domingo, 11 de noviembre de 2012

Novela del grupo

Hola gente!!
Aquí voy a dejar una parte de mi nueva novela que estoy intentando construir y que no se si funcionará, pero de momento va arrancando. Es la mitad del primer capítulo, porque no me podía esperar más y como algunas de mis amigas no pueden verlo y lo están deseando. Lo dejo en mi blog para que entren y lo lean. Espero que aquellos que le echeis un vistazo os guste. Un besazo!!

Capítulo 1

Todo comenzó el 23 de julio del 2012, cuando el móvil de seis chicas sonó a la vez, en distintos puntos de Valencia. Se ha creado un grupo de whatsapp en el que se las reúne a todas, junto con la creadora, Mireia Cotino.
Todas comienzan a saludarse con alegría y sorpresa, algunas desconocen el número de otras, pero preguntando se van aclarando. Siete chicas, siete antiguas amigas de la infancia, que por circunstancias de la vida se separaron al terminar el colegio.
Mireia Cotino, nacida el 6 de mayo de 1986, veintiséis años de edad. Terminó sus estudios en Valencia y se marchó a Gilet, donde vive junto con su familia; su madre, su hermana, su hermano y su abuela. Trabaja en el único colegio que hay, como profesora de parvulario. Comparte piso con su querida mascota, una pequeña yorkshire mini, llamada Canela.
Es una chica alegre, muy sonriente, tímida, fuerte como para cuidar de su hermana mayor, como si fuera la pequeña. No puede evitar reflexionar sobre todo, aunque nunca suele llegar a una decisión, lo que la convierte en indecisa. Por eso, necesita el consejo y la aprobación de sus buenas amigas. Ella misma se considera una persona inaccesible emocionalmente, pero, hay cosas que empezarán a cambiar en su vida, tras reencontrarse con sus amigas de la infancia…
Su vida profesional es todo un éxito, porque ama lo que hace y adora a los niños. Pero no puede decir lo mismo de su vida amorosa, ya que parecía que su relación iba muy encarrilada hacia el matrimonio. Pues compartía sentimientos con el profesor de gimnasia. Isaac, un joven deportista que acabó convirtiéndose en profesor de gimnasia y va rompiendo corazones entre sus alumnas más mayores. Adolescentes con las hormonas revolucionadas y difíciles de controlar. Una mala combinación. Pero sabe cómo controlarlas, sin tener que castigar, ni levantar la voz. Con su carismática y atractiva sonrisa, las deja a todas hipnotizadas. Con sus pequeños ojos marrones, que miran con tanta dulzura, que las derrite. Y su cuerpo, perfectamente esculpido en piedra, hace que todas babeen por cada centímetro de su morena piel. Además, en sus clases se viste con un pantalón de chándal, deportivas y una camiseta negra de tirantes. Pero al terminar, el joven muchacho se convierte en todo un modelo, con sus pantalones vaqueros, su camiseta blanca de manga corta y su chaqueta, con las mangas remangadas hasta los codos. El pelo corto y moreno, mojado de haberse dado una buena ducha después del ejercicio.
El muchacho sabe que quiere estar con Mireia y a pesar de su juventud, pues él tiene varios años menos que ella, piensa en un futuro a su lado. Ir más allá de los encuentros románticos y los momentos más calientes. Vivir juntos, comprometerse, casarse y formar una familia.  Su relación parece ir bien encaminada hacia lo que, en un principio, desean conseguir los dos. Pero, Mireia no se esperaba lo que iba a suceder.
Una mañana de trabajo, estuvo observando a uno de sus pequeños alumnos y se dio cuenta de que algo le pasaba. El niño estaba triste y muy apagado. No quería jugar a nada, ni con nadie y no se movía del rincón de la clase. Ella se acercó al pequeño, se acuclilló delante de él y trató de saber lo que le sucedía. Pero el niño no hablaba, ni se le veía con intención de hacerlo por más que ella insistiera. Ni el chantaje con los caramelos y chocolatinas funcionaba. Preocupada por él, decidió llamar a sus padres.
Al terminar el recreo, los dejó al cuidado de otra profesora y se marchó a la secretaría. Primero marcó al número fijo que le ponía en su ficha y al ver que nadie lo cogía, marcó el móvil. Entonces lo descolgó un hombre, con una voz muy suave. Se identificó como el padre del niño y tras escuchar las preocupaciones de Mireia, el hombre accedió a quedar con ella, tras acabar las clases. Contenta con el resultado de su llamada y el interés que presintió del padre, regresó a la clase. Mientras todos los pequeños coloreaban lo que más les apetecía, Mireia continuaba observando a Tomás. No había ningún cambio en él. Estaba sentadito en su pupitre, con los brazos cruzados y la mirada fija en el folio en blanco que había delante de él.
Cuando el timbre sonó, finalizando la última clase del día, todos los niños se pusieron en pie y salieron corriendo. Mireia trataba de tranquilizarles para que salieran más despacio y que ninguno se cayera al suelo, ni se empujaran. Pero aquel rebaño de pequeños monstruitos, hambrientos y deseosos de merendar e ir al parque, no había palabra que pudiera hacer que se calmaran. Ella solía salir detrás de todos los niños, para ver y saludar a sus madres o familiares que iban a recogerlos y que los esperaban en el recreo. Pero en aquella ocasión no pudo hacerlo, ya que cuando se disponía a salir, apareció un hombre delante de ella. Se presentó como Adolfo Herrero, el padre del pequeño Tomás.
