. Pero
el niño no hablaba, ni se le veía con intención de hacerlo por más que ella
insistiera. Ni el chantaje con los caramelos y chocolatinas funcionaba.
Preocupada por él, decidió llamar a sus padres.
Al
terminar el recreo, los dejó al cuidado de otra profesora y se marchó a la
secretaría. Primero marcó al número fijo que le ponía en su ficha y al ver que
nadie lo cogía, marcó el móvil. Entonces lo descolgó un hombre, con una voz muy
suave. Se identificó como el padre del niño y tras escuchar las preocupaciones
de Mireia, el hombre accedió a quedar con ella, tras acabar las clases.
Contenta con el resultado de su llamada y el interés que presintió del padre,
regresó a la clase. Mientras todos los pequeños coloreaban lo que más les
apetecía, Mireia continuaba observando a Tomás. No había ningún cambio en él.
Estaba sentadito en su pupitre, con los brazos cruzados y la mirada fija en el
folio en blanco que había delante de él.
Cuando
el timbre sonó, finalizando la última clase del día, todos los niños se
pusieron en pie y salieron corriendo. Mireia trataba de tranquilizarles para
que salieran más despacio y que ninguno se cayera al suelo, ni se empujaran.
Pero aquel rebaño de pequeños monstruitos, hambrientos y deseosos de merendar e
ir al parque, no había palabra que pudiera hacer que se calmaran. Ella solía
salir detrás de todos los niños, para ver y saludar a sus madres o familiares
que iban a recogerlos y que los esperaban en el recreo. Pero en aquella ocasión
no pudo hacerlo, ya que cuando se disponía a salir, apareció un hombre delante
de ella. Se presentó como Adolfo Herrero, el padre del pequeño Tomás.
-
Usted debe de ser la señorita Cotino. – Afirmó el hombre, extendiéndole la mano
derecha.
Mireia
asintió con la cabeza y le estrechó la mano. Solo fue un segundo, el momento en
el que sintió la calidez y la suavidad de su piel. Sus miradas se encontraron y
se perdió en la profundidad que había en sus almendrados ojos, con esa
penetrante mirada. Tuvo la sensación de haber estado horas en aquella
situación, pero solo fue un segundo lo que duró.
-
Por favor, tome asiento señor Herrero. – Apartó la mirada y le invitó a que
entrara en el aula, sintiendo el calor en sus mejillas.
-
Llámeme Adolfo. – Pidió el hombre, entrando en el aula y sentándose delante de
la mesa de la profesora.
-
Si vamos a tutearnos, mi nombre es Mireia. – Ella se sentó en su cómoda silla
de profesora.
Mireia
le explicó el motivo de su preocupación, ya que Tomás siempre había sido un
niño muy sociable, le gustaba mucho dibujar y en el recreo no paraba de jugar
con los demás. Pero en aquella ocasión, no había hecho absolutamente nada de
eso.
El
señor Herrero le confesó que se estaba divorciando de su mujer, que él se había
marchado de casa y que eso podría estar afectando a su hijo.
La
palabra divorcio hizo que Mireia se fijara bien en el hombre, mientras le
escuchaba en silencio y asentía de vez en cuando con la cabeza, para indicarle
que estaba siguiendo la conversación. Pero no podía evitar que su mente
fantaseara con él y es que era un hombre muy atractivo, con unos ojos muy
expresivos, con una profundidad que invitaba a la relajación y la calma. Sus
labios parecían tan apetecibles de besar, sobre todo cuando sacaba la lengua
disimuladamente, para humedecerlos. Tan carnosos, que hasta sentía la necesidad
de morderlos. Encima olía tan bien, que resultaba imposible resistirse a la
tentación de lanzarse a sus brazos. Pero Mireia mantuvo la compostura y aunque
su mente se permitía el fantasear con aquel hombre, en cómo sería su cuerpo,
ella se esforzaba por atenderle correctamente. Parecía algo sencillo, pero
cuando el hombre esperaba que ella dijera algo, las palabras se le trababan en
la lengua y a veces soltaba alguna barbaridad, como “te mordería” en lugar de
“le leería” Hablando, por supuesto, en todo momento de las cosas que podrían
ayudarle a que su hijo llevara mejor la separación. Tampoco ayudaba mucho que
el señor Herrero entendiera perfectamente lo que ella decía por error y
mostrara una sonrisa atractiva y seductora. Claramente era una señal de “estoy
encantado de hacer que te confundas y quiero más”
Habiendo
aclarado el asunto del pequeño Tomás, aparentemente, no quedaba nada más de lo
que hablar. Así que el señor Herrero se puso en pie y se dirigió hacia la
puerta, seguido por la profesora. Bajo el marco se dio la vuelta y se despidió
de ella. Instintivamente, Mireia fue a darle dos besos en las mejillas, pero al
acercarse, su pecho chocó con algo y al bajar la mirada, vio que se trataba de
la mano abierta del hombre. Mostrando que iba a despedirse cordialmente, con un
estrechón de manos, tal y como se habían presentado. Una vez más, el señor
Herrero mostró esa sonrisa divertida y traviesa, que decía “no has podido
resistirte ¿verdad?”
Mireia
le dio la mano, mostrando una sonrisa tímida, en la que claramente decía
“tierra trágame” y vio como el atractivo hombre se alejaba. Agradecía poder
observarlo con tranquilidad, porque tenía un culo perfecto, que incitaba a
darle un buen pellizco. Además, se vestía tan bien, tan arreglado con su traje,
camisa y hasta corbata. Lo mejor de todo era que le sentaba de maravilla,
porque tenía una buena espalda para lucir el traje.
Pensando
que nadie la observaba, se permitía volver a fantasear con el hombre. Entonces
sintió un pequeño beso en la mejilla y al volver a la realidad, sobresaltada al
haber sido sorprendida mientras fantaseaba de una forma poco inocente, vio que
se trataba de Isaac.
El
muchacho había ido a buscarla para ver si quería que fuera a pasar la noche en
su casa. Una cena romántica, la cual estaría dispuesto a preparar él, una
película y lo que surgiera después, algo que claramente significaba “sexo” Sin
embargo, Mireia no aceptó la propuesta, ni siquiera se sintió tentada por una
noche romántica, tranquila y llena de pasión. Así que prefirió marcharse sola a
casa, prepararse la cena ella misma, ver un poco de tele y dormir. Ese era el
plan que tenía pensado, pero al sentarse en el cómodo sofá de su casa, se quedó
mirando la oscura pantalla del televisor y se puso a recordar el pasado. Tenía
cierta manía a mirar hacia atrás y a sentir la melancolía de los buenos
momentos de su vida. Se sentía muy confusa al haber fantaseado de aquella forma
con el padre de uno de sus alumnos y haber rechazado una increíble noche con el
chico que parecía ser el hombre de su vida. Cogió el móvil y abrió la puerta
del pasado.
………………………..
En
el autocine del saler suena un móvil de una chica a la que se le ha olvidado
silenciarlo y mientras ella sonríe al mirarlo, todo el mundo le sisea para que
vuelva el silencio.
Adriana
Llanes, una joven de 26 años. Nacida el 19 de diciembre de 1985. Es una chica
habladora, chula, con carácter, coqueta, exigente y desconfiada con los
hombres. Terminó sus estudios y convirtiéndose en una peluquera de éxito, montó
su propia peluquería. Su negocio creció tanto, que tuvo que contratar a varias
peluqueras e incluso a un aprendiz que aseguraba que la adoraba. No contenta
con eso, se convirtió en una gran asesora de moda, lo cual ayudaba a que su
clientela aumentara, porque les hacía un increíble peinado y les aconsejaba
sobre la ropa que mejor les quedaba.
Se
independizó en cuanto las cosas le empezaron a ir bien y se compró un lujoso
loft de dos pisos, el cual compartía con su preciosa perrita Queen. Un elegante
crestado chino, con la piel negra y el pelo de la cabeza, la punta de la cola y
las patitas en blanco. Lucía un bonito collar de brillantes y solía ponerle
ropa muy pija. Se la llevaba a todas partes, sobre todo a la peluquería, ya que
pasaba el mayor tiempo de su vida allí metida y no quería dejarla sola en casa.
El
chico que estaba a su lado en el autocine, prestando toda su atención a la
película que había ido a ver, no era más que su futuro ex novio. Lo tenía muy
claro, solo le faltaba dar el paso. Porque era un poco joven para ella, no solo
de edad, sino que también de mentalidad y eso hacía que aquella relación no
fuera a ninguna parte. Sentía que estaba perdiendo el tiempo a su lado, aunque
tampoco podía evitar estarlo, ya que tenía un buen cuerpo, era guapo y
cariñoso. Pero no era suficiente para ella y podían más sus defectos, como el
hecho de olvidarse de llamarla cuando se lo había prometido, mientras se
divertía con sus amigos, lejos de ella.
Adriana
era joven, pero tenía un buen trabajo, con increíbles ingresos económicos y
vivía en su propia casa, la cual ya estaba completamente pagada. Así que no era
de extrañar que deseara tener un hombre a su lado. Alguien que estuviera
preparado para empezar una relación seria, que se implicara totalmente en ella
y que deseara formar una familia. Y es que Adriana era una mujer muy familiar,
que solía cuidar a su hermano pequeño, como si ella fuera la madre, a pesar de
que sus padres lo hacían perfectamente. Pero era algo que no podía evitar.
Su
novio, Eloy, le dedicó una breve mirada y al verla escribiendo en el móvil, le
pidió que hiciera el favor de apagarlo y centrarse en la película. Ella lo
ignoró, pues aquello era mucho más importante que aquella película, incluso que
él mismo.