- Usted debe de ser la señorita Cotino. – Afirmó el hombre, extendiéndole la mano derecha.
Mireia asintió con la cabeza y le estrechó la mano. Solo fue un segundo, el momento en el que sintió la calidez y la suavidad de su piel. Sus miradas se encontraron y se perdió en la profundidad que había en sus almendrados ojos, con esa penetrante mirada. Tuvo la sensación de haber estado horas en aquella situación, pero solo fue un segundo lo que duró.
- Por favor, tome asiento señor Herrero. – Apartó la mirada y le invitó a que entrara en el aula, sintiendo el calor en sus mejillas.
- Llámeme Adolfo. – Pidió el hombre, entrando en el aula y sentándose delante de la mesa de la profesora.
- Si vamos a tutearnos, mi nombre es Mireia. – Ella se sentó en su cómoda silla de profesora.
Mireia le explicó el motivo de su preocupación, ya que Tomás siempre había sido un niño muy sociable, le gustaba mucho dibujar y en el recreo no paraba de jugar con los demás. Pero en aquella ocasión, no había hecho absolutamente nada de eso.
El señor Herrero le confesó que se estaba divorciando de su mujer, que él se había marchado de casa y que eso podría estar afectando a su hijo.
La palabra divorcio hizo que Mireia se fijara bien en el hombre, mientras le escuchaba en silencio y asentía de vez en cuando con la cabeza, para indicarle que estaba siguiendo la conversación. Pero no podía evitar que su mente fantaseara con él y es que era un hombre muy atractivo, con unos ojos muy expresivos, con una profundidad que invitaba a la relajación y la calma. Sus labios parecían tan apetecibles de besar, sobre todo cuando sacaba la lengua disimuladamente, para humedecerlos. Tan carnosos, que hasta sentía la necesidad de morderlos. Encima olía tan bien, que resultaba imposible resistirse a la tentación de lanzarse a sus brazos. Pero Mireia mantuvo la compostura y aunque su mente se permitía el fantasear con aquel hombre, en cómo sería su cuerpo, ella se esforzaba por atenderle correctamente. Parecía algo sencillo, pero cuando el hombre esperaba que ella dijera algo, las palabras se le trababan en la lengua y a veces soltaba alguna barbaridad, como “te mordería” en lugar de “le leería” Hablando, por supuesto, en todo momento de las cosas que podrían ayudarle a que su hijo llevara mejor la separación. Tampoco ayudaba mucho que el señor Herrero entendiera perfectamente lo que ella decía por error y mostrara una sonrisa atractiva y seductora. Claramente era una señal de “estoy encantado de hacer que te confundas y quiero más”
Habiendo aclarado el asunto del pequeño Tomás, aparentemente, no quedaba nada más de lo que hablar. Así que el señor Herrero se puso en pie y se dirigió hacia la puerta, seguido por la profesora. Bajo el marco se dio la vuelta y se despidió de ella. Instintivamente, Mireia fue a darle dos besos en las mejillas, pero al acercarse, su pecho chocó con algo y al bajar la mirada, vio que se trataba de la mano abierta del hombre. Mostrando que iba a despedirse cordialmente, con un estrechón de manos, tal y como se habían presentado. Una vez más, el señor Herrero mostró esa sonrisa divertida y traviesa, que decía “no has podido resistirte ¿verdad?”
Mireia le dio la mano, mostrando una sonrisa tímida, en la que claramente decía “tierra trágame” y vio como el atractivo hombre se alejaba. Agradecía poder observarlo con tranquilidad, porque tenía un culo perfecto, que incitaba a darle un buen pellizco. Además, se vestía tan bien, tan arreglado con su traje, camisa y hasta corbata. Lo mejor de todo era que le sentaba de maravilla, porque tenía una buena espalda para lucir el traje.
Pensando que nadie la observaba, se permitía volver a fantasear con el hombre. Entonces sintió un pequeño beso en la mejilla y al volver a la realidad, sobresaltada al haber sido sorprendida mientras fantaseaba de una forma poco inocente, vio que se trataba de Isaac.
El muchacho había ido a buscarla para ver si quería que fuera a pasar la noche en su casa. Una cena romántica, la cual estaría dispuesto a preparar él, una película y lo que surgiera después, algo que claramente significaba “sexo” Sin embargo, Mireia no aceptó la propuesta, ni siquiera se sintió tentada por una noche romántica, tranquila y llena de pasión. Así que prefirió marcharse sola a casa, prepararse la cena ella misma, ver un poco de tele y dormir. Ese era el plan que tenía pensado, pero al sentarse en el cómodo sofá de su casa, se quedó mirando la oscura pantalla del televisor y se puso a recordar el pasado. Tenía cierta manía a mirar hacia atrás y a sentir la melancolía de los buenos momentos de su vida. Se sentía muy confusa al haber fantaseado de aquella forma con el padre de uno de sus alumnos y haber rechazado una increíble noche con el chico que parecía ser el hombre de su vida. Cogió el móvil y abrió la puerta del pasado.