El
muchacho volvió a fijarse en ella y al ver que seguía escribiendo en el móvil,
quiso saber con quién se estaba intercambiando mensajes y a qué venían sus
pequeñas sonrisas. Adriana le miró a los ojos, no dijo nada y lo dijo todo a la
vez. “¿A ti qué coño te importa?” Eso era lo que en realidad no dijo, pero
expresó con su enfadada mirada. Sin embargo, el muchacho entendió que no
respondía, porque estaba intentando inventarse algo, para no decirle que estaba
tonteando con alguno de sus muchos amigos. Su error fue insistir de una forma
posesiva. Ya no le preguntaba quién era, sino que le exigía que le dijera con
quién se estaba escribiendo. Aquello hizo que Adriana sacara ese genio que
solía tener dormido y volvió a dedicarle una enfadada mirada, con la que le
estaba diciendo “me estás hinchando las narices ya” Pero respiró, soltó un
resoplido y comprendió que sus miradas a él no le decían nada, pues era un
hombre y no entendería lo que significaban.
-
Llévame a casa. – Le dijo con seriedad, pero respirando para no acabar
alterándose.
-
Pero si no ha terminado la película. – Renegó él.
-
He dicho que me lleves a casa. – Insistió, apretando los dientes para controlar
la rabia.
-
¿Tan importante es quien te está escribiendo, que no puede esperar? – Preguntó
en un susurro, mientras encendía el motor del coche.
Adriana
no respondió a eso, pero sí, su buena amiga de la infancia, Mireia, era más
importante que estar viendo la película con él y es que todo empezaba a ser más
importante que estar a su lado. Cualquier pequeña cosa empezaba a ser una gran
excusa para no quedar con su novio. Pero, en aquella ocasión, no era una
excusa, porque su amiga la necesitaba, estaba triste, melancólica y confusa. No
dejaba de recordar a sus amigas del colegio y sentía que las necesitaba. Algo
en su interior le decía que debía estar con ellas y que ellas serían las
personas que mejor la comprenderían y la ayudarían.
Al
llegar a casa, su pequeña perrita Queen, salió corriendo para recibirla con
alegría. Siempre hacía que le saliera una gran sonrisa al verla acercarse,
moviendo la colita y caminando con elegancia. No había nada mejor en su vida,
que esa perrita, tan dulce y cariñosa. La cogió entre sus brazos y dejó que le
diera un pequeño lametazo en la mejilla. Después dejó el bolso en el suelo, se
quitó los zapatos y fue descalza hasta el sofá. Se recostó en él, dejando a
Queen sobre sus rodillas y comenzó a llorar. ¿Por qué? ¿Quién lo sabe? Ni ella
misma lo comprendía, porque quería su novio, pero a la vez no quería estar con
él. Era difícil de entender y se sentía muy confusa.
De
repente comenzó a sonar su móvil, no era un mensaje, sino una llamada. Lo sacó
del bolsillo del abrigo, el cual todavía llevaba puesto y al mirar la pantalla,
vio el nombre de su aprendiz. Enseguida lo descolgó y con voz llorosa preguntó
quién era, como si no lo supiera ya. Supongo que es instintivo e irremediable.
El joven aprendiz respondió, haciéndole saber que era él y después colgó.
Adriana se apartó el móvil de la oreja y volvió a mirar la pantalla. Se quedó
sorprendida al ver que había colgado, aunque quiso pensar que se había cortado
y que no tardaría en volver a llamar. Dejó el móvil sobre su tripa y continuó
acariciando a la pequeña Queen, mientras las lágrimas se escapaban de sus ojos
en silencio.
La
casa estaba a oscuras, no se había molestado ni en encender una lamparita y se
había quedado medio dormida en el sofá, con su dulce e inseparable perrita
encima. Mientras la acariciaba lentamente, el timbre sonó varias veces. Adriana
miró el reloj de su muñeca y vio que era un poco tarde para una visita. Volvió
a dejar la mano sobre la cabeza peludita de su pequeña y dulce Queen e ignoró
el timbre. Sin embargo, volvió a sonar una vez más y tras la puerta escuchó una
voz que le resultaba muy familiar. Solo pensó, que por favor no fuera Eloy,
porque no tenía ningunas ganas de hablar con él. No era el momento adecuado
para que fuera a disculparse o para acabar discutiendo.
Finalmente
Adriana se levantó del sofá, sosteniendo a la perrita en sus brazos. La dejó en
el suelo y fue hacia la puerta. Al abrirla vio a su guapo y atractivo aprendiz.
No tenía ningún sentido, pero aquello significó mucho para ella y no pudo
evitar echarse a llorar. Saúl, que así se llamaba su joven aprendiz, se acercó
a ella y la estrechó entre sus brazos. Que confortable se sentía en su pecho,
oliendo esa colonia tan irresistible, que invitaba a que te lanzaras al cuello,
como si fueras un vampiro. No quería, ni podía apartarse de él, porque había conseguido
que sintiera una paz y una tranquilidad, que hacía mucho tiempo que su novio no
le hacía sentir entre sus brazos. Era como si no hubiera nada más en el mundo,
solo ellos dos. Aquella magia que les envolvía, hizo que estuvieran unos largos
minutos abrazados. Ella con su rostro oculto en su fuerte pecho y él, con la
mejilla apoyada en su cabeza. Parecía que ninguno de los dos quería separarse
del otro, hasta que el joven colocó sus manos sobre los hombros de Adriana e
hizo que se separara un poco de su cuerpo. Ella levantó la cabeza y sus miradas
se encontraron. Ambos podían sentir sus respiraciones agitadas y los nerviosos
latidos del corazón. Adriana fue la primera en apartar la mirada, para fijarse
en sus finos y húmedos labios. En aquellos momentos pensó < ¿Y si le beso?
>
Empezó
a sentir un agradable cosquilleo en su estómago y a la vez era un nudo que se
lo cerraba con fuerza. Su corazón golpeaba tan fuerte, que parecía que quisiera
salirse del pecho. Las manos le sudaban y no sabía qué hacer. ¿Alejarse de él?
Si, era eso lo que debía, más que nada para dejarle entrar en la casa y poder
cerrar la puerta. Pero, no quería apartar sus manos de su pecho, tan firme y
duro, que daban ganas de arrancarle la camisa de un tirón, haciendo saltar
todos y cada uno de los botones.
Cuando
Saúl apartó sus manos, ella levantó de nuevo la mirada y se fijó en sus
pequeños y castaños ojos. Tenía una mirada tan dulce y mostró una sonrisa tan
tierna, que solo podía pensar en besar esos labios de una vez. Sin embargo,
tuvo que apartar la mirada, porque sentía que no sería capaz de controlarse, si
seguía estando tan cerca de él. Bajó la cabeza, se apartó y le dio la espalda,
dirigiéndose hacia el sofá. Se sentó en uno de los extremos, acurrucada, con
las rodillas pegadas al pecho y los brazos rodeando las piernas. Volvió la
mirada hacia su joven aprendiz y le vio cerrar la puerta de la casa, agacharse
para saludar con simpatía a su pequeña perrita y caminar hacia ella. Su rostro
era tan joven y atractivo, a la vez que dulce y tierno. El muchacho se sentó en
el otro extremo del sofá, girado hacia ella y con la mirada fija en sus rojos y
llorosos ojos.
-
Dime cielo ¿qué te ocurre? – Preguntó Saúl, mostrando su preocupación.
-
¿Por qué piensas que me pasa algo? – Esquivó la pregunta.
Saúl
mostró una pequeña y atractiva sonrisa.
-Me
ofendes, cielo. – Volvió a sonreír. – Lo noté en tu voz cuando te llamé y por
eso decidí venir para ver si estabas bien, lo que es evidente que no.
-
¿Qué? ¿Por qué dices eso? – Se sorprendió Adriana, continuando con su
interrogatorio, con el único fin de retrasar la respuesta de lo que le sucedía.
-
Cariño, tienes los ojos hinchados y rojos de llorar. Estas echa un adefesio,
cielo. – Respondió con gran sinceridad.
Adriana
cerró los ojos y apoyó la barbilla sobre sus rodillas. Saúl extendió el brazo
derecho y le acarició el rostro con la mano. Ella sintió la suavidad de su piel
y se dejó acariciar, solo por el placer de seguir sintiéndole. Gracias a no
abrir los ojos, ni intentar hacerle creer lo contrario, el joven la cogió de
los brazos y la estiró hacia él, haciendo que Adriana cayera sobre su cuerpo.
Los dos tumbados en el sofá, él la rodeó con sus brazos y dejó la cabeza
apoyada en uno de los cojines. Ella se sorprendió al principio, pero después se
quedó con la cara apoyada sobre su pecho y volvió a cerrar los ojos.
…………………..
En
el bufet de abogados “E & M“ trabajaba una abogada muy famosa en divorcios,
ya que nunca había perdido un juicio en sus pocos años de profesión. Todos
decían que era una pantera, que devoraba a sus contrincantes, dejándoles sin
nada. No tenía piedad alguna y es que le pagaban una buena cifra, como para
esforzarse al máximo y sacar su lado más salvaje y frio que había en ella. Pero
aquellos que la conocían de verdad, sabían que en el fondo era una buena
persona, algo tímida, pero a la vez seductora, con esos grandes ojos verdes,
era capaz de conquistar a cualquier hombre que se le antojase. Su mirada mostraba
su lado más travieso, aquel que escondía bajo una tímida sonrisa. Le gustaba
jugar con los hombres, antes de saber si merecía la pena acostarse con ellos y
es que le encantaba llevar, en todo momento, el control de la situación. Nunca
se permitía el lujo de enamorarse, tan solo los utilizaba sexualmente y después
los mandaba a sus casas. No quería complicaciones. No importaba cuanto se
esforzasen por hacerla sentir algo más, por intentar conquistarla, porque su
corazón estaba cubierto por una gruesa capa de acero.