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En el autocine del saler suena un móvil de una chica a la que se le ha olvidado silenciarlo y mientras ella sonríe al mirarlo, todo el mundo le sisea para que vuelva el silencio.
Adriana Llanes, una joven de 26 años. Nacida el 19 de diciembre de 1985. Es una chica habladora, chula, con carácter, coqueta, exigente y desconfiada con los hombres. Terminó sus estudios y convirtiéndose en una peluquera de éxito, montó su propia peluquería. Su negocio creció tanto, que tuvo que contratar a varias peluqueras e incluso a un aprendiz que aseguraba que la adoraba. No contenta con eso, se convirtió en una gran asesora de moda, lo cual ayudaba a que su clientela aumentara, porque les hacía un increíble peinado y les aconsejaba sobre la ropa que mejor les quedaba.
Se independizó en cuanto las cosas le empezaron a ir bien y se compró un lujoso loft de dos pisos, el cual compartía con su preciosa perrita Queen. Un elegante crestado chino, con la piel negra y el pelo de la cabeza, la punta de la cola y las patitas en blanco. Lucía un bonito collar de brillantes y solía ponerle ropa muy pija. Se la llevaba a todas partes, sobre todo a la peluquería, ya que pasaba el mayor tiempo de su vida allí metida y no quería dejarla sola en casa.
El chico que estaba a su lado en el autocine, prestando toda su atención a la película que había ido a ver, no era más que su futuro ex novio. Lo tenía muy claro, solo le faltaba dar el paso. Porque era un poco joven para ella, no solo de edad, sino que también de mentalidad y eso hacía que aquella relación no fuera a ninguna parte. Sentía que estaba perdiendo el tiempo a su lado, aunque tampoco podía evitar estarlo, ya que tenía un buen cuerpo, era guapo y cariñoso. Pero no era suficiente para ella y podían más sus defectos, como el hecho de olvidarse de llamarla cuando se lo había prometido, mientras se divertía con sus amigos, lejos de ella.
Adriana era joven, pero tenía un buen trabajo, con increíbles ingresos económicos y vivía en su propia casa, la cual ya estaba completamente pagada. Así que no era de extrañar que deseara tener un hombre a su lado. Alguien que estuviera preparado para empezar una relación seria, que se implicara totalmente en ella y que deseara formar una familia. Y es que Adriana era una mujer muy familiar, que solía cuidar a su hermano pequeño, como si ella fuera la madre, a pesar de que sus padres lo hacían perfectamente. Pero era algo que no podía evitar.
Su novio, Eloy, le dedicó una breve mirada y al verla escribiendo en el móvil, le pidió que hiciera el favor de apagarlo y centrarse en la película. Ella lo ignoró, pues aquello era mucho más importante que aquella película, incluso que él mismo.
El muchacho volvió a fijarse en ella y al ver que seguía escribiendo en el móvil, quiso saber con quién se estaba intercambiando mensajes y a qué venían sus pequeñas sonrisas. Adriana le miró a los ojos, no dijo nada y lo dijo todo a la vez. “¿A ti qué coño te importa?” Eso era lo que en realidad no dijo, pero expresó con su enfadada mirada. Sin embargo, el muchacho entendió que no respondía, porque estaba intentando inventarse algo, para no decirle que estaba tonteando con alguno de sus muchos amigos. Su error fue insistir de una forma posesiva. Ya no le preguntaba quién era, sino que le exigía que le dijera con quién se estaba escribiendo. Aquello hizo que Adriana sacara ese genio que solía tener dormido y volvió a dedicarle una enfadada mirada, con la que le estaba diciendo “me estás hinchando las narices ya” Pero respiró, soltó un resoplido y comprendió que sus miradas a él no le decían nada, pues era un hombre y no entendería lo que significaban.
- Llévame a casa. – Le dijo con seriedad, pero respirando para no acabar alterándose.
- Pero si no ha terminado la película. – Renegó él.
- He dicho que me lleves a casa. – Insistió, apretando los dientes para controlar la rabia.
- ¿Tan importante es quien te está escribiendo, que no puede esperar? – Preguntó en un susurro, mientras encendía el motor del coche.
Adriana no respondió a eso, pero sí, su buena amiga de la infancia, Mireia, era más importante que estar viendo la película con él y es que todo empezaba a ser más importante que estar a su lado. Cualquier pequeña cosa empezaba a ser una gran excusa para no quedar con su novio. Pero, en aquella ocasión, no era una excusa, porque su amiga la necesitaba, estaba triste, melancólica y confusa. No dejaba de recordar a sus amigas del colegio y sentía que las necesitaba. Algo en su interior le decía que debía estar con ellas y que ellas serían las personas que mejor la comprenderían y la ayudarían.
Al llegar a casa, su pequeña perrita Queen, salió corriendo para recibirla con alegría. Siempre hacía que le saliera una gran sonrisa al verla acercarse, moviendo la colita y caminando con elegancia. No había nada mejor en su vida, que esa perrita, tan dulce y cariñosa. La cogió entre sus brazos y dejó que le diera un pequeño lametazo en la mejilla. Después dejó el bolso en el suelo, se quitó los zapatos y fue descalza hasta el sofá. Se recostó en él, dejando a Queen sobre sus rodillas y comenzó a llorar. ¿Por qué? ¿Quién lo sabe? Ni ella misma lo comprendía, porque quería su novio, pero a la vez no quería estar con él. Era difícil de entender y se sentía muy confusa.
De repente comenzó a sonar su móvil, no era un mensaje, sino una llamada. Lo sacó del bolsillo del abrigo, el cual todavía llevaba puesto y al mirar la pantalla, vio el nombre de su aprendiz. Enseguida lo descolgó y con voz llorosa preguntó quién era, como si no lo supiera ya. Supongo que es instintivo e irremediable. El joven aprendiz respondió, haciéndole saber que era él y después colgó. Adriana se apartó el móvil de la oreja y volvió a mirar la pantalla. Se quedó sorprendida al ver que había colgado, aunque quiso pensar que se había cortado y que no tardaría en volver a llamar. Dejó el móvil sobre su tripa y continuó acariciando a la pequeña Queen, mientras las lágrimas se escapaban de sus ojos en silencio.
La casa estaba a oscuras, no se había molestado ni en encender una lamparita y se había quedado medio dormida en el sofá, con su dulce e inseparable perrita encima. Mientras la acariciaba lentamente, el timbre sonó varias veces. Adriana miró el reloj de su muñeca y vio que era un poco tarde para una visita. Volvió a dejar la mano sobre la cabeza peludita de su pequeña y dulce Queen e ignoró el timbre. Sin embargo, volvió a sonar una vez más y tras la puerta escuchó una voz que le resultaba muy familiar. Solo pensó, que por favor no fuera Eloy, porque no tenía ningunas ganas de hablar con él. No era el momento adecuado para que fuera a disculparse o para acabar discutiendo.
Finalmente Adriana se levantó del sofá, sosteniendo a la perrita en sus brazos. La dejó en el suelo y fue hacia la puerta. Al abrirla vio a su guapo y atractivo aprendiz. No tenía ningún sentido, pero aquello significó mucho para ella y no pudo evitar echarse a llorar. Saúl, que así se llamaba su joven aprendiz, se acercó a ella y la estrechó entre sus brazos. Que confortable se sentía en su pecho, oliendo esa colonia tan irresistible, que invitaba a que te lanzaras al cuello, como si fueras un vampiro. No quería, ni podía apartarse de él, porque había conseguido que sintiera una paz y una tranquilidad, que hacía mucho tiempo que su novio no le hacía sentir entre sus brazos. Era como si no hubiera nada más en el mundo, solo ellos dos. Aquella magia que les envolvía, hizo que estuvieran unos largos minutos abrazados. Ella con su rostro oculto en su fuerte pecho y él, con la mejilla apoyada en su cabeza. Parecía que ninguno de los dos quería separarse del otro, hasta que el joven colocó sus manos sobre los hombros de Adriana e hizo que se separara un poco de su cuerpo. Ella levantó la cabeza y sus miradas se encontraron. Ambos podían sentir sus respiraciones agitadas y los nerviosos latidos del corazón. Adriana fue la primera en apartar la mirada, para fijarse en sus finos y húmedos labios. En aquellos momentos pensó < ¿Y si le beso? >
Empezó a sentir un agradable cosquilleo en su estómago y a la vez era un nudo que se lo cerraba con fuerza. Su corazón golpeaba tan fuerte, que parecía que quisiera salirse del pecho. Las manos le sudaban y no sabía qué hacer. ¿Alejarse de él? Si, era eso lo que debía, más que nada para dejarle entrar en la casa y poder cerrar la puerta. Pero, no quería apartar sus manos de su pecho, tan firme y duro, que daban ganas de arrancarle la camisa de un tirón, haciendo saltar todos y cada uno de los botones.
Cuando Saúl apartó sus manos, ella levantó de nuevo la mirada y se fijó en sus pequeños y castaños ojos. Tenía una mirada tan dulce y mostró una sonrisa tan tierna, que solo podía pensar en besar esos labios de una vez. Sin embargo, tuvo que apartar la mirada, porque sentía que no sería capaz de controlarse, si seguía estando tan cerca de él. Bajó la cabeza, se apartó y le dio la espalda, dirigiéndose hacia el sofá. Se sentó en uno de los extremos, acurrucada, con las rodillas pegadas al pecho y los brazos rodeando las piernas. Volvió la mirada hacia su joven aprendiz y le vio cerrar la puerta de la casa, agacharse para saludar con simpatía a su pequeña perrita y caminar hacia ella. Su rostro era tan joven y atractivo, a la vez que dulce y tierno. El muchacho se sentó en el otro extremo del sofá, girado hacia ella y con la mirada fija en sus rojos y llorosos ojos.
- Dime cielo ¿qué te ocurre? – Preguntó Saúl, mostrando su preocupación.
- ¿Por qué piensas que me pasa algo? – Esquivó la pregunta.
Saúl mostró una pequeña y atractiva sonrisa.