Una
mañana de julio, se encontraba en su despacho, trabajando en un caso que veía
un poco complicado. Sin ninguna duda, era de los más difíciles con los que se
había encontrado en su vida, pero no por eso le resultaba imposible de ganar. La
puerta estaba cerrada, dejando ver a los que se encontraban fuera, el fino y
elegante cartel en el que ponía su nombre; Lola Bueno. Aunque muchas veces se
planteó el omitir su apellido, ya que, era buena con sus clientes, pero cruel
con el lado opuesto. Sin embargo, era parte de ella y realmente le hacía
justicia, porque era buena persona y era buena en su trabajo. Así que dejó que
se lo pusieran en la puerta, donde todo el mundo podía verlo.
No
se esperaba que su móvil sonase a esas horas de la mañana, no es que fuera
temprano, pero tampoco era una en la que estuviera en el descanso y quienes le
conocían lo sabían. A pesar de su pequeña curiosidad, no lo miró, pues se
convenció de que sería su madre y puesto que era un mensaje, no podía ser nada
urgente. Necesitaba concentrarse al máximo en lo que estaba estudiando sobre el
caso, pero a la vez se sentía un poco agobiada. Llevaba varios días sin dejar
de observar aquellos papeles que le había entregado su cliente, tratando de
encontrar un error que la hiciera ganar el juicio. Pero, por más que los leía,
no había nada. Empezaba a sentir la rabia y el estrés en su interior, porque
quería ganar a toda costa, quería seguir siendo la pantera que no había perdido
nunca.
Golpearon
varias veces la puerta y ella sonrió, sin levantar la mirada de la pantalla de
su ordenador. Por la llamada imitando una pequeña parte de la melodía de una
canción, sabía que se trataba de su joven secretario. Alfonso abrió la puerta y
entró en el despacho, luciendo una gran sonrisa, mostrando sus blancos y
perfectos dientes. Se dio cuenta de que no iba a dejar de leer para fijarse en
él, así que se acercó a su gran escritorio, apoyó las manos sobre él y se asomó
por encima de la pantalla del ordenador.
-
Buenos días, jefa. – Continuaba mostrando su gran sonrisa y mantenía la mirada
fija en el bonito rostro de la abogada.
-
Te he dejado bien claro que no quiero que nadie me moleste hoy. – Dijo con
seriedad, con la mirada fija en la pantalla del ordenador. Era como si nada
pudiera hacer que la apartara de su trabajo.
-
Y así lo he transmitido a los demás. – Respondió.
Alfonso
volvió a erguir la espalda, rodeó el escritorio y se acercó hasta donde ella
estaba. Sin decir nada, giró la cómoda silla de su jefa y ella al fin levantó
la cabeza y se fijó en él. La cogió de la mano que tenía más cercana y de un
tirón la levantó de la silla, haciendo que sus cuerpos estuvieran juntos. La
rodeó con sus fuertes brazos y acercó los labios a los suyos. Le hizo creer que
iba a besarla y cuando estaba seguro de que ella iba a participar en el beso,
desvió sus labios hacia su oreja y le susurró.
-
Quiero hacerte el amor en este mismo instante
y quiero oírte gritar de placer, hasta que a tus pulmones no les quede
aire.
Un
escalofrío recorrió cada centímetro de la piel de Lola, mientras él la cogió
por la cintura, la levantó del suelo y la sentó sobre el escritorio. La
manejaba como si fuera una muñeca y ella se dejaba, porque no podía resistirse
a sus palabras susurrantes, que solo con oírlas ya sintió un cosquilleo por su
cuerpo. Su rostro era tan atractivo y su mirada tan seductora. Además, no tardó
en abrirse la camisa y mostrarle su fuerte y depilado pecho. Colocó las manos
sobre sus cálidas piernas y comenzó a acariciarlas hacia arriba, subiéndole, a
su vez, la falda. Sus movimientos eran muy lentos y el tacto de las palmas de
sus manos era suave. Hacía que Lola se estremeciera por dentro e
instintivamente sus piernas se fueron separando la una de la otra.