-Me ofendes, cielo. – Volvió a sonreír. – Lo noté en tu voz cuando te llamé y por eso decidí venir para ver si estabas bien, lo que es evidente que no.
- ¿Qué? ¿Por qué dices eso? – Se sorprendió Adriana, continuando con su interrogatorio, con el único fin de retrasar la respuesta de lo que le sucedía.
- Cariño, tienes los ojos hinchados y rojos de llorar. Estas echa un adefesio, cielo. – Respondió con gran sinceridad.
Adriana cerró los ojos y apoyó la barbilla sobre sus rodillas. Saúl extendió el brazo derecho y le acarició el rostro con la mano. Ella sintió la suavidad de su piel y se dejó acariciar, solo por el placer de seguir sintiéndole. Gracias a no abrir los ojos, ni intentar hacerle creer lo contrario, el joven la cogió de los brazos y la estiró hacia él, haciendo que Adriana cayera sobre su cuerpo. Los dos tumbados en el sofá, él la rodeó con sus brazos y dejó la cabeza apoyada en uno de los cojines. Ella se sorprendió al principio, pero después se quedó con la cara apoyada sobre su pecho y volvió a cerrar los ojos.
                        …………………..

En el bufet de abogados “E & M“ trabajaba una abogada muy famosa en divorcios, ya que nunca había perdido un juicio en sus pocos años de profesión. Todos decían que era una pantera, que devoraba a sus contrincantes, dejándoles sin nada. No tenía piedad alguna y es que le pagaban una buena cifra, como para esforzarse al máximo y sacar su lado más salvaje y frio que había en ella. Pero aquellos que la conocían de verdad, sabían que en el fondo era una buena persona, algo tímida, pero a la vez seductora, con esos grandes ojos verdes, era capaz de conquistar a cualquier hombre que se le antojase. Su mirada mostraba su lado más travieso, aquel que escondía bajo una tímida sonrisa. Le gustaba jugar con los hombres, antes de saber si merecía la pena acostarse con ellos y es que le encantaba llevar, en todo momento, el control de la situación. Nunca se permitía el lujo de enamorarse, tan solo los utilizaba sexualmente y después los mandaba a sus casas. No quería complicaciones. No importaba cuanto se esforzasen por hacerla sentir algo más, por intentar conquistarla, porque su corazón estaba cubierto por una gruesa capa de acero.
Una mañana de julio, se encontraba en su despacho, trabajando en un caso que veía un poco complicado. Sin ninguna duda, era de los más difíciles con los que se había encontrado en su vida, pero no por eso le resultaba imposible de ganar. La puerta estaba cerrada, dejando ver a los que se encontraban fuera, el fino y elegante cartel en el que ponía su nombre; Lola Bueno. Aunque muchas veces se planteó el omitir su apellido, ya que, era buena con sus clientes, pero cruel con el lado opuesto. Sin embargo, era parte de ella y realmente le hacía justicia, porque era buena persona y era buena en su trabajo. Así que dejó que se lo pusieran en la puerta, donde todo el mundo podía verlo.
No se esperaba que su móvil sonase a esas horas de la mañana, no es que fuera temprano, pero tampoco era una en la que estuviera en el descanso y quienes le conocían lo sabían. A pesar de su pequeña curiosidad, no lo miró, pues se convenció de que sería su madre y puesto que era un mensaje, no podía ser nada urgente. Necesitaba concentrarse al máximo en lo que estaba estudiando sobre el caso, pero a la vez se sentía un poco agobiada. Llevaba varios días sin dejar de observar aquellos papeles que le había entregado su cliente, tratando de encontrar un error que la hiciera ganar el juicio. Pero, por más que los leía, no había nada. Empezaba a sentir la rabia y el estrés en su interior, porque quería ganar a toda costa, quería seguir siendo la pantera que no había perdido nunca.
Golpearon varias veces la puerta y ella sonrió, sin levantar la mirada de la pantalla de su ordenador. Por la llamada imitando una pequeña parte de la melodía de una canción, sabía que se trataba de su joven secretario. Alfonso abrió la puerta y entró en el despacho, luciendo una gran sonrisa, mostrando sus blancos y perfectos dientes. Se dio cuenta de que no iba a dejar de leer para fijarse en él, así que se acercó a su gran escritorio, apoyó las manos sobre él y se asomó por encima de la pantalla del ordenador.
- Buenos días, jefa. – Continuaba mostrando su gran sonrisa y mantenía la mirada fija en el bonito rostro de la abogada.
- Te he dejado bien claro que no quiero que nadie me moleste hoy. – Dijo con seriedad, con la mirada fija en la pantalla del ordenador. Era como si nada pudiera hacer que la apartara de su trabajo.
- Y así lo he transmitido a los demás. – Respondió.
Alfonso volvió a erguir la espalda, rodeó el escritorio y se acercó hasta donde ella estaba. Sin decir nada, giró la cómoda silla de su jefa y ella al fin levantó la cabeza y se fijó en él. La cogió de la mano que tenía más cercana y de un tirón la levantó de la silla, haciendo que sus cuerpos estuvieran juntos. La rodeó con sus fuertes brazos y acercó los labios a los suyos. Le hizo creer que iba a besarla y cuando estaba seguro de que ella iba a participar en el beso, desvió sus labios hacia su oreja y le susurró.