Alfonso
comenzó a besarle el cuello, mientras le acariciaba los pechos. Lola no podía
hacer nada, estaba completamente poseída por el placer que le estaba
proporcionando su joven secretario, preguntándose cuándo se había vuelto tan
seductor, tan paciente en sus movimientos, sus caricias y sus besos. Sabía que
aquello no era bueno para ella, porque la podría hacer sentir algo más por él y
eso era lo último que deseaba. Pero en aquellos momentos, su mente no razonaba
y su corazón solo la empujaba a que continuara. Apoyando las manos sobre el
escritorio y echando la cabeza hacia atrás, dejó que el muchacho la poseyera
por completo, desabrochándole la camisa, presionando sus pechos con firmeza,
pero a la vez, con suavidad. Besando cada centímetro de su piel y cuando la vio
completamente entregada, se desabrochó el pantalón y dejó que callera al suelo.
Se bajó los boxes y se unió a ella. Sus movimientos comenzaron a ser lentos y
suaves, hasta que ella le pidió más en susurros de placer. Entonces la cogió
por la cintura y moviéndola como a una muñeca, comenzó a ser más agresivo en
sus movimientos, pero completamente placentero para ella.
Aquella
alocada y salvaje forma de haber practicado el sexo, hizo que Lola viera en
Alfonso a un nuevo chico, algo en él había cambiado, era como si empezara
entrar en su juego, como si empezara a sentirse más liberado por la pasión y la
gran atracción que aseguraba sentir por ella.
Mientras
Lola se arreglaba la camisa, el joven secretario trató de darle un beso en los
labios y ella apartó la cara, impidiendo que se le acercara.
-¿Por
qué eres tan fría? – Preguntó el muchacho, mientras se abrochaba la camisa.
Lola
mostró una sonrisa torcida.
-
¿Tengo que recordarte que tienes novia?
-
Eso no te impide acostarte conmigo. – Respondió Alfonso, subiéndose los
pantalones y abrochándose el cinturón.
-
No, claro que no. Pero ya sabes que solo es sexo, de ahí no va a pasar. –
Aseguró ella, completamente convencida de lo que decía.
-
Si dejo a mi novia ¿te fugarías conmigo? - Mostró una gran sonrisa, confiado en
que ella aceptaría.
-
No. – Respondió con seriedad y de una forma muy tajante. Después le miró a la
cara. – Si te interesa seguir así, por mi bien. Si no, esto se acaba aquí.
Alfonso
se quedó sin palabras y su rostro se volvió serio. Asintió con la cabeza y
terminando de arreglarse la corbata, salió de su despacho, cerrando la puerta
de una forma un poco brusca, mostrando su enfado.
Lola
volvió a sentarse sobre su cómoda silla, pretendía arreglar los papeles que
había sobre su escritorio, pero, en lugar de eso, se quedó mirando la pantalla
de su ordenador. Había salido el protector y era la imagen de un hombre muy
guapo. Tenía el pelo negro como el carbón, los ojos pequeños y azules. Miraba a
la cámara cuando le hicieron aquella foto y luciendo una dulce y encantadora
sonrisa, hacía que el color de sus ojos brillase. Tenía un cuerpo bien cuidado
y en plena forma. Se encontraba sentado sobre un césped muy bien cuidado y a su
alrededor se veían grandes árboles, gente y algún que otro perro. Lo que
parecía ser un parque. Vestía una camiseta de manga corta de color blanco y
unos pantalones vaqueros. El muchacho tenía sus manos unidas y a la cámara
mostraba una pequeña cajita roja. Estaba abierta y en su interior brillaba un
bonito y elegante anillo, de oro blanco.
Aquella
imagen hizo que Lola se acomodara en su asiento y su mente volviera al pasado.
<
Lola acababa de terminar la carrera de derecho, cuando conoció a su jefe. El
señor Ramírez. En principio solo iba a hacer las prácticas en su bufet de
abogados y le dejó en el departamento de asuntos sociales, donde trabajaría con
ellos, defendiendo a los jóvenes menores de edad que se metían en problemas o
que tenían problemas con sus padres y los trabajadores sociales recomendaban
quitar la custodia a sus padres.
Aquella
rama de la abogacía le gustaba, porque sentía y sabía que estaba haciendo algo
bueno con los niños que sufrían en el mundo. En su primer día de trabajo,
conoció a Edward, el hombre que aparecía en la fotografía de su ordenador. Era
un trabajador social que se preocupaba por los niños maltratados, abandonados o
perdidos al estar en una casa en la que no recibía ningún tipo de atención y
estaba en riesgo de acabar formando parte de grupos de mala gente, donde el
único destino sería la muerte o la cárcel.
Edward
le mostró el lado más duro por el que pasaban aquellos niños y también la
alegría que se sentía cada vez que ayudabas a uno de ellos. Eso fue lo que hizo
que Lola se enamorara perdidamente de él. Era un hombre dos años mayor que
ella, bueno, dulce, cariñoso, humilde, totalmente implicado en su trabajo y se
cuidaba mucho. Además, sabía cocinar de maravilla y se desenvolvía muy bien con
las faenas de la casa. Conforme lo iba conociendo, mas convencida estaba de
haber encontrado al hombre perfecto y tenía que ser para ella.
Lola
supo conquistarlo, pero no sabía que no tenía que haberse esforzado, ya que lo
había enamorado desde el primer momento en el que se conocieron y sus ojos se
encontraron. Fue su dulce y cálida mirada lo que hizo que él cayera rendido.
Ambos llegaban a sus casas y no podían dejar de pensar en el otro, deseando que
comenzara un nuevo día, para volver a encontrarse y estar juntos. El tiempo
pasaba demasiado rápido cuando se encontraban trabajando mano a mano sobre un
caso. Pero cuando la jornada se terminaba y los dos se separaban, el tiempo
parecía avanzar con extremada lentitud. Se planteaban el llamarse, buscando
cualquier excusa para hacerlo. Sin embargo, ninguno de los dos marcaba el
número.
Cuando
terminó el último caso en el que iban a trabajar juntos, ya que ella se había
estado ganando su buena reputación como abogada y solicitaban sus servicios
otros casos de mayor gravedad, los dos se despidieron al salir de los juzgados.
Dos besos en las mejillas, unas cuantas miradas y unas sonrisas tímidas, hizo
que cada uno se fuera por su lado.
Aquella
noche, Lola se encontraba sentada en el sofá de su casa, viendo una película de
amor y llorando a moco tendido. No podía creer que no hubiera sido capaz de
proponerle quedar para tomar algo juntos. Cualquier cosa que no impidiera el
seguir estando en contacto, aunque no fueran a trabajar en más casos. Veía a la
protagonista de la película y le decía que no fuera tonta y que no le dejara
escapar, que tenía que morir con él o ayudarle a subir a su tabla. Estaba viendo
“Titanic” y siempre lloraba en la parte
en la que Dicaprio moría salvándole la vida al amor de su vida, sin separarse
ni un instante de ella.
De
pronto sonó el timbre y Lola, con un pañuelo entre sus manos, se levantó del
sofá y se dirigió hacia la puerta, mientras se sonaba los mocos y se secaba los
lagrimones que le caían de los ojos. Al abrir, vio a Edward allí plantado,
delante de ella, con el pelo completamente mojado y la ropa chorreando. Su
respiración estaba muy agitada, como si hubiera ido corriendo y trataba de
acompasar los latidos de su corazón, ya que daba la impresión de que se le iba
a salir del pecho.
-
Lo siento, lo siento mucho, pero he olvidado darte una cosa. – Confesó.
-
¿El qué? – Preguntó ella, con los ojos llorosos y la voz temblorosa.
Entonces,
Edward acunó su rostro entre sus frías y mojadas manos y la besó, como nunca
nadie la había besado antes.
Hicieron
el amor toda la noche, porque no podían dejar de amarse y al sonar el
despertador, los dos se miraron a los ojos, con una gran sonrisa en sus labios
y una gran tristeza en el corazón, porque tenían que separarse para ir a
trabajar. Todo era tan maravilloso, que creían estar viviendo en un sueño y
temían despertar algún día.
Su
relación iba a la perfección, se compraron una bonita casa en las afueras de la
ciudad, con un amplio jardín, pensando en que sería un lugar ideal para formar
una familia. Edward quería tener varios perros y un conejo pequeñito. Ella se
sorprendió al saberlo, porque nunca se hubiera imaginado que un hombre quisiera
tener un animal como ese de mascota. Él le confesó que de pequeño siempre quiso
tener un conejito, porque tuvieron uno de mascota en su clase y le cogió mucho
cariño, pero solo lo tuvieron unos días, porque su maestra les dijo que todos
los niños le estresaban y eso era muy malo para el pequeño conejo. Así que les
pidió uno a sus padres, incluso a los reyes magos, pero nunca se lo compraron.
En su casa eran muy pobres y no podían permitirse tener otra boca que
alimentar. Él solo era un niño y al principio eso no lo podía entender, así que
solo le decían cosas como que los conejitos debían vivir en casas con jardines
para poder correr y ser felices. De esa forma le convencieron y la idea de
tener un conejito la dejó pasar. Pero entonces quiso una casa con jardín, para
poder tener un conejito.
Lola
sonrió al escuchar esa historia que formaba parte de su infancia, porque le
hacía más dulce de lo que ya era el hombre.
No le negó el deseo de tener un conejito como mascota, aunque primero
debía decorar y amueblar la nueva casa.