- Quiero hacerte el amor en este mismo instante  y quiero oírte gritar de placer, hasta que a tus pulmones no les quede aire.
Un escalofrío recorrió cada centímetro de la piel de Lola, mientras él la cogió por la cintura, la levantó del suelo y la sentó sobre el escritorio. La manejaba como si fuera una muñeca y ella se dejaba, porque no podía resistirse a sus palabras susurrantes, que solo con oírlas ya sintió un cosquilleo por su cuerpo. Su rostro era tan atractivo y su mirada tan seductora. Además, no tardó en abrirse la camisa y mostrarle su fuerte y depilado pecho. Colocó las manos sobre sus cálidas piernas y comenzó a acariciarlas hacia arriba, subiéndole, a su vez, la falda. Sus movimientos eran muy lentos y el tacto de las palmas de sus manos era suave. Hacía que Lola se estremeciera por dentro e instintivamente sus piernas se fueron separando la una de la otra.
Alfonso comenzó a besarle el cuello, mientras le acariciaba los pechos. Lola no podía hacer nada, estaba completamente poseída por el placer que le estaba proporcionando su joven secretario, preguntándose cuándo se había vuelto tan seductor, tan paciente en sus movimientos, sus caricias y sus besos. Sabía que aquello no era bueno para ella, porque la podría hacer sentir algo más por él y eso era lo último que deseaba. Pero en aquellos momentos, su mente no razonaba y su corazón solo la empujaba a que continuara. Apoyando las manos sobre el escritorio y echando la cabeza hacia atrás, dejó que el muchacho la poseyera por completo, desabrochándole la camisa, presionando sus pechos con firmeza, pero a la vez, con suavidad. Besando cada centímetro de su piel y cuando la vio completamente entregada, se desabrochó el pantalón y dejó que callera al suelo. Se bajó los boxes y se unió a ella. Sus movimientos comenzaron a ser lentos y suaves, hasta que ella le pidió más en susurros de placer. Entonces la cogió por la cintura y moviéndola como a una muñeca, comenzó a ser más agresivo en sus movimientos, pero completamente placentero para ella.
Aquella alocada y salvaje forma de haber practicado el sexo, hizo que Lola viera en Alfonso a un nuevo chico, algo en él había cambiado, era como si empezara entrar en su juego, como si empezara a sentirse más liberado por la pasión y la gran atracción que aseguraba sentir por ella.
Mientras Lola se arreglaba la camisa, el joven secretario trató de darle un beso en los labios y ella apartó la cara, impidiendo que se le acercara.
-¿Por qué eres tan fría? – Preguntó el muchacho, mientras se abrochaba la camisa.
Lola mostró una sonrisa torcida.
- ¿Tengo que recordarte que tienes novia?
- Eso no te impide acostarte conmigo. – Respondió Alfonso, subiéndose los pantalones y abrochándose el cinturón.
- No, claro que no. Pero ya sabes que solo es sexo, de ahí no va a pasar. – Aseguró ella, completamente convencida de lo que decía.
- Si dejo a mi novia ¿te fugarías conmigo? - Mostró una gran sonrisa, confiado en que ella aceptaría.
- No. – Respondió con seriedad y de una forma muy tajante. Después le miró a la cara. – Si te interesa seguir así, por mi bien. Si no, esto se acaba aquí.
Alfonso se quedó sin palabras y su rostro se volvió serio. Asintió con la cabeza y terminando de arreglarse la corbata, salió de su despacho, cerrando la puerta de una forma un poco brusca, mostrando su enfado.
Lola volvió a sentarse sobre su cómoda silla, pretendía arreglar los papeles que había sobre su escritorio, pero, en lugar de eso, se quedó mirando la pantalla de su ordenador. Había salido el protector y era la imagen de un hombre muy guapo. Tenía el pelo negro como el carbón, los ojos pequeños y azules. Miraba a la cámara cuando le hicieron aquella foto y luciendo una dulce y encantadora sonrisa, hacía que el color de sus ojos brillase. Tenía un cuerpo bien cuidado y en plena forma. Se encontraba sentado sobre un césped muy bien cuidado y a su alrededor se veían grandes árboles, gente y algún que otro perro. Lo que parecía ser un parque. Vestía una camiseta de manga corta de color blanco y unos pantalones vaqueros. El muchacho tenía sus manos unidas y a la cámara mostraba una pequeña cajita roja. Estaba abierta y en su interior brillaba un bonito y elegante anillo, de oro blanco.
Aquella imagen hizo que Lola se acomodara en su asiento y su mente volviera al pasado.
< Lola acababa de terminar la carrera de derecho, cuando conoció a su jefe. El señor Ramírez. En principio solo iba a hacer las prácticas en su bufet de abogados y le dejó en el departamento de asuntos sociales, donde trabajaría con ellos, defendiendo a los jóvenes menores de edad que se metían en problemas o que tenían problemas con sus padres y los trabajadores sociales recomendaban quitar la custodia a sus padres.
Aquella rama de la abogacía le gustaba, porque sentía y sabía que estaba haciendo algo bueno con los niños que sufrían en el mundo. En su primer día de trabajo, conoció a Edward, el hombre que aparecía en la fotografía de su ordenador. Era un trabajador social que se preocupaba por los niños maltratados, abandonados o perdidos al estar en una casa en la que no recibía ningún tipo de atención y estaba en riesgo de acabar formando parte de grupos de mala gente, donde el único destino sería la muerte o la cárcel.
Edward le mostró el lado más duro por el que pasaban aquellos niños y también la alegría que se sentía cada vez que ayudabas a uno de ellos. Eso fue lo que hizo que Lola se enamorara perdidamente de él. Era un hombre dos años mayor que ella, bueno, dulce, cariñoso, humilde, totalmente implicado en su trabajo y se cuidaba mucho. Además, sabía cocinar de maravilla y se desenvolvía muy bien con las faenas de la casa. Conforme lo iba conociendo, mas convencida estaba de haber encontrado al hombre perfecto y tenía que ser para ella.
Lola supo conquistarlo, pero no sabía que no tenía que haberse esforzado, ya que lo había enamorado desde el primer momento en el que se conocieron y sus ojos se encontraron. Fue su dulce y cálida mirada lo que hizo que él cayera rendido. Ambos llegaban a sus casas y no podían dejar de pensar en el otro, deseando que comenzara un nuevo día, para volver a encontrarse y estar juntos. El tiempo pasaba demasiado rápido cuando se encontraban trabajando mano a mano sobre un caso. Pero cuando la jornada se terminaba y los dos se separaban, el tiempo parecía avanzar con extremada lentitud. Se planteaban el llamarse, buscando cualquier excusa para hacerlo. Sin embargo, ninguno de los dos marcaba el número.
Cuando terminó el último caso en el que iban a trabajar juntos, ya que ella se había estado ganando su buena reputación como abogada y solicitaban sus servicios otros casos de mayor gravedad, los dos se despidieron al salir de los juzgados. Dos besos en las mejillas, unas cuantas miradas y unas sonrisas tímidas, hizo que cada uno se fuera por su lado.
Aquella noche, Lola se encontraba sentada en el sofá de su casa, viendo una película de amor y llorando a moco tendido. No podía creer que no hubiera sido capaz de proponerle quedar para tomar algo juntos. Cualquier cosa que no impidiera el seguir estando en contacto, aunque no fueran a trabajar en más casos. Veía a la protagonista de la película y le decía que no fuera tonta y que no le dejara escapar, que tenía que morir con él o ayudarle a subir a su tabla. Estaba viendo “Titanic”  y siempre lloraba en la parte en la que Dicaprio moría salvándole la vida al amor de su vida, sin separarse ni un instante de ella.
De pronto sonó el timbre y Lola, con un pañuelo entre sus manos, se levantó del sofá y se dirigió hacia la puerta, mientras se sonaba los mocos y se secaba los lagrimones que le caían de los ojos. Al abrir, vio a Edward allí plantado, delante de ella, con el pelo completamente mojado y la ropa chorreando. Su respiración estaba muy agitada, como si hubiera ido corriendo y trataba de acompasar los latidos de su corazón, ya que daba la impresión de que se le iba a salir del pecho.
- Lo siento, lo siento mucho, pero he olvidado darte una cosa. – Confesó.
- ¿El qué? – Preguntó ella, con los ojos llorosos y la voz temblorosa.
Entonces, Edward acunó su rostro entre sus frías y mojadas manos y la besó, como nunca nadie la había besado antes.
Hicieron el amor toda la noche, porque no podían dejar de amarse y al sonar el despertador, los dos se miraron a los ojos, con una gran sonrisa en sus labios y una gran tristeza en el corazón, porque tenían que separarse para ir a trabajar. Todo era tan maravilloso, que creían estar viviendo en un sueño y temían despertar algún día.
Su relación iba a la perfección, se compraron una bonita casa en las afueras de la ciudad, con un amplio jardín, pensando en que sería un lugar ideal para formar una familia. Edward quería tener varios perros y un conejo pequeñito. Ella se sorprendió al saberlo, porque nunca se hubiera imaginado que un hombre quisiera tener un animal como ese de mascota. Él le confesó que de pequeño siempre quiso tener un conejito, porque tuvieron uno de mascota en su clase y le cogió mucho cariño, pero solo lo tuvieron unos días, porque su maestra les dijo que todos los niños le estresaban y eso era muy malo para el pequeño conejo. Así que les pidió uno a sus padres, incluso a los reyes magos, pero nunca se lo compraron. En su casa eran muy pobres y no podían permitirse tener otra boca que alimentar. Él solo era un niño y al principio eso no lo podía entender, así que solo le decían cosas como que los conejitos debían vivir en casas con jardines para poder correr y ser felices. De esa forma le convencieron y la idea de tener un conejito la dejó pasar. Pero entonces quiso una casa con jardín, para poder tener un conejito.
Lola sonrió al escuchar esa historia que formaba parte de su infancia, porque le hacía más dulce de lo que ya era el hombre.  No le negó el deseo de tener un conejito como mascota, aunque primero debía decorar y amueblar la nueva casa.