La
convivencia era estupenda, los dos se compenetraban a la perfección. Estaban
hechos el uno al otro. Edward la trataba como a una princesa, siempre le
preparaba el desayuno y hablaban mientras se lo tomaban. El trabajo nunca
entraba en la casa, solo sus ganas de estar juntos y de seguir avanzando en la
vida, como uno solo. Después cada uno se iba a su trabajo y aunque no se veían
hasta la noche, siempre tenían tiempo para mandarse algún que otro mensaje
bonito. Un “te echo tanto de menos” “te quiero más que a mi vida” “Deseo ser la
madre de tus hijos” “Eres un bobo increíble, ya que la madre sería yo” “quiero
un conejito para reyes” “desearía besarte en este mismo instante” “Estoy en la
puerta de tu despacho y te veo tan hermosa”
Frases
que siempre conseguían que mostrasen una gran sonrisa y que se sintieran muy
afortunados por tenerse el uno al otro. Todo era perfecto. Pero, en este mundo
no hay nada perfecto para nadie, solo
momentos, segundos, minutos u horas…
Todo
sucedió muy rápido, pero para Lola fue como si el tiempo se hubiera detenido en
aquel amargo momento. Ambos iban juntos en el coche, enamorados y felices se
dirigían hacia el juzgado, donde, haciendo una de sus locuras, iban a casarse
en secreto. Después ya harían una boda por todo lo alto, para que ella pudiera
vestirse de blanco y todas sus amigas y familiares pudieran verla. Y donde él la vería acercarse a paso lento,
con su precioso vestido de novia, su hermosa sonrisa y su elegante peinado y
creería que le había caído un ángel del cielo. Para entonces ya serían marido y
mujer, pero eso no les importaba, porque solo querían pertenecer el uno al
otro.
Iban
hablando sobre la locura que iban a cometer y las caras que pondrían los demás
cuando se lo contasen. Edward la miró un instante, con los ojos azules
brillando de alegría y mostrando una dulce sonrisa. Le dijo lo mucho que la
quería y al volver la mirada hacia delante, Lola vio como su rostro mostraba
una expresión de pánico. En una décima de segundo, todo pasó. Recibió un fuerte
golpe y al abrir los ojos, vio que se encontraba tumbada sobre la carretera.
Giró la cabeza hacia su lado derecho y vio mucha gente, bomberos, policías,
fuego. Todo era un caos y no entendía lo que estaba pasando. Sintió miedo y al
mover la cabeza hacia el otro lado, vio a Edward tumbado en el suelo a poca
distancia de ella. Dos hombres le estaban atendiendo y entonces le colocaron
las placas en el pecho y trataron de reanimarlo. No, no podía perderlo. Se
esforzó por levantarse del suelo, a pesar de que le dolía todo el cuerpo y un policía la agarró, impidiendo que se
acercara a él, ordenándole que se quedara en el suelo, ya que había recibido un
buen golpe. Ella lloraba desesperadamente y suplicaba que la dejara acercarse a
él. Pero solo la soltó, cuando vio que los dos hombres de la ambulancia se
apartaban del hombre. Entonces corrió hacia él y se arrodilló a su lado. Se
quedó horrorizada al ver que estaba lleno de sangre por todas partes. Sin
embargo, eso no le impidió abrazarle, mientras lloraba desconsolada y pedía que
le ayudaran. Parecía que nadie le hacía caso y la ignoraban, hasta que ella
misma trató de reanimarlo. Besó sus labios por última vez, con la intención de
darle su aire y hacerle respirar de nuevo. Entonces alguien la agarró por
detrás, la levantó del suelo y la apartó de él, diciéndole que no había nada
que hacer, que era demasiado tarde, ya que murió en el momento del impacto.
Mientras la alejaban de él, mantenía la mirada fija en el amor de su vida y
pensaba que no podía ser que no fuera a volver a verle.
El
día del entierro, mientras el cura daba la misa y escuchaba los lloros de la
que iba a ser su suegra, ella estaba completamente inmóvil, mirando fijamente
el ataúd. En su cabeza pasaban pensamientos como que no se podía creer que
Edward estuviera allí metido. Que se sentiría muy agobiado en un espacio tan
pequeño, ya que siempre le gustó estar al aire libre. Pensaba que no iba a
poder ayudar a más niños. Que no habían llegado a casarse…y eso, eso fue lo que
hizo que su corazón se detuviera. Solo fue una décima de segundo, pero ella
creyó morir y todo su mundo cambió por completo.>
Habían
transcurrido cinco años desde lo ocurrido y todavía no había podido dejar de
amarle. Por eso utilizaba a los hombres sexualmente, incapaz de enamorarse, ni
de abrir su corazón a nadie.
Nunca
regresó a la casa en la que habían vivido juntos. Seguía siendo suya, pero
estaba completamente cerrada y abandonada, sin saber cómo se encontraría. Sabía
que si volvía allí, todos sus recuerdos la atormentarían y sería incapaz de
continuar con su vida. Por eso se compró un piso, pequeño, elegante y acogedor.
Lo comparte con su mascota, un precioso conejito de color marrón y blanco,
llamado Ron, como su bebida preferida.
Volvió
al presente, cuando escuchó vibrar de nuevo su móvil. Movió el ratón del
ordenador para que la foto desapareciera de la pantalla y cogió el móvil que se
encontraba sobre el desordenado escritorio. Lo miró y mostró una gran sonrisa.
………………………
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