La convivencia era estupenda, los dos se compenetraban a la perfección. Estaban hechos el uno al otro. Edward la trataba como a una princesa, siempre le preparaba el desayuno y hablaban mientras se lo tomaban. El trabajo nunca entraba en la casa, solo sus ganas de estar juntos y de seguir avanzando en la vida, como uno solo. Después cada uno se iba a su trabajo y aunque no se veían hasta la noche, siempre tenían tiempo para mandarse algún que otro mensaje bonito. Un “te echo tanto de menos” “te quiero más que a mi vida” “Deseo ser la madre de tus hijos” “Eres un bobo increíble, ya que la madre sería yo” “quiero un conejito para reyes” “desearía besarte en este mismo instante” “Estoy en la puerta de tu despacho y te veo tan hermosa”
Frases que siempre conseguían que mostrasen una gran sonrisa y que se sintieran muy afortunados por tenerse el uno al otro. Todo era perfecto. Pero, en este mundo no hay nada perfecto para  nadie, solo momentos, segundos, minutos u horas…
Todo sucedió muy rápido, pero para Lola fue como si el tiempo se hubiera detenido en aquel amargo momento. Ambos iban juntos en el coche, enamorados y felices se dirigían hacia el juzgado, donde, haciendo una de sus locuras, iban a casarse en secreto. Después ya harían una boda por todo lo alto, para que ella pudiera vestirse de blanco y todas sus amigas y familiares pudieran verla.  Y donde él la vería acercarse a paso lento, con su precioso vestido de novia, su hermosa sonrisa y su elegante peinado y creería que le había caído un ángel del cielo. Para entonces ya serían marido y mujer, pero eso no les importaba, porque solo querían pertenecer el uno al otro.
Iban hablando sobre la locura que iban a cometer y las caras que pondrían los demás cuando se lo contasen. Edward la miró un instante, con los ojos azules brillando de alegría y mostrando una dulce sonrisa. Le dijo lo mucho que la quería y al volver la mirada hacia delante, Lola vio como su rostro mostraba una expresión de pánico. En una décima de segundo, todo pasó. Recibió un fuerte golpe y al abrir los ojos, vio que se encontraba tumbada sobre la carretera. Giró la cabeza hacia su lado derecho y vio mucha gente, bomberos, policías, fuego. Todo era un caos y no entendía lo que estaba pasando. Sintió miedo y al mover la cabeza hacia el otro lado, vio a Edward tumbado en el suelo a poca distancia de ella. Dos hombres le estaban atendiendo y entonces le colocaron las placas en el pecho y trataron de reanimarlo. No, no podía perderlo. Se esforzó por levantarse del suelo, a pesar de que le dolía todo el cuerpo  y un policía la agarró, impidiendo que se acercara a él, ordenándole que se quedara en el suelo, ya que había recibido un buen golpe. Ella lloraba desesperadamente y suplicaba que la dejara acercarse a él. Pero solo la soltó, cuando vio que los dos hombres de la ambulancia se apartaban del hombre. Entonces corrió hacia él y se arrodilló a su lado. Se quedó horrorizada al ver que estaba lleno de sangre por todas partes. Sin embargo, eso no le impidió abrazarle, mientras lloraba desconsolada y pedía que le ayudaran. Parecía que nadie le hacía caso y la ignoraban, hasta que ella misma trató de reanimarlo. Besó sus labios por última vez, con la intención de darle su aire y hacerle respirar de nuevo. Entonces alguien la agarró por detrás, la levantó del suelo y la apartó de él, diciéndole que no había nada que hacer, que era demasiado tarde, ya que murió en el momento del impacto. Mientras la alejaban de él, mantenía la mirada fija en el amor de su vida y pensaba que no podía ser que no fuera a volver a verle.
El día del entierro, mientras el cura daba la misa y escuchaba los lloros de la que iba a ser su suegra, ella estaba completamente inmóvil, mirando fijamente el ataúd. En su cabeza pasaban pensamientos como que no se podía creer que Edward estuviera allí metido. Que se sentiría muy agobiado en un espacio tan pequeño, ya que siempre le gustó estar al aire libre. Pensaba que no iba a poder ayudar a más niños. Que no habían llegado a casarse…y eso, eso fue lo que hizo que su corazón se detuviera. Solo fue una décima de segundo, pero ella creyó morir y todo su mundo cambió por completo.>
Habían transcurrido cinco años desde lo ocurrido y todavía no había podido dejar de amarle. Por eso utilizaba a los hombres sexualmente, incapaz de enamorarse, ni de abrir su corazón a nadie.
Nunca regresó a la casa en la que habían vivido juntos. Seguía siendo suya, pero estaba completamente cerrada y abandonada, sin saber cómo se encontraría. Sabía que si volvía allí, todos sus recuerdos la atormentarían y sería incapaz de continuar con su vida. Por eso se compró un piso, pequeño, elegante y acogedor. Lo comparte con su mascota, un precioso conejito de color marrón y blanco, llamado Ron, como su bebida preferida.
Volvió al presente, cuando escuchó vibrar de nuevo su móvil. Movió el ratón del ordenador para que la foto desapareciera de la pantalla y cogió el móvil que se encontraba sobre el desordenado escritorio. Lo miró y mostró una gran sonrisa.
